• Caracas (Venezuela)

Ovidio Pérez Morales

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¿Diálogo gobierno-oposición?

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El término diálogo se encuentra muy devaluado en nuestro ámbito político, al igual que el adjetivo bolivariano (¿hablar de prostituido sería muy fuerte?). Bastantes cosas más, desgraciadamente, siguen un camino semejante de depreciación, comenzando por la moneda nacional.

Por eso es preferible buscar un sucedáneo para el vocablo diálogo. Por ejemplo, conversación, intercambio, negociación.

Diálogo, del griego, dia-logos, significa un hablar compartido, bien diferente, por tanto, de lo que a no pocos les gusta mantener, un mono-logos, es decir una perorata en solitario, que equivale a un discurso en cadena

Del diálogo es bueno destacar ante todo su positividad. El ser humano ha sido creado y es estructuralmente ser-para-la comunicación, ser-para-el-diálogo. En el primer libro de la Biblia, Adán aparece ya como protagonista de un diálogo que Dios inaugura. Y si la humanidad ha sobrevivido es porque nuestros antepasados no dejaron nunca de dialogar.

El ser humano, sin embargo, no se ha conducido con pura razón y bondad. En el caso de Caín y Abel, en vez de haber entrado en diálogo, el primero se encerró en sí mismo y terminó por explotar en violencia. Los cristianos  llamamos pecado a la ruptura de una genuina comunicación con el otro y el Otro. El egoísmo y la mentira cortan puentes, para aislar en pensamientos y proyectos malos, perversos.

Pero el diálogo es muy exigente, fundamentalmente por las condiciones que plantea a los inter-locutores. Por cierto que el papa Pablo VI, continuador de Juan XXIII en la realización del renovador Concilio Vaticano II, dejó oportunas indicaciones al respecto en la encíclica Ecclesiam Suam (6/8/1962), con la cual promovió el diálogo al interior de la Iglesia y desde esta con toda la humanidad.

De los participantes en el diálogo se espera, entre necesarias disposiciones: respeto y aceptación del otro, ponerse en su lugar (en su pellejo) para comprender sus planteamientos y valorarlos debidamente; confianza en la palabra que se da y se recibe; verdad, que implica sinceridad y excluye las mentiras y dobleces; una buena dosis de mansedumbre, evitando lo que pueda ofender, herir, violentar y propiciando un ambiente pacífico; paciencia y constancia para perseverar en el compartir y asegurar resultados; claridad de ideas con propiedad del lenguaje y prudencia para ordenar bien los pasos y escoger el momento oportuno.

Se debe ser consciente de que al frente se tienen personas y no simplemente ideologías o partidos, procurando el encuentro y superando la confrontación. De allí que no se puede entrar en un diálogo sin dar pruebas fehacientes de buena voluntad, sin la cual no se puede pensar en la factibilidad de lograr bienes concretos.

Por eso el diálogo es una actividad conjunta de altura ética y espiritual, cualquiera sea la medida de los resultados definitivos. Postula, consiguientemente, liberación de etiquetas, pacificación previa de los participantes, atmósfera sana y amistosa, disposición a aprender-cambiar y no puramente a enseñar-imponer.

Los quienes que comparten han de estar en una situación de equilibrio e igualdad. Caricaturizando escenarios podría decirse que un león furioso suelto y un conejo amarrado no son sujetos adecuados para un diálogo de paz, pues lo menos que se puede pedir en este caso es que el león suelte al conejo. Un diálogo de Hitler con los judíos hubiese requerido echar abajo previamente las Leyes de Nuremberg.

Todo lo anterior me hace pensar que en Venezuela no se puede hablar de un diálogo político entre gobierno y oposición mientras aquel persista en su proyecto SSXXI totalitario. Esto no excluye en modo alguno conversaciones y negociaciones del oficialismo y la disidencia con vistas a un cambio que comience a sacar a Venezuela del marasmo en que se encuentra. Más aún, el parlamentar obliga en esta circunstancia trágica.