• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

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Pablo Aure

Infame visitante

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Querámoslo o no, aunque hablemos y anhelemos la transición, ya estamos imbuidos en el venidero evento electoral. De hecho, esa denominada transición y las eventuales elecciones parlamentarias no son excluyentes. Considero que todos los caminos deben y tienen que concluir en un cambio de modelo de gobierno. 

No obstante, tener en puertas, aunque sin anuncio oficial, las correspondientes parlamentarias, no tengo la menor duda de que el común de la gente lo menos que hace es pensar en ese proceso eleccionario. Cómo no entender ese desinterés. El pueblo está demasiado distraído y ocupado en asuntos más inmediatos. Por ejemplo: la alimentación, salud y seguridad. Sin llamarnos a engaños, estamos conscientes de que momentos aún más difíciles se aproximan. Hay un término que es espeluznante, pero no descartable, me refiero al de hambruna. Esa terrible situación también forma parte en la imaginación de un posible escenario nacional. Ante ese calamitoso panorama, desde el alto gobierno no hay ningún mensaje alentador. 

Al contrario, cuando escuchamos las cadenas de Maduro nos atemorizamos mucho más. Tan es así, que algunos líderes opositores, quizá obnubilados por la desesperación, con un dejo de demagogia, dicen sin rubor que Chávez no hubiese permitido que Venezuela llegara a este extremo ¡Por Dios! el padre de esta miserable criatura, fue justamente el intergaláctico fallecido. Chávez, y ahora su sucesor, Maduro, han cumplido con el legado de Fidel, cuya única misión fue acabar con nuestro país, y créanme que es la verdadera obra revolucionaria: la destrucción de una bella nación.  

Confabulaciones apátridas 

El sábado en cadena nacional, en la inauguración del Gran Abasto Bicentenario, en Valles del Tuy, Nicolás Maduro le dio la palabra a Joao Pedro Stedile, quien es representante del movimiento brasileño Sin Tierra, para descalificar y ofender a la oposición venezolana. Por respeto a los lectores no transcribiré la totalidad de sus expresiones, pero lo que sí haré es dejar plasmado en esta columna que ese señor se comportó como se comportan los chulos que se ceban con las personas del mal vivir. Que venga un extranjero a ofendernos y con la anuencia del jefe de Estado, es inaceptable. Y peor aún si la ofensa está argumentada con mentiras descaradas, es más infame la expresión. Dijo cosas como estas: “... Aquí no hay colas, aquí hay una derecha desvergonzada, una derecha de mier... que algún día el pueblo pondrá en su verdadero lugar. Maduro, yo no sé por qué la derecha de Venezuela no hace como la cubana: que se vayan de una vez para Miami y nos dejen en paz”. 

Me gustaría imaginar lo que pasaría si algún extranjero afecto a los ideales opositores viene a decir algo parecido contra Maduro o contra la podrida revolución. Tengan la seguridad de que ya le tuvieran abierto un expediente por traición a la patria, a los que hubiesen fungido como anfitriones. 

El dilema de votar

Volviendo al tema electoral, es menester señalar que algunos dirigentes opositores que quieren convertirse en candidatos para ocupar una curul en la Asamblea Nacional, pero por el agotado y muy pesado pasado sienten que es prácticamente imposible ganarse el puesto en elecciones primarias, prefieren apostar al consenso, y si acaso deciden participar en dicha contienda, lo harán apelando a la descalificación contra quienes han combatido al régimen durante muchos años, tildándolos de incoherentes. 

Pues bien, para salirle al paso a esa gente, hay que advertirles lo siguiente: un gobierno que no respeta leyes, que asume funciones del Poder Judicial, que encarcela y enjuicia a los opositores, difícilmente podríamos pensar que salga por la vía electoral. Pero a pesar de lo que pensemos, es necesario votar. Votar no significa legitimar al gobierno. Hay que verlo distinto, veámoslo como una manera de legitimar a los líderes opositores. 

Los demócratas que sueñan con un país lleno de oportunidades deben utilizar todas las herramientas de la civilidad. Protestar, marchar y votar. Valdría la pena recordar que nadie tenía dudas de que en el Chile de Pinochet había una cruenta dictadura, y la gente lo decía, lo cual era cierto. Lo que quiere decir, que aunque sepamos a lo que nos enfrentamos jamás debemos subestimar el poder de la gente cuando se decide a participar perseverantemente.

@pabloaure