• Caracas (Venezuela)

Orlando Luis Pardo Lazo

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La revolución que hizo personas a los negros

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¿Ah, sí? ¿Y qué eran los negros antes de la revolución? Pues, eso, negros a secas. Ni siquiera del todo cubanos. Así de racista es mi país.

Ah, y moléstense ahora cuanto quieran, intelectuales de izquierda con sus buenas maneras y su pésima política de la corrección (corrupción). Cójanla conmigo, ¡aprovechen! Denúncienme ante un tribunal académico, ahora que estoy de visita en Estados Unidos, y una afirmación así sobre los negros es inadmisible en cualquier institución que me quiera admitir.

Hagan lo que les parezca, pendejos. O lo que sus mentiras mezquinas les permitan hacer contra mí. De todas formas, cada cubano se conoce de memoria esa frase, cada uno de nosotros la ha escuchado muchísimas veces antes: La revolución hizo personas a los negros cubanos.

Desde niños, crecimos con ese cuacuacuá cómplice y guarachero. En nuestros hogares, fueran de familia blanca o negra o amarilla. En la cuadra, entre amigos multicolores y plurimezclados. En la escuela primaria, en la secundaria y en el preuniversitario. En la universidad, donde los negros son inteligentes cuando “piensan como blancos” y debieran dar gracias por estudiar gratis, a pesar de su extracción obrera y sus antepasados esclavos. Y en cada fábrica e industria de nuestra desindustrializada islita en el corazón cariado del Caribe.

Personas, personas, personas. Qué perversión.

Durante más de medio siglo por fin hemos sido todos iguales, después de que los blancos huyeran con sus joyas a Miami, y los negros fueran engendrados enseguida –acaso como sustitutos– a imagen y semejanza de la revolución. Fidel Castro mismo devino el blanco más negro de los negros cubanos: el padre adoptivo de la raza, su fundador. Algo que nunca logró el dictador con la blanqueriza cubana, que todavía se escapa en estampida de su paraíso policial (para apoyarlo con dólares blancos desde la Florida).


Ah, ¿pero qué pasa si un negro se subleva y le dice “tirano” a su patrón? Nada de importancia, como en los tiempos de la Colonia española y la neocolonia norteamericana: pasa lo de siempre, simplemente lo peor.

Por ejemplo, en la sociedad civil independiente cubana, ilegalizada por el mismo gobierno que hoy controla el mapa despótico-populista de Latinoamérica, los ciudadanos negros son tratados con saña inusitada. Casi todos los corajudos activistas y los brillantes pensadores de piel negra de nuestra disidencia, como Jorge Luis García Pérez (Antúnez), Iris Tamara Pérez Aguilera, Berta Soler, Guillermo Fariñas, Juan Antonio Madrazo Luna, Leonardo Calvo y Manuel Cuesta Morúa, entre muchísimos otros de valía, han debido oír la insultante frase fidelista –léase, fascista– en los interrogatorios con la policía política (G-2) y en las crueles cárceles de nuestra Cuba tan querida como herida: La revolución los hizo personas.

El año pasado, a pesar de las reformas raulistas que supuestamente iban a democratizar nuestro país, Roberto Zurbano, intelectual vinculado laboralmente a las instituciones de la cultura oficial cubana, fue prácticamente cesanteado por criticar el racismo revolucionario en una columna que le publicó The New York Times. Al viejito blanco Roberto Fernández Retamar, director vitalicio de Casa de las Américas, no le cayó en gracia la audacia del joven negro.

Conocido fue el martirologio de Orlando Zapata Tamayo en 2010, torturado durante semanas hasta dejarlo morir en prisión en una huelga de hambre, porque el pobre ya no podía resistir más las golpizas y vejaciones de una condena descomunal y sin causa creíble alguna. El G-2 se burló también de su madre –hoy exiliada en Miami–, al enseñarle el cadáver de su hijo diciéndole que aún vivía y que se haría todo lo posible para salvarlo. En realidad, los estrategas blancos de la Seguridad del Estado (los altos oficiales del Ministerio del Interior tienen que ser blancos por reglamento) solo querían filmar a la madre de Zapata Tamayo con una cámara obscenamente oculta en el hospital, para luego difamar de ella como sabuesos en la televisión cubana, alegando que el castrismo cura incluso a sus enemigos. Y ni eso. Porque Luiz Inácio Lula da Silva y Raúl Castro dijeron en público en Cuba que se trataba de un delincuente común, un loco que se había suicidado por no tener el privilegio de un TV a color en su celda.

Hoy, jueves 18 de septiembre de 2014, hace dos años y medio que un matrimonio negro cubano está en prisión. Eso no tiene la menor importancia, por supuesto. Nunca los han llevado a juicio, ni hay cargos formulados en contra de ninguno de los dos. ¿Qué más da? Seguro son dos rateros de barrio. Voy a mencionar sus nombres por puro chisme de cubaneo, vaya, como curiosidad en los tiempos de la barbarie: Sonia Garro y Ramón Alejandro Muñoz.

Desde la visita del papa de transición ambos están encarcelados en la Isla de la Libertad: los arrestaron el 18 de marzo de 2012, poco antes de la misa pactada entre el Vaticano y el Partido Comunista cubano, cuando Benedicto XVI visitó las plazas de la Revolución de Santiago de Cuba y La Habana, a la par que cientos de activistas cubanos –incluido yo– éramos desaparecidos con violencia de las calles.

Benedicto XVI, a la postre –como postre– dio su visto bueno a la familia funérea de Fidel Castro y sus hijos oficiales. Blancos que bendicen a blancos. Vivir para ver. Ay, carajo.

De aquel matrimonio negro, pobre y católico y pro democrático, todavía hoy en un limbo legal tan atroz como Gitmo, que siguen separados en regímenes técnicamente de tortura, ningún poderoso se acuerda. Negros, ¿para qué? Ni el Papa ni los obispos cubanos jamás han preguntado ni papa del lado de allá del malecón. A uno de ellos –quién sabe si sea nombrado pronto nuestro próximo cardenal-ministro– se le presentó el caso de la familia Garro-Muñoz en persona, gracias a que el prelado vino de visita a Washington DC, a recolectar los dineros indulgentes del exilio para reparar no sé cuál iglesia en la isla (como si el templo valiera más que los feligreses).

Y nada, como es obvio. Aquí no ha pasado nada. El negro al hoyo y el blanco al pollo.

El tiempo de Dios no es nada perfecto, siento tener que terminar así. A Venezuela recién se le está revelando está verdad bíblica. La voluntad popular no basta contra el castrismo, o los cubanos seríamos libres desde hace décadas.

Para la élite esclavista de mi patria perdida para siempre, Venezuela es solo otro “país de negros”, como dicen los jerarcas de La Habana en sus uniformes color cirujano y sus guayaberas blanquérrimas. Al castrismo cubano no le queda otro remedio, chico: a los venezolanos también hay que hacerlos personas en masa.

Vivir para ver. Y cuando lo vean, ya será invivible a perpetuidad.