• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

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Pablo Aure

Angustia y desaliento

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Resulta repetitivo, y desde otras latitudes no sobraría quienes lo califiquen como aburrido, seguir denunciando todos los desafueros que suceden en nuestro país; pero necesariamente tenemos que continuar haciendo más evidente lo que antes no se percibía con tanta claridad.

La escasez y la inflación golpean muy duro, pero no causan el mismo terror que las muertes violentas que ocurren de manera continua y frecuente cada día. Es falso que el país se acostumbre a esta locura. Todos comentan la gravedad de la situación, pero en voz baja porque están asustados. Pocos se atreven a alzar la voz para no ser víctimas del ensañamiento gubernamental. Ya sabemos que el aparato de represión judicial se activa “selectivamente” contra todo aquel que se empeñe en criticar al régimen. No hay una para ganar o demostrar la inocencia frente a los inventos gubernamentales. Montan las ollas con argumentos falaces y ya sabemos el resultado de las sentencias.

Tribunales y colectivos: armas letales

El régimen se ha empeñado en paralizar a la gente: confieso que en buena parte lo ha conseguido. 

No solamente debemos estar preocupados sino que también es lógico que estemos asustados. Preocupados por el país y por su futuro. Ya esto no es cuestión de ideología. Nada de izquierda o de derecha. Lo que vivimos, o sufrimos va mucho más allá de simples diferencias políticas que puedan dilucidarse con sesudos debates doctrinarios. No busquemos la solución o explicación en escuelas marxistas, comunistas, capitalistas o liberales, si las buscamos allí estaríamos recurriendo a recetas equivocadas para atacar esta epidemia político social que asfixia a la población. 

No sé si en el mundo exista algo parecido al tipo de régimen que padecemos en Venezuela. Quizá Cuba sea lo más aproximado. Son aberrantes y causan náuseas las absurdas mentiras que constantemente pronuncian los voceros gubernamentales. Inventan lo que sea y lo peor es que la Fiscalía y los tribunales parecieran actuar en contubernio para judicializar las tropelías del régimen. Tétrico panorama. 

País destruido

La Guerra Civil Española fue espantosa, hermanos de una misma nación disputándose el poder. Resultados: muertes y destrucción generalizada. 

En Venezuela no hay dos bandos que se disputan el poder sino uno solo que se aferra a él y destruye moral o físicamente a todo aquel que pudiera poner en peligro su permanencia. 

Escenas dantescas observamos, pero callamos. Nos atemoriza que nos identifiquen como enemigos por hablar de lo que todos vemos con preocupación y miedo. 

La semana pasada fue teñida de un intenso rojo revolucionario que atacó y enlutó a conspicuos protagonistas de lo que ha sido la historia reciente de Venezuela. Nadie en su sano juicio puede explicar cómo es posible que los que ayer eran exaltados como fieles defensores de la revolución, luego sean vistos por quienes los ensalzaban como vulgares y peligrosos delincuentes. 

El mensaje parece ser claro: nada de caprichos o posturas desalineadas a las que defina el alto poder. Si te apartas de los postulados o del código “revolucionario” no quedará otro camino que el de someterte y darte de baja. Sin honores, pero eso sí: desalmadamente. 

Guernica en Venezuela

Quizá mañana alguien recordará esta aciaga etapa de la vida venezolana tal como lo plasmó Picasso en la obra Guernica, exhibida en el museo Reina Sofía de Madrid, que simboliza los terribles sufrimientos que la guerra inflige a los seres humanos. 

Asesinatos, mutilaciones y espantosos acontecimientos forman parte de la cotidianidad de nuestra patria. ¡Mentira que nos acostumbramos! El miedo aceleradamente se expande. La desesperanza nos descompone. Frente a esto, estamos condenados a buscar el valor de donde sea para resistir. No tenemos otra alternativa. Probablemente hay quienes imaginan otro camino: ¡el exilio! Esa opción, si es para no volver, no sería un camino sino una meta. El solo pensarlo nos desconsuela. Horas de tormentos nos golpean. Escucho frecuentemente a amigos expresar sus deseos de marcharse del país. Muchos lo han hecho. Mis hijos hablan de sus compañeros cuyos padres han decidido buscar nuevos destinos que garanticen tranquilidad para ellos y su familia. No ven un panorama seguro en esta tierra, otrora refugio de emigrantes que vinieron buscando libertad, prosperidad y tranquilidad ¡Y lo consiguieron! Pero al mismo tiempo, veo a una inmensa cantidad de venezolanos que no sucumbe, que mantiene intactos sus deseos por continuar luchando por la patria que los vio nacer y crecer. Con ellos me identifico y me fortalezco.

Grito de esperanza

Desde las universidades gritamos. Allí nos reconfortamos, porque hablamos de libertad. Aunque hoy estemos ahogados, seguimos viendo a nuestras casas de estudio como aquellas instituciones de donde emergerá la receta para ponerle fin a esta peligrosa enfermedad que no solamente nos ha dividido como hermanos, sino que ha acabado con lo que por muchos años fue una gran nación. 

Desde las universidades, estamos convencidos de que hallaremos el verdadero camino que nos conducirá a la libertad. Los que inocularon el veneno saben el peligro que representan para ellos mismos las casas del saber. Por eso se han empeñado en desaparecerlas, en anarquizarlas y de empobrecerlas. Pero ellas, que se nutren de almas y cuerpos jóvenes, aderezados por la experiencia de hombres y mujeres con espíritus democráticos, siempre han sabido sobreponerse ante los gobiernos tiránicos. Con Violeta Parra decimos: Que vivan los estudiantes/ jardín de nuestra alegría/ son aves que no se asustan/ De animal ni policía... Y no le asustan las balas/ ni el ladrar de la jauría...

Fe en las universidades

Desde esta trinchera de opinión elevo mi voz hacia la comunidad para implorar unión porque hoy más que nunca la “comunidad y la universidad” deben formar un binomio indisoluble. La comunidad debe proteger a su universidad y viceversa. En las universidades sabemos lo que está ocurriendo en el país, lamentablemente no hemos logrado masificar la advertencia del peligro que nos acecha. Los estudios y la experiencia servirán para evitar que sigan expandiéndose los flagelos de la ignorancia y la maldad. 

La gran mayoría de los que hacemos vida universitaria tenemos una visión compartida de país, lastimosamente en lo interno hemos estado divididos. Ha llegado la hora de deponer diferencias circunstanciales para reencontrarnos y en consecuencia ser leales a nuestros principios. Poco seríamos, y mucho menos valdríamos, si somos incapaces de deponer nuestras diferencias internas para que prevalezca lo que todos deseamos: el rescate del país. 

El régimen está demasiado claro en lo que somos capaces de hacer desde las universidades, por eso no ha ocultado sus firmes propósitos en devastarlas. Desde hace varios años le ha venido recortando de manera sistemática el presupuesto. Procura la desmoralización de sus trabajadores. Financia a grupos dentro de su seno para tales fines. Pero las universidades, inquebrantablemente afianzadas en sus valores, seguirán navegando hacia los horizontes libertarios. Hacia allá debemos fijar la mirada. “Como escudos: el pecho y el brazo. Cual banderas: la mente y la voz”.