• Caracas (Venezuela)

Oscar Hernández Bernalette

Al instante

“El que se humilla, vence”

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Refrán Japonés. Qué le pasaría por la mente a Hisao Anaka, el todo poderoso presidente de Toshiba, cuando se inclinó por treinta segundos como gesto para pedir perdón públicamente por haber inflado las ganancias de la empresa. No fueron sus ganancias. Seguramente el dolor de la vergüenza es tan cruel como el otro gesto que le hubiese correspondido, que era el que usó hace unos años un ministro de agricultura de Japón, que se quito la vida por malversación de fondos. El haraquiri como respuesta a la derrota forma parte de esa milenaria cultura.

No es cualquier cosa para un hombre público tener la valentía de pedir perdón por engañar a los ciudadanos. En esta región latinoamericana tan convulsionada por los escándalos de corrupción, los políticos no usan expedientes como esos, no tienen la nobleza de pedir perdón y someterse a la justicia por los graves perjuicios que le producen a sus países y fundamentalmente a los más pobres cuando el señuelo de la riqueza fácil se les presenta antes sus ojos. En estos días hemos visto como va en picada la popularidad de Dilma Rouseff precisamente por los escándalos de corrupción en Brasil. El presidente de Odebretch preso y Lula en la mira. Se les está terminando la samba. Mientras que en Chile, Honduras y Guatemala se han prendido las alarmas que implican a contingentes de funcionarios y empresarios en corruptelas. En nuestra más cercana realidad los problemas que agobian el día a día del ciudadano con una bestial inflación, escasez, impunidad y abuso del poder, las corruptelas que han marcado la gestión del Estado pasan gachas como si nunca existieron. Andorra regresó a Europa, los negociados de importaciones turbias ni se mencionan, el uso de los bienes del Estado por la “nomenclatura” criolla sigue impunes. Sin embargo, los guardianes de la transparencia en el manejo de los recursos públicos inhabilitan políticamente es a los opositores demócratas.