• Caracas (Venezuela)

Oswaldo Barreto

Al instante

Poder y responsabilidad

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Hay tantos elementos comunes en la vida de los venezolanos en edad de razón y tantas comunes experiencias de vital importancia que nos atreveríamos a afirmar que, por primera vez en la historia de nuestra nación, se puede hablar con justeza de la vida cotidiana del venezolano en este año que ya entra en su segundo trimestre. Materialmente, esta cotidianidad está entretejida, por un lado, por inhabituales dificultades que se encuentran en la procura de los medios indispensables para satisfacer las necesidades planteadas por el mero afán de sobrevivir (supervivencia: nutrirse, mantener  la salud y circular libremente) y, por el otro, la conciencia de que esta situación empeora cada día, contra toda esperanza y toda ilusión.

Y si nuestra cotidianidad consiste en vivir por igual esta situación, nuestra comunicación con el prójimo la entretejen casi exclusivamente los comentarios y análisis sobre lo que estamos viviendo. Hablamos en nuestras conversaciones más íntimas, o en las que tenemos a través de las redes telefónicas o de las otras redes sociales, de las colas que hicimos o vimos hacer en búsqueda de alimentos, de medicinas o de detergentes. Y, como no somos solo animales, sino animales políticos, pues, hablamos también de las causas y avatares que nos han llevado a esta cotidianidad, que ya todos denominamos “crisis”, y nos lanzamos también en conjeturas sobre lo que será de nosotros.

(Comunicaciones personales en nuestra vida cotidiana que pueden crear la posibilidad, como nos lo indicaría el sentido común, de que se rompa esta común vida cotidiana, al asomarse las diferencias entre los dos sujetos en diálogo. Pero no, por extensa que sea nuestra comunicación, no habrá diálogo, intercambio entre un yo y un tú, pues, por razones que en otros artículos exponemos, los venezolanos de hoy queremos y hasta necesitamos que el prójimo nos escuche, pero no queremos y hasta perdimos la capacidad de escuchar al prójimo).

Obligados por vivir en sociedad  a salir de nuestra intimidad y entrar en la relación con la sociedad entera. Y lo hacemos a través de lo que de íntimo no tiene nada, los medios precisamente de comunicación de masas, prensa, radio,  televisión, foros y  debates. Y recibimos entonces los mensajes de la sociedad civil y los del gobierno. Escasísima parte seguramente y escindida en posiciones contrarias y hasta francamente contrapuestas. Estamos ante medios de comunicación de masas, movidos todos, como bien lo sabemos, por individuos con “personalidad propia”, como se dice. Y, sin embargo, nos encontramos con lecturas, visiones, interpretaciones de lo que estamos viviendo idénticas a la descrita en nuestras primeras líneas. Situación material y espiritualmente crítica, insoportable y que empeora cada día.

Dentro de esa abigarrada comunidad de comunicadores existe una línea divisoria, línea que hasta diciembre del año pasado se dio entre el gobierno y la oposición y que hoy se mantiene entre el Poder Ejecutivo y los poderes que controla y el Poder Legislativo y la inmensa mayoría del pueblo. Línea divisoria que justamente está trazada en la vida cotidiana de todos los venezolanos en edad de razón. De ella nos hablan tan prolijamente todos los medios y todos los comunicadores que ahí encontramos los elementos necesarios para alimentar nuestra esperanza o desesperanza, nuestra fe o mala fe. En cambio, nadie para referirse a esta cotidianidad que se abate sobre nosotros y que sentimos como insoportable, nadie habla de responsabilidad.

Hemos aprendido en común a denominar crisis lo que ahora estamos viviendo. Sabemos todos, gracias a la prodigiosa distribución que se ha dado en nuestro país de los instrumentos que permiten acceso y manejo de las redes sociales, de las relaciones que tienen las crisis con quienes tienen poder y, en consecuencia, de la responsabilidad que a ellos les toca en la búsqueda de solución de cualquier crisis.

Y es justamente de esa estrecha relación entre crisis, poder y responsabilidad que nosotros quisiéramos ocuparnos en los aspectos  propiamente venezolanos.

Hablar de poder y responsabilidad implica hoy día tomar en cuenta un elemento que ha aparecido por doquiera en las tres últimas décadas en materia de poder: las redes sociales han hecho posible que las masas adquieran el poder que da el conocimiento. En la sociedad nuestra altamente urbanizada (la más urbanizada de toda América), ya no existen excluidos en materia económica, política, social. Cada quien sabe como un especialista (como un “Nobel” llegó a decir Umberto Eco) los derechos que le corresponden y las formas de combatir por afirmarlos. Si sostenemos, entonces, que hoy día, aquí en Venezuela, todos los que tienen poder, o todos los que forman parte de los poderes tienen la responsabilidad, ¿debemos incluir a esas masas de antiguos excluidos, pobres, desposeídos, mujeres, nacionalizados, entre lo que tienen poder y, en consecuencia, responsabilidad? No necesitó la gente que conforma este nuevo poder de discusiones ni controversias, pues con su participación decisiva en las elecciones de diciembre mostró que puede ser responsable de cambiar radicalmente una situación política.

No obstante, cuando vemos lo que ha ocurrido precisamente después de estas elecciones, analistas criollos y extranjeros de diversas tendencias ideológicas han puesto en evidencia lo que en materia de responsabilidad parece irrefutable: 1) Los resultados electorales y la situación económica, determinada fundamentalmente esta por la caída de los precios del petróleo, impone la responsabilidad para todos los venezolanos de buscar los caminos para solucionar la crisis, 2) el gobierno, sus poderes, los partidos que lo sostienen, los poderes que controla y sus aparatos represivos, ni asumen esa responsabilidad colectiva, ni toman medidas efectivas para superar la crisis, 3) Las masas que hicieron posible con su participación la modificación del sistema político mediante el voto, no han mostrado que asumen como responsabilidad propia otras formas de buscar la superación de la crisis distinta a la participación en las elecciones tradicionales, y 4) mientras tanto, ha brotado muy naturalmente, en esta época en que nada parece brotar de la naturaleza, un sector de la opinión que, aun reconociendo la singularidad de nuestra crisis, piensa en lo que otras sociedades han hecho para superar las crisis que han conocido. Lo que nos toca, entonces, ante la evidencia de que el gobierno no hace ni hará nada para superar la crisis, es ocuparnos nosotros mismos de hacer cuanto sea necesario para cambiar esta situación. Y, con más o menos lucidez, adelantar la conveniencia de que todos los que efectivamente tienen una estrategia para cambiar este estado de cosas lleven las fuerzas con que cuentan a la acción en conjunto con aquellas otras que tienen estrategas distintas, las lleven a manifestarse en una incontenible fuerza en acción. En palabras concretas: enmienda, referendo, nueva constitución, exigencia de renuncia, todo, pero todo en acción, en constante acción. Y, por supuesto, presencia en esta general manifestación de los que así predican con quienes los siguen. Piénsese un instante, en lo que está ocurriendo en estos días en Cuba: ante la general manifestación de todo un pueblo en busca de otro tipo de sociedad, Fidel Castro resolvió lanzarse y hacerlo como lo que él mismo creía que había dejado de ser, como un protagonista de su propia ideología.

En definitiva: acción, acción colectiva y constante contra ese estado de ánimo que nos lleva a la soledad y la desesperación.