• Caracas (Venezuela)

Oscar Lucien

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Oficio: “Hacerse el estúpido”

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Cuando vi a Nicolás Maduro abandonar el escritorio donde chachareaba contra el presidente Obama para subirse de parrillero con uno de los motorizados asistentes al acto de entrega de subsidios, pensé: “Hay que ser bien estúpido para treparse en una motocicleta, sin casco, en un acto que se transmite en cadena nacional”. Apenas dos días después mi sospecha inicial se aclaró con la insólita confesión de Maduro en la que informa a los venezolanos que sus habituales actuaciones como “estúpido” son deliberadas. El hijo del comandante galáctico aseguró, en el reciente acto de presentación de los libros de la colección Bicentenaria, que él usaba su inteligencia para “hacerse el estúpido” y convertirse en noticia a escala mundial. A pesar de la franqueza de su declaración, no deja de ser preocupante que una persona que ocupa tan comprometidos cargos como el de presidente, de jefe de gobierno y de comandante de la Fuerza Armada Nacional, deba hacerse pasar por estúpido para hacerse notar.

Su afirmación, sin embargo, al contrario de despejarme recelos sobre su conducta frecuente, me produce un mar de dudas e interrogantes, en medio de un profundo malestar. Rabia, agregaría, para ser más preciso ya que el pudor y la educación familiar me inhiben de utilizar otra palabra que termina en chera.

Para despejar las dudas debo decir que no me ha sido útil recurrir al Diccionario de la Real Academia Española porque en la entrada del vocablo “estúpido”, además de necio, consagra “falto de inteligencia”, lo que evidentemente nos conduce a una insalvable contradicción. Otra fuente consultada fue Marx. Pero las conclusiones de Groucho Marx son muy lapidarias y podrían no ser pertinentes en este caso: “Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota”.

Dejemos de lado las dudas, que al fin de cuentas son divagaciones personales, y concentrémonos en las interrogantes que pueden ser de mayor interés público.

La primera pregunta es ineludible, de alto interés y justifica un preámbulo. Mientras el gobierno ha colapsado la atención en toda la administración oficial al distraer a los empleados públicos en marchas contra el decreto ejecutivo de Obama; mientras mantiene una alocada campaña de recolección de firmas en todo el país que según se ha denunciado se usa para discriminar y chantajear el acceso a la oferta de bienes públicos; mientras Maduro abusa todos los días de la cadena nacional para rechazar la amenaza imperial ¿no es profundamente estúpido seguir vendiéndole petróleo al yanqui invasor, petróleo de donde saldrá la gasolina para los aviones que nos van a bombardear?

Asimismo, mientras Maduro y su gobierno consideran que es una amenaza al país el decreto ejecutivo de Obama que, valga decir, sanciona puntualmente a funcionarios del gobierno acusados de violación de derechos humanos y de corrupción, ¿no es precisamente estúpido declarar: “Presidente Obama, yo le tiendo la mano”? ¿Tenderle la mano al yanqui invasor a punto de bombardearnos? Es como estúpido, ¿no? Para colmo ¿no es también bastante estúpido insistir en subrayar el segundo nombre, Hussein, de Barack Obama? Solo un necio ignora que Hussein es un nombre muy común en los países árabes y en este caso no es apellido como sí era el de Sadam, amigo del difunto Chávez.

Finalmente, hace días, el heredero del comandante galáctico publicó un largo artículo en The New York Times. La gracia nos costó a los venezolanos 178.633 dólares americanos. A la tasa de Simadi, de 189 bolívares por dólar, serían 33.761.637 bolívares. ¿Cuánta medicina para pacientes hipertensos, pongamos por caso, puede comprarse con esa cantidad? Y esta pregunta tiene absoluta pertinencia porque el señor Maduro ha declarado expresamente que él considera que ese diario gringo es una porquería. ¿No es tremendamente estúpido, entonces, dilapidar el dinero de esa manera en un diario, repito, que es una porquería?

Marx vuelve a gravitar en mis cavilaciones. Groucho, aclaro de nuevo, no el otro que debe revolcarse en su tumba cada vez que oye (si eso es posible) a los milicos criollos hablar de socialismo en su nombre. La frase revoletea en mi cabeza como un mantra: “Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota”.