• Caracas (Venezuela)

Ovidio Pérez Morales

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De Dios no hablar

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Dios no debe ser interpretado como simple recurso argumentativo para un correcto comportamiento ético. Hay no creyentes que se comportan éticamente con rectitud. Por lo demás, Dios no necesita nuestra obediencia, como si esta le añadiese algo a su felicidad y perfección.

Tampoco se puede decir que la afirmación de Dios produzca automáticamente concepciones y sentimientos de bondad, fraternidad y paz. La historia ofrece dolorosas experiencias de cruel intolerancia religiosa –también entre cristianos– y la actualidad mundial exhibe muestras trágicas de masacres realizadas en nombre de un “Dios” caricaturizado como fundamentalista.

El Dios único, que nos ha revelado y comunicado Jesucristo, sin embargo, es al que podemos invocar como “Padre nuestro” y el que nos plantea el amor mutuo como exigencia fundamental. En un libro del Nuevo Testamento encontramos esta interpelante advertencia: “…Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20). Dios se constituye así en exigencia y garantía de fraternidad y, con ello, de diálogo y encuentro, de perdón y reconciliación, de solidaridad y paz. Por eso se dice que Dios es la mejor defensa del ser humano.

Dios es la absolutez e infinitud de la bondad y la gratuidad. En libro bíblico citado leemos también una definición de Dios, que suena extraña a muchos ojos nublados y corazones vendados: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Y nos ha creado como seres en relación, para que amemos. Esto significa, negativamente, para que no nos odiemos, marginemos, excluyamos, dañemos, destruyamos. Y, positivamente, para que hagamos de este pequeño mundo peregrino en la inmensidad del cosmos una casa común, un hogar para todos, no a pesar de que seamos diferentes, sino precisamente con nuestra diversidad en huellas digitales, código genético y personalidad indeleble e intransferible.

Duele entonces encontrar consignas como: “De Dios no hablar”, que se traducen en planes pedagógicos como el del socialismo del siglo XXI. Este no solo ha liquidado el Programa de Educación Religiosa Escolar (ERE) –de la Iglesia católica, pero que estaba generando también algunos de otras confesiones cristianas–, sino que se propone una formación en sustitutos de Dios como son los ídolos ideológicos. ¿Resultante? Lo que la historia también nos muestra como frutos de la dureza, crueldad, inhumanidad de los sistemas totalitarios idolátricos.

Se habla en Venezuela de muchas expropiaciones dañinas, pero poco o nada de lo que a mi entender es la expropiación más deletérea: la que este régimen le ha hecho al pueblo venezolano al quitarle el referido Programa de Educación Religiosa.

No se hable de Dios a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes. Si esa es la consigna, ¿qué corresponde esperar de las nuevas generaciones en este mundo conflictivo, bajo la mirada y la protección divinas, ciertamente, pero también tentados por pecados capitales como la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira y la envidia?

Eliminada la enseñanza sobre Dios en la escuela, ¿qué hacer? Lo que se debe hacer. Que la familia tome en serio su condición de primera escuela; que los maestros creyentes asuman su responsabilidad de comunicar la fe por los medios que les toca imaginar; que los creyentes todos asuman su responsabilidad de difundir los valores religiosos; que al restablecerse la democracia en nuestro país se retome la educación religiosa escolar como ingrediente pedagógico básico de un humanismo integral.

Dios no se reduce a escueto inspector y juez de la conducta humana. Su plan creador y salvador tiende al logro de una genuina fraternidad universal íntimamente unida a Él, que no es una persona solitaria en eterno narcisismo, sino perfectísima comunión interpersonal, Trinidad, Amor.

¿De Dios no hablar? En la Biblia encontramos esta admonición: “Si Dios no construye la casa, en vano se afanan los constructores; si Dios no guarda la ciudad, en vano vigila la guardia” (S. 127).