• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

Al instante

¡Hasta cuándo!

¿Resistir o sobrevivir?

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Mientras transcurren los días, la incertidumbre, el disgusto, la desesperación y desde luego, el miedo, siguen apoderándose de la gente. Debemos entender bien el momento que estamos atravesando para saber dónde estamos parados, y podremos concluir en que quienes están luchando por algo distinto no defienden un proyecto político determinado. Me refiero a si es de izquierda o de derecha. Solo piensan en que la situación del país está grave.

Lo que nos está afectando no es la defensa de una ideología. Es algo mucho más interno: un presentimiento. Es una terrible inquietud, porque no sabemos cómo vamos a sobrevivir si esto continúa igual. Vemos que la situación se empeora terriblemente todos los días. Hemos encontrado un verbo para darnos fuerza: ¡resistir! Hablamos de resistir para darnos ánimo, y con sinceridad tenemos que decir que no nos queda otra, sino la resistencia, porque si no lo hacemos sería entregar nuestra alma y nuestro espíritu a quienes nos oprimen. A eso, evidentemente, nos tenemos que oponer, porque en definitiva son los pilares de nuestra razón de existir.

 

Inquietos y confundidos

La incertidumbre nos atormenta. No logramos entender ni descifrar qué nos espera en los próximos meses. Es más, tal y como vemos la situación del país, no sabemos qué puede pasar mañana. El dólar sube, el petróleo baja, escasean los alimentos se disparan la inflación. O sea, el coctel perfecto para un estallido social. Pero mientras eso sucede, el mensaje desde Miraflores no es el de la conciliación sino el de la guerra. ¿Cómo podemos entender eso? Nicolás Maduro todos los días encadena en dos o tres ocasiones la radio y la televisión para repetir una y otra vez que el imperio lo quiere derrocar. Eso lo dice él, y desde el exterior “Pepe” Mujica anuncia su temor por un posible golpe de Estado en Venezuela añadiéndole a su advertencia que lo puede dar militares de izquierda. Lean bien: de izquierda. Algo sabe él que nosotros pudiéramos sospechar. “Pepe” Mujica es de izquierda y se supone cercano a los que fueron los intereses de Hugo Chávez. No sé si tendrá algo que ver el mensaje de Mujica, pero Maduro a última hora decidió no viajar a Uruguay a la toma de posesión de Tabaré Vázquez prevista para el domingo.

Todos hablan de un supuesto golpe, y la mayoría está clara en que el problema es entre ellos mismos. La oposición no tiene la vocación, ni la formación, ni mucho menos la fuerza de choque para darlo. Son ellos, los caimanes del mismo pozo. Los rojos rojitos son los que apuestan por el descuido del heredero. Por eso el desespero de Nicolás Maduro que escucha, y muy de cerca, el rugir de su misma jauría que lo mantiene al acecho. Él se siente de salida y por eso se asusta. No soporta el acoso del chavismo y del “cabellismo”. Maduro le tiene más temor a Diosdado Cabello que a toda la bancada opositora junta, incluidos Antonio Ledezma, María Corina Machado y Leopoldo López.  Ya basta de ocultar lo que se comenta sottovoce en el gobierno y en la oposición. Tenemos que llamar las cosas por su nombre. La guerra que tienen los rojos internamente es más fuerte que cualquier embestida que le pudiera propinar la oposición. Son los rojos los primeros y únicos sospechosos en la planificación del golpe de Estado que comentó Pepe Mujica.

 

Preparando el terreno

Ayer me comentaban que lo que está haciendo Maduro es lo mismo que pudiera hacer un chofer que va en bajada y en lugar de ir aguantando la marcha del vehículo empuja a fondo el pedal del acelerador. No tengo la más mínima duda de que Maduro desesperadamente está provocando el desenlace. Ningún economista serio le da esperanzas a este gobierno de poder recuperarse. Tirios y troyanos vaticinan conflictos en todos los sectores. Prefiere que lo saquen antes de quedar ante el país y el mundo como un incapaz a quien el pueblo se le sublevó. Esa es la verdad. No lo deseo, ni tampoco lo instigo, pero de manera responsable tengo que advertirlo. Estamos sobre un barril de pólvora y el tipo que tiene la obligación de llamar a la paz, al reencuentro y a la reconciliación, en lugar de hacerlo, anda con una antorcha en cada mano y arrastrándola por el piso.