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Rodolfo Izaguirre

Los zapatos de Manacho

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“¡Que sabroso es andar sin zapatos!” exclamó el niño rico cuando vio descalzo al chico marginal. Sí, dijo su padre. “¡Cuando se tienen zapatos!”. Lo que en la antigüedad hacía posible la diferencia entre el hombre libre y el esclavo era que el prisionero iba descalzo, lo que daba a entender que el calzado, cáliga romana, sandalia, significaba poder. Quien caminaba calzado era el amo, dueño no solo de sus actos sino acaso del propio esclavo. Todavía hoy, la cultura islámica, y japonesa, obligan a los fieles y visitantes a entrar descalzos en los templos y hogares. En los primeros, para mostrar humildad y reverencia, y en los segundos, para no contaminar el suelo sagrado del hogar con rastros impuros del mundo exterior pero también para hacerle ver al dueño de casa que no se va a permanecer en ella ni a apoderarse uno del lugar.

En el cine western es frecuente que al ahorcado lo despojen de las botas que ya no va a utilizar ni siquiera para el largo viaje que se ha visto obligado a emprender, a pesar de sí. De allí la importancia de morir con las botas puestas, lo que es signo de reciedumbre e intensos deseos de permanecer o de hacer el largo viaje hacia la eternidad con los pies protegidos. Sé de lo que hablo porque tuve que cruzar la capital de México en busca de unas botas para que mi hijo hiciera motocross y las que compré eran tan altas y pesadas que me vi obligado a traerlas puestas en el avión de regreso a Caracas. Caminé por todo el aeropuerto con el andar pesado y tardío del monstruo de Frankenstein y le dije a mi mujer Belén: “¡Si muero en este avión, moriré con las botas puestas!”.

Las botas y los zapatos pueden ofrecer una significación funeraria: una persona difunta deja los zapatos al morir. Los zapatos puestos al lado de la cama señalan que su dueño no es capaz ya de caminar. ¡Son objetos de muerte! Por el contrario, cuando en la alcoba comienza la pareja a quitarse los zapatos inician el camino de la intimidad, de la glorificación de los cuerpos, la satisfacción de los sentidos y la saciedad de los deseos carnales. Los freudianos siempre dispuestos a exageraciones solo ven un falo en el pie humano. ¡En cualquier caso, los zapatos de mujer con talones de agujas son fetiches que activan en el hombre fuertes corrientes eróticas¡

Cuando el país venezolano era próspero y dichoso, es decir, cuando aún no habían aparecido Hugo y Nicolás, nuestros inefables condottieri, tuve zapatos hechos en Italia, pero el zafarrancho populista bolivariano me está obligando a comprar los zapatos de Manacho que, como todos sabemos, son de cartón. Hace años, ya había muerto Stalin, mi mujer Belén se desprendió de sus zapatos de marca para comprarse unos de poco tacón que le permitieran caminar con mayor comodidad por Moscú y evitar la curiosa admiración de las mujeres que se cruzaban en nuestro camino. Cuando regresamos a pie desde el Kremlin al Hotel Rossia estaban destrozados y tuvo que tirarlos a la basura porque eran como los de Manacho. Fue una señal premonitoria de lo que iba a pasar en Venezuela con el castrocomunismo, pero en aquel momento resultaba un tanto cuesta arriba imaginar siquiera que el comunismo iba a aterrizar en el entonces deslumbrante país venezolano. No tuvimos mi mujer y yo (¡nadie entonces podía tenerla!) la capacidad de vislumbrar que los zapatos de Manacho iban a convertirse en emblema de una tragedia humanitaria cuya constatación más patética son las protestas de las gentes y la feroz represión militar como única respuesta de Nicolás Maduro a las hambrientas exigencias del país.

El verdadero drama de alguien como Maduro es el de tener una piedrecita en el zapato. En el momento actual, esa piedrecita pudiera tener varios nombres: revocatorio, Asamblea Nacional, Ramos Allup, frontera, Padrino o ayuda humanitaria. Guardando las distancias, es la misma molestia que comenzó a sentir Aureliano Buendía, antes de ser coronel, cuando vio por primera vez a Remedios Moscote, la niña de nueve años que iba a trastornarle el sueño, la hija menor del conservador Don Apolinar Moscote, corregidor de Macondo, una niñita que por su edad hubiera podido ser hija de Aureliano, pero que le quedó doliendo en alguna parte del cuerpo, una sensación física que casi le molestaba para caminar, como una piedrecita en el zapato. Maduro puede cambiarse los zapatos las veces que quiera, pero la piedrecita seguirá allí porque solo desaparecerá el día que reconozca que la concepción económica del chavismo es obsoleta, fracasada, totalmente inútil e impracticable. Dejará de molestar el día en que los militares regresen a sus cuarteles y abandonen la desaforada aventura de actuar en política, uniformados y con las armas en la mano, solo para enriquecerse. Ese día desaparecerá el agobio en todos los zapatos de Maduro y del régimen y Manacho comenzará a calzarlos de cuero italiano.

Sin embargo, hay quienes con voz lúgubre y taciturna afirman que no va a producirse ningún revocatorio o que si se logra no tendrá mayores consecuencias y el régimen seguirá impertérrito en sus desvaríos. Afirman que Maduro prefiere soportar la molestia de andar como Aureliano Buendía después de ver a Remedios Moscote antes que aceptar un revocatorio que lo liberaría de semejante incordio. Dicen que no hay ningún milagro que permita escapar a tanto fracaso junto. Concuerdan en que lo que puede hacer Nicolás es lo que hizo aquel margariteño que prometió a la Virgen del Valle caminar hasta su Santuario con garbanzos en los pies... pero los hizo cocinar antes de meterlos en los zapatos.

¡Manacho!: mientras Rodríguez Zapatero continúe “buscando” el tramposo y escurridizo diálogo entre el régimen, sus mediadores y la oposición y la situación no mejore, tus zapatos ¡seguirán siendo de cartón!