• Caracas (Venezuela)

Ovidio Pérez Morales

Al instante

Socialismo antisocialista

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Cuando uno relee el Manifiesto del Partido Comunista de C. Marx-F. Engels, ya con más de siglo y medio a cuestas (1848), no puede menos que admirar la fuerte carga revolucionaria y utópica del mismo, al tiempo que percibir el contraste entre la idealidad de la nueva sociedad entonces profetizada y los sistemas socialistas reales impuestos en su nombre en el siglo XX, algunos de los cuales bregan por sobrevivir en los inicios del tercer milenio.

¿Cómo armonizar el férreo monolito estalinista soviético, el castrocubano o kimnorcoreano con la participativa organización social prometida por la ortodoxia ideológica de la sociedad sin clases? ¿Cómo conjugar el poder omnímodo de las nomenclaturas emergentes en los “socialismos reales” con el proclamado poder popular dibujado en proyectos anacrónicos como el que trata de revivir el socialismo del siglo XXI?

Más de una vez he escrito que lamentablemente el socialismo (refiriéndome al denominado “real”) no ha sido socialismo, ni lo que se proyecta como comunista es de verdad comunista. Porque socialismo (y comunismo) sugiere o exige etimológicamente decisión de las bases, poder compartido y descentralizado, máxima participación societaria, corresponsablidad crítica y autocrítica; en fin, una serie de relaciones y formas sociales opuestas a lo producido por el colectivismo marxista, a saber, directivismo, imposición desde arriba, planificación forzada desde el centro, disciplina militarizante y poca espontaneidad comunitaria. El socialismo dogmático se proponía acabar con el Estado o reducirlo a mínimas proporciones y, en cambio, lo ha convertido en un Moloc opresivo. El poder de y desde las bases queda sustituido por las “vanguardias luminosas”, el Partido (con mayúscula idolátrica) y, sobre todo, por el gran Padre y Benefactor, convertido en objeto de culto. La libertad de comunicación y de relacionalidad, condiciones y frutos de una genuina socialización, desaparecen en un régimen opresivo de pensamiento único y hegemonía comunicacional.

Ahora bien, si algo compromete desde el punto de vista humanista y cristiano, es la búsqueda y realización de nuevos modelos –siempre perfectibles– de organización económica-política-cultural, que no solo procuren superar situaciones de injusticia, marginación y discriminación, sino que tejan una convivencia de real participación y corresponsabilidad en libertad y solidaridad.

Hay dos principios básicos en la Doctrina Social de la Iglesia que son participación (corresponsabilidad activa de personas y grupos en la construcción del bien común) y subsidiaridad (lo que los cuerpos sociales intermedios pueden hacer no tienen por qué asumirlo los niveles superiores). Dichos principios apuntan a la edificación de una sociedad de corresponsabilidad y compartir efectivos. Urge apretar el paso hacia nuevas estructuras, que conjuguen adecuadamente lo que libertad de emprendimiento y creatividad puede dar, con lo que la justicia, la equidad y la solidaridad  tienen que garantizar.

No se podía esperar que el Manifiesto del 48 hablase de los pecados capitales. En una interpretación ética atea y en un documento de tipo político no tenía por qué tratarse el tema. Pero lo cierto es que desde el punto de vista realista histórico, no se pueden concebir ni manejar las realidades sociales ignorando el lado oscuro histórico del ser humano, el cual no obra como simple “razón pura”, sino como conjunto intelectual-volitivo-afectivo, ciertamente creado bueno por Dios y orientado hacia el bien, pero amenazado siempre por la distorsión de la libertad, es decir, el pecado. Este convierte a los humanos en presa de la soberbia, la avaricia, el odio, la envidia, la lujuria, que contaminan a las personas, deterioran la convivencia y dañan la polis.

Observaciones como las anteriores no buscan demonizar el socialismo en cuanto tal, sino de poner en guardia ante las perversiones de su interpretación y concreción a la marxista, que contrastan con lo que el ser humano y su comunidad histórica merecen.