• Caracas (Venezuela)

Oscar Lucien

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¿España no es Venezuela?

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España no es Venezuela. Es una frase que repiten como un mantra muchos españoles frente a serias advertencias de que un sector importante del partido Podemos pueda ser o en todo caso se comporte como una franquicia del chavismo en España. Los lazos de sus líderes principales, Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, el papel que han desempeñado en Venezuela como asesores e ideólogos del llamado socialismo del siglo XXI, podrían ser elementos de peso para tener una actitud más alerta sobre la nube negra que comienza a instalarse en el cielo político español. Se confirma, una vez más, que nadie escarmienta en cabeza ajena.  

España no es Venezuela. Se repite un orquestado coro. Y los venezolanos que, ciertamente, “mordidos de culebra al ver el bejuco nos asustamos”, recordamos los momentos iniciales del gobierno del teniente coronel Hugo Chávez cuando, frente a las advertencias de los peligros que se cernían sobre el régimen republicano, se repetía el mantra equivalente de “Venezuela no es Cuba”. Pero sin duda alguna el modelo liderado por Chávez se ha sistematizado como una franquicia ideológica con el soporte de los petrodólares. Un grupo político emergente llega al poder aprovechando el desencanto y en muchos casos la rabia y el resentimiento de numerosos ciudadanos descontentos por la ineficiencia para la solución de problemas sensibles que malogran la calidad de vida, por los estragos de la corrupción, hartos de la élite gobernante y del statu quo imperante. La sociedad reclama cambios y la lentitud o miopía en atender esas demandas hacen crujir el sistema. Podemos constatar desde la experiencia venezolana que estamos ante una operación política macabra: una vez instalados en el poder, como emergentes, empiezan una sistemática operación de desmontaje de la institucionalidad democrática, de desnaturalización de las atribuciones y mandatos de los poderes públicos, con el propósito de reemplazarla por un nuevo orden que no se corresponde con el mandato constitucional. En nombre del “pueblo” del cual el nuevo gobierno dice ser la expresión genuina, busca su legitimación con poderosas maquinarias de propaganda y en instancias asamblearias que no son expresión de la soberanía del voto popular ni de la vigencia de las instituciones constitucionales.

En Venezuela este modelo de suplantar la democracia desde el propio seno de las instituciones del Estado tuvo su trágico punto de inflexión en diciembre de 2007: Chávez derrotado en el referéndum popular para modificar la Constitución para adecuarla a su plan político, empieza a gobernar a través de leyes habitantes que imponen, de facto, las propuestas rechazadas en dicho referendo. Hoy Venezuela se gobierna como en Cuba. 

España no es Venezuela se repite hoy, en momentos en que la clase política española dominante luego de las recientes elecciones discute los acuerdos para la designación de las autoridades locales. Un comprometedor dilema que no puede enfrentarse a la luz de automáticos esquemas de la confrontación entre adversarios políticos dentro del régimen de la democracia parlamentaria. Por ejemplo, en el caso del PSOE, creemos peligrosa la prevención de pactar con su tradicional adversario el Partido Popular ante el eventual riesgo de enajenarse su base de apoyo tradicional, pero al mismo no evaluar el peligro de servir de caballo de Troya de la franquicia que, en el caso de Venezuela, ha destruido las bases republicanas, erosionado el Estado de Derecho, sometido el poder civil a una cúpula militar, absolutamente ineficiente y corrupta y que en el presente tiene al país sumido en una terrible escasez, persecución política  y violencia criminal.

España no es Venezuela. La repetición de este mantra no parece una posición sensata para el peligro que acecha. Pareciera oportuno que el PSOE y el PP evalúen seriamente lo ocurrido en Venezuela. Pasamos por allí repitiendo nuestro mantra: pero Venezuela no es Cuba. Y nos equivocamos. En términos futbolísticos, fácil de entender para un español, nos metimos un autogol. Fue el gol del partido.