• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

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Pablo Aure

Constituyente

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Hemos llegado al momento de las definiciones. Que se entienda bien, no para sobrevivir en la ignominia y aceptar desvergonzadamente la ruindad de un régimen que nos oprime y ha destruido como pueblo, sino para emerger como el ave fénix de las cenizas de este país devastado.     

Mientras en otras partes del mundo celebran la demolición de muros, aquí en Venezuela parecen fortalecerse las barreras que nos dividen. Ni siquiera son separaciones ideológicas, sino que son descaradamente verdaderas barricadas de poder las que nos apartan. Así es, las barreras se han erigido para proteger intereses mezquinos e individualistas. Esas cercas no se han levantado para brindar protección al pueblo sino para separarnos como hermanos.

La caída del Muro de Berlín le puso fin a la Guerra Fría. Esta semana que recién termina se cumplieron veinticinco años del derribamiento de una inmensa pared que fue denominada como el “muro de la vergüenza”, aunque sus constructores lo calificaron en su oportunidad como el “muro de protección antifascista”. Esa muralla levantada por un partido que casualmente lleva las mismas siglas que el partido oficialista de aquí en Venezuela: nos referimos al Partido Socialista Unificado Alemán. El partido de gobierno venezolano es Partido Socialista Unido de Venezuela. ¡Vaya empeño de esta clase de partidos que cuando son gobierno quieren dividir a los ciudadanos de sus países! No gobiernan para todos. Su propósito es unificar los pensamientos, y al que piense y opine distinto lo etiquetan de fascista.

 

Contagio pernicioso

Con el devenir del tiempo ese modelo de gobernar ha tenido diversos matices y colores, aunque, claro está, ha sido notablemente más severo, cruel y malvado en aquellos regímenes de tendencia comunista. Con pena hay que denunciar que en Venezuela lo hemos percibido también en algunas agrupaciones que ocupan minúsculas parcelas de poder y que precisamente no se presentan como afectos al partido dominante en el país.

Vayamos al grano. En nuestro país la inmensa mayoría del pueblo desea vivir en paz, en armonía, donde los gobernantes se sientan lo menos posible y se empleen a fondo en el bienestar de la gente. Que no sean motivo de separación nuestras ideologías y que podamos alzar la voz sin el temor de ser excomulgados por tirios o troyanos. Pero no, de lado y lado te condenan cuando te atreves a pronunciar palabras que pongan en riesgo sus intereses ante la opinión colectiva.

Cuando digo de lado y lado, hablo del gobierno y de quienes, a pesar de representar una proporción muy reducida del sentir popular, presumen ser las voces autorizadas de la oposición.

 

¿Consenso o primarias?

El tema del consenso y de las primarias no pensaba abordarlo sino el próximo año, pues, estoy convencido de que hay otros asuntos de vital importancia para el país que se soslayan por estar pendientes de un acontecimiento electoral parlamentario que todos sabemos no es lo principal del momento. Pero, como hacemos vida en sociedad y conversamos con la gente que nos preguntan sobre esa disyuntiva entre “consenso y primarias”, tengo que exclamar en alta, clara e inteligible voz: ¡el consenso donde exista más de un aspirante es de los cogollos! La única manera de darles garantía a los ciudadanos no militantes de organizaciones partidistas (que es la inmensa mayoría) de escoger a sus candidatos es mediante un proceso de primarias. Pero eso sí, en igualdad de condiciones. Con esto quiero significar que tampoco veamos el grosero ventajismo que criticamos en el sector oficialista. O sea, que no se recurra al peculado de uso para financiar o promocionar a los preferidos de quienes manejan recursos de las alcaldías, gobernaciones o entidades públicas.

Si no hay primarias y pretenden hacer ver un consenso donde no lo hay, no sería temerario vaticinar una gran abstención, o simplemente una gran división en un momento histórico donde tendríamos todas las de ganar si se procede en consonancia con el sentir popular. La MUD debe y tiene que abrir las puertas en lugar de escoger a los posibles candidatos en cuartos cerrados, a espaldas de un pueblo que reclama cambios y que exige ser protagonistas de los mismos.

 

Claro y raspao

La mayoría de las veces hablamos y escribimos de una manera sentimental. Decimos lo que anhelamos que sea, casi siempre evitamos dibujar el negro panorama que visualizamos. En pocas oportunidades somos pragmáticos para evitar el mote de pesimista o, peor aún, de fatalistas.

Amigos, no podemos cegarnos: reconciliar a Venezuela y derribar ese muro que nos divide con los oficialistas y entre nosotros mismos no será posible si solamente nos limitamos en pensar en la elección de los futuros diputados a la Asamblea Nacional, y queriendo hacer ver que con ese paso le devolveríamos la institucionalidad a la nación. Creer que eso será así es creer en el pajarito que se le apareció a Maduro.

Nosotros no vivimos en un país con instituciones serias, ni con gobernantes decentes que respetan los derechos ciudadanos.

Sabemos, no porque no los han contado, sino porque lo hemos visto, que sufrimos las inclemencias de un Estado violento, y que además el monopolio de esa violencia no proviene de las instituciones formales o legales, sino de las irregulares o paramilitares.

Hace pocas semanas vimos cómo los colectivos le torcieron el brazo al ministro de Relaciones Interiores y provocaron que el presidente Nicolás Maduro lo destituyera. Para nadie es un secreto que Maduro está a merced de los irregulares, y si lo está el presidente, ¿qué quedará para el resto de los ciudadanos?

La tarea que debemos emprender cada uno de nosotros es tender puentes con todos los sectores del oficialismo.

Por muy difícil que pudiera parecer, solo hablando con los que hoy se presentan y comportan como nuestros enemigos sería la manera de evitar un desenlace fatal. Dijeran en el pueblo: “No hemos visto llaga, lo que hemos visto es peladura”. Si no nos ponemos de acuerdo, primero la oposición y luego con algunos sectores rojos rojitos, aquí llegará un sálvese quien pueda.

 

Negociar para sustituir no para subsistir

La oposición debe acercársele a esa fracción que es oficialista, porque ellos no lo harán, simple y llanamente porque no ven aliados posibles de este lado. Tenemos que abordarlos y convencerlos de que nuestro único interés es Venezuela. No buscamos negocios o parcelitas individuales. Que ellos sepan que nuestro acercamiento no es para pactar una especie de indigna convivencia, ni para hacer negocios para terminar de desangrar al país. Que se entienda que lo que deseamos es vivir en paz, con plenas libertades democráticas y económicas. Que les quede claro que el salvajismo reinante en el país no conducirá a nada bueno y que tarde o temprano todos terminaremos en las fauces de los salvajes. Que no les quede duda de que serán muy pocos los que se salvarán.

 

Puente militar

No se cómo lo tomará el sector militar, tanto el institucionalista como el identificado con el exministro Rodríguez Torres, recientemente derrotado por los colectivos, pero me embarga la obligación de decirles algo: ¡es el momento de tender puentes! Aunque algunos de ellos no sean santos de mi devoción, como estoy seguro yo tampoco soy de muchos de ellos, hay que calcular que, si en este momento no nos ponemos de acuerdo para salvar a Venezuela, mañana será demasiado tarde, y que la única manera de salvarla es con un proceso constituyente. De esa manera se reinstitucionalizaría el país, que hoy está al garete o, lo que es peor, lo manejan a su antojo un grupo de forajidos.

La Constituyente es nuestra salvación.

Con un proceso constituyente también se construirían las bases del necesario diálogo. Al instalarse la asamblea constituyente tendrían legitimidad de origen quienes dialoguen por sus representados.

Es falso que los procesos constituyentes solamente sean exitosos después de las crisis. Al contrario, el mejor antídoto para la crisis que padecemos es la convocatoria a una asamblea constituyente. Revisen la historia: nada menos y nada más que en pleno fragor de la Revolución francesa se convocó un proceso constituyente.

Para finalizar, quiero dejar claro que he sugerido el puente militar no con la finalidad de hacerles un llamado a la insubordinación, sino para garantizar la tranquilidad ciudadana al momento de activarse el proceso constituyente. La Fuerza Armada es la policía constitucional y en consecuencia está obligada a velar por su plena vigencia.

Es tiempo de recapacitar. Llegó el momento de Venezuela y de los venezolanos.