• Caracas (Venezuela)

Oscar Hernández Bernalette

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No me quiero imaginar a un venezolano que no esté perturbado en estos días. Excepto algunos, que han sabido pescar en los ríos revueltos de esta larga involución y que todavía tendrán espacio para seguir saqueando la nación. Tantas veces advirtieron voces ilustres, economistas, opositores y hasta fieles seguidores del chavismo sobre el destino que le esperaba al país de continuar con un modelo económico que había fracasado en donde se quiso implementar. No se trataba de un experimento, no era opción, no era un sueño, era el camino seguro a una pesadilla.

Venezuela está golpeada más que en ninguna otra etapa de su vida republicana. El chavismo se enfrascó en una visión de país que nos ha situado en un umbral mucho peor de lo malo que la gente pensó que estábamos por allá por el año 1999. Estamos aporreados, hemos botado las bendiciones de la tierra que nos dio un fruto que, en vez de convertirse en nuestra salvación, ha sido nuestra gran perdición. Hemos vivido de un Estado rentista y con ello la secuela de trastornos que se derivan. El más grave, en mi opinión, es que nos hemos convertido en una sociedad profundamente corrupta. La ética, los valores, el sentido de pertenencia y respeto por los demás los hemos enviado al basurero de la historia.

Esta misma semana quedamos sorprendidos al escuchar en un evento de la Fundación Espacio Abierto a  ex altos funcionarios del presidente Chávez confirmar el desastre de la economía, las complejas y difíciles  medidas que, con sus respectivas variaciones, recomendaban se deberían implementar con carácter de urgencia. La guinda de la torta, el fatalista artículo de Heinz Dieterich, padre del socialismo del siglo XXI.

Un país no debe ser conducido por amateurs, sin apego a la democracia, por personas sin la debida preparación, sin expertos y por hombres que no respetan las instituciones. Esta es parte de la tragedia del país. Nos emborrachamos de riqueza, olvidamos la forma y el contenido de la gestión del Estado. Usan la retórica y la pobreza como escudo para esconder sus grandes deficiencias. El poder constituido en la praxis enterró un buen pacto social como lo es la Constitución. La nación requiere un cambio.