• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

Al instante

¿Después del 6-D, qué?

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Mientras no cambiemos nuestra manera de actuar y hasta de pensar, difícilmente alcanzaremos a ser un país mejor. Muchas esperanzas en las elecciones del 6 de diciembre; algunos sienten que será el fin de esta locura del siglo XXI. ¡Nada de eso, amigos! Ese día solo será un acontecimiento más en esta etapa confusa que desgraciadamente nos ha tocado vivir. Es un paso importante, pero nada determinante. A menos de dos semanas no podemos negar que se respira un aire inquietante. No hay duda, tenemos los votos, pero, paradójicamente, subsiste la seguridad de que el CNE no reconocerá el rotundo triunfo que reflejan todas las encuestas. Algo traman. 

Desde esta trinchera de lucha nos hemos propuesto reflexionar sobre esa Venezuela que nos merecemos y cuya posibilidad de lograrla rebasa el 6-D. Hay mucho por andar. Pase lo que pase, esa Venezuela supera cualquier evento eleccionario. Está por encima de Maduro, de Leopoldo o de Capriles. Tampoco tiene nada que ver con los colores partidistas o las ideologías en disputa. Esa Venezuela es la resultante del empeño de todos. 

Con dolor tenemos que reconocer que nuestro país está grave y en terapia intensiva. ¡Muy grave! No por Hugo Chávez que inoculó el virus del odio y del resentimiento, ni de Nicolás Maduro, heredero de lo más infame de su antecesor. Está mal y destruido porque no tenemos educación ciudadana y mucho menos republicana. Siempre esperamos un salvador. Luego, ese supuesto salvador se cree el único, el indispensable, para lograr los cambios. De esos personajes tenemos a montón, rojos y opositores. 

Lo peor del caso es que somos nosotros quienes les hacemos creer el supuesto poder supremo de la salvación. ¡Cuán equivocados hemos estado durante años! No nos involucramos en la política sino para votar –cuando lo hacemos– o para criticar, que es casi siempre. No nos comportamos como ciudadanos y nos importa un comino lo que suceda en nuestro entorno. Señores: si seguimos actuando así, jamás superaremos este desastre, aunque ganemos los 167 escaños en la Asamblea Nacional. 

El cambio lo representamos nosotros mismos. Los gobernantes, sean diputados, alcaldes, gobernadores, o el mismísimo presidente, solo deben ser el reflejo de nuestras aspiraciones. 

Siempre intentamos convencer a quien no lo esté sobre la necesidad de tender puentes. Si no lo hacemos jamás nos reconciliaremos como país. Cómo no estar preocupados por el futuro si sabemos que estamos muy mal y lamentablemente estaremos peor. ¿O es que acaso tienen alguna duda de que 2016 será catastrófico social y económicamente hablando? El primer trimestre del próximo año, aun con una Asamblea Nacional democrática, será dificilísimo. Ni qué decir del negado supuesto en que ganen los rojos. Habrá de todos modos escasez e inflación. 

Todavía no hemos sentido el verdadero impacto de ambas. Pues bien, es necesario –diríamos, urgente– que abramos el paracaídas y asumamos el papel ciudadano. Me estoy refiriendo a la enseñanza de los valores, que los hemos perdido. Somos un país en ruinas y nadie más que nosotros, sus ciudadanos, somos los llamados a comenzar a reconstruirlo. No importa a cuál actividad, profesión u oficio nos dediquemos, ayudar a salir de este berenjenal es tarea de todos.