• Caracas (Venezuela)

Orlando Luis Pardo Lazo

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De Cristo a Castro: entre hipócritas e históricos

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Se publicó casi como un chisme de barrio, en un periodiquito del sur de Italia, a finales de agosto. El nuncio de la Santa Sede en Cuba, monseñor Bruno Musarò, tras una misa en el parque San Pío da Pietrelcina, hizo unos comentarios off-the-record ante la congregación italiana. Y el secreto a voces, por supuesto, trascendió on-the-record enseguida:

“Sólo la libertad podrá dar esperanza al pueblo cubano, bajo una dictadura socialista que los tiene sometidos desde hace 56 años. El Estado controla todo. La única esperanza de vida es huir de la isla. Le agradezco al Papa haberme enviado allí, y espero irme sólo después de que el régimen socialista desaparezca definitivamente”.

Palabras tremendas, como para derrumbar una catedral y un clero esclerótico. O como para derrocar un régimen ateo y teofóbico que atenaza a toda Latinoamérica desde la Plaza de la Revolución.

Días después de estas declaraciones de decencia indecible, en los Jardines Vaticanos se entronizó una réplica de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba, con la presencia de seis obispos de nuestra isla y el ex secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone. Fue una fiesta con cierto tufo a rito falaz. Daba la impresión de ser una maniobra mediática para borrar el impacto popular que podría traer la denuncia del nuncio, a quien ni siquiera se le invitó.

El inveterado Bertone, en otro de sus gestos genuflexos ante la dictadura cubana, con ignorancia insultante alegó desconocer las palabras de Musarò, pero asombrosamente aseguró que, fueran las que fueran dichas palabras, eran sólo una exageración de la prensa.

Por parte de la patria, los obispos nacionales de visita en Roma, con esas sonrisitas cínicas que son un copy-and-paste de la complicidad cardenalicia de Jaime Ortega y Alamino, reconocieron haber comentado el tema (¿acaso pedido perdón?) con el embajador ¡nada menos que del gobierno castrista! Y que, por suerte, habían pactado dejar las cosas así, hacerse todos los que no habían oído nada, y en consecuencia, no reproducir ni una línea del nuncio en la prensa comunista o católica o ambas en Cuba. Ni a la Iglesia ni a la dictadura le conviene hacerse eco de semejante “notición”.

¿Qué otra actitud podríamos esperar? El poder siempre le hace la pala al poder. Entre los jerarcas se apuntalan perversamente para no caer. Todos están dispuestos a todo con tal de que en Cuba no cambie nada. Saben que en el futuro de nuestra nación libre en el mar Caribe, ninguno de sus dogmas estadísticamente encajan.

A mediados de septiembre debe regresar Bruno Musaró a su puesto de nuncio del Vaticano en La Habana. Desde ahora hasta entonces, el silencio soez dentro de la isla da ganas de vomitar. Meses atrás, por ejemplo, los jóvenes cubanos del Movimiento Cristiano Liberación (fundado por el mártir del comunismo Oswaldo Payá) le entregaron en persona una carta al papa Francisco, que culmina con un clamor a vivir en la verdad y no en el bucolismo de los templos como ministerios del régimen:

“Cada vez más espacios eclesiales derivan en una caricatura de lo plural, para serlo sólo en el sustrato de fondo y el denominador común de legitimar al gobierno, de pedir más votos de confianza para la junta político-militar que gobierna dictando, y esperar que el nuevo ‘líder’ sucesor en la dinastía de los hermanos Castro enmiende los ‘errores justificados’ de 55 años de desgobierno y un país devastado; en la omisión cómplice a las diarias violaciones a los derechos humanos y las acciones represivas despóticas e impunes de la Seguridad del Estado contra la oposición pacífica; en mendigar tímidas reformas sin transparencia y así poder nadar en todas las aguas; en la indefinición y el lenguaje confuso que decora y maquilla para no llamar claras realidades por su nombre, y aun así auto presentarse como auténticos practicantes del diálogo y tendedores de puentes.

“Los cubanos necesitamos una Iglesia que nos ayude a vencer el miedo. El miedo que es origen de la desidia y la desesperanza que embarga a los jóvenes y a la sociedad en su conjunto. Necesitamos una Iglesia que nos ayude a dar los primeros pasos de la Liberación, esos primeros pasos que siempre empiezan en la persona y terminan por ser un grito más fuerte que uno mismo y que es preciso compartir. Una Iglesia servidora tiene que ser un espacio de libertad, donde la reconciliación no se convierta en amnesia histórica disfrazada de bondad de los justos”.

Ninguna publicación católica cubana se hizo eco de esta carta inconmensurable. Ninguna agencia extranjera de prensa acreditada en La Habana tuvo el coraje para darle la visibilidad que amerita tal documento histórico. Quien habite en la legalidad en Cuba, no es legítimo. Sólo desde la resistencia civil son verosímiles los cubanos. Los que sobrevivan a la Transición del Poder al Poder serán los títeres de un poscastrismo peor.

Desde Nicaragua, sin embargo, al alguna vez llamado “cura renegado” Miguel D’Escoto, un estadounidense que violó sus propios votos católicos, teólogo de la Liberación entre lo liberal y lo libertino, recién le fue revocada su suspensión como sacerdote sandinista. Y eso sí que fue una fiesta para la oficialidad insular, porque, incluso antes de su primera homilía tras el perdón papal, D’Escoto santificó a su mesías materialista Fidel Castro como “un elegido de Dios para transmitir el mensaje del Espíritu Santo”, mientras le lanzaba su milésima piedra a la Casa de Pedro: “El Vaticano puede silenciar a todo el mundo. Entonces Dios hará que las piedras hablen y que las piedras transmitan su mensaje. Pero no hizo eso, escogió al más grande latinoamericano de casi todos los tiempos: es a través de Fidel Castro que el Espíritu Santo nos transmite el mensaje. Ese mensaje de Jesús, de la necesidad de luchar por establecer firme e irreversiblemente el reino de Dios en esta tierra, que es su alternativa al Imperio”.

Hay coyunturas en las que uno extraña de buena fe aquellos juicios real-maravillosos de la Inquisición medieval.

Pero en Cuba al parecer lo más importante ahora, además de obtener una visa multiple-entry para Estados Unidos o hacerse ciudadano español, es cambiar de sitio las cenizas de un fallecido ilustre siglo y medio atrás: Félix Varela, sacerdote católico deportado de Cuba precisamente por España, hoy a la espera de su beatificación. Los obispos quieren sacar sus detritos biológicos del Aula Magna de la Universidad, para colocarlos fetichistamente en la Catedral de La Habana, como si de una pócima mágica se tratase. Y con ese honor hueco, de homenaje sin ética, rematan el pensamiento patriótico del padre Varela, ninguneando de paso que su vida y obra la inspiradora del Proyecto Varela del asesinado Oswaldo Payá: única iniciativa ciudadana para desmontar a la dictadura a través de su propia ley, firmada por más de 25.000 cubanos y todavía hoy ignorada por la Asamblea Nacional del Poder Popular (¡y por el Arzobispado cubano!).

De manera que, por desgracia, tengo que discrepar no del párroco payaso yanqui-nicaragüense, sino de la poshomilía del nuncio del Vaticano en Cuba: ya ni la libertad dará esperanza al pueblo cubano; ya ni siquiera huir de la Isla nos salva. La verdad es violentamente vil: cuando Bruno Musarò termine su sagrada misión diplomática en la isla, el régimen socialista seguirá definitivamente allí, disfrazado de un democratiquísimo capitalismo de Estado, más allá del viejo Cristo y los nuevos Castro.

Cubansummatum est.