• Caracas (Venezuela)

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José Rafael Herrera

A la zaga (De la memoria al recuerdo)

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La reorientación del significado mismo de la concepción del Estado en la Venezuela de hoy pareciera ser una necesidad de primer orden, a la hora de pensar acerca del destino del país dentro de un brevísimo lapso. El horizonte problemático del desgarramiento –la escisión como tal– amenaza con la abrupta objetivación de sus fuerzas, y las consecuencias del estallido en cadena que anuncia el inminente devenir resultan del todo indescifrables. El actual Estado existente no solamente se haya de espaldas a la carta constitucional, refrendada por una abrumadora mayoría de la población hace apenas catorce años, sino que, además, ha terminado por convertir sus instituciones en entidades ajenas y distantes, para no decir contradictorias, en relación con los mandatos contenidos en dicha carta. No es una cuestión de cantidades, de cifras, ni de estadísticas. El “quantum”, bajo las actuales determinaciones, no basta. Es, más bien, un asunto de “qualitas”, un asunto cualitativo, y, en este caso, inherente a la desintegración del ser social como tal, de la sustancia propiamente dicha, la misma que le ha dado tiempo y espacio a la idea de país y, especialmente, a su re-cuerdo. 

Decía el joven Hegel que “la memoria es la horca de la que cuelgan estrangulados los dioses griegos”, porque ella es, en realidad, “el sepulcro, el depósito de lo muerto”. Es el Bolívar de cartón piedra, la frase rimbombante que alude al “patriotismo”. Es el mito heroico sin contexto, el museo y el panteón de los adioses, el nacionalismo de pacotilla, en síntesis: la manipulación del sentido común en la cita de las obras póstumas de Guaicaipuro o de las obras completas de Ezequiel Zamora. Se trata de una “historia” que no lo es, de una colección de “piedras ordenadas, repasadas, sin polvo”. Ocupación, por cierto, relacionada con lo muerto, con las meras formas vaciadas de contenido, y con las cuales los hombres terminan en objetos en sí mismos, regidos no para sí sino por y para algo ajeno, extraño e individual. Porque en las repúblicas se vive para una idea. En los regímenes autocráticos, en cambio, para un individuo. Y aunque en las autocracias puedan existir algunas ideas, estas terminan siendo, siempre, individuales. Son ideales que nunca llegan a la condición de ideas. Fórmulas, tal vez, “instrumentos”, como se dice en los medios burocráticos, algo siempre externo y, de nuevo, vaciado de todo contenido. La “techné”, inmanente a la “didáctica”, quizá pueda memorizar con extraordinaria eficacia las relaciones sociales y políticas de los hombres, pero nunca podrá conquistar aquello que los griegos designaban como la “pléroma”, la plenitud de la vida, la unidad sustancial de la que todo surge.

Memoria no es recuerdo. Re-cordar quiere decir “volver a hilar” o “re-hilvanar”. En fin, el recuerdo es un inter-relacionar –de donde proviene el término intelligere o entendimiento–, es un continuo reconstruir. Y ese es, por cierto, el gran peligro que ha devenido, que se ha hecho patente en la actual realidad de lo que hasta hace poco tiempo se podía designar con el nombre de “la nación venezolana”. De hecho, y para que se comprenda de una vez, Venezuela hace tiempo que dejó de ser una nación.

La diseminación de la violencia sobre todo el “campus” de la sociedad –o, por lo menos, sobre lo que queda de ella– es, en efecto, directamente proporcional a la violencia que promueve y alienta el régimen militarista. Una nación, como tal, administra la violencia a través de sus fuerzas armadas, del ente militar. Pero cuando el ente militar se desborda y se derrama por las calles y avenidas de la sociedad, cuando sus motivaciones y tendencias apuntan a la liquidación de la sociedad civil a través de su militarización, o, lo que es igual, cuando el ciudadano es atropellado en sus derechos para ser convertido el soldado, la nación ya no lo es, porque ha colapsado la diversidad que le es constitutiva. Y, ahora, militarizada, pone en evidencia la pérdida de la totalidad para devenir parte. No se discute, se obedece. No hay derechos sino obligaciones. Ni, en consecuencia, hay recuerdo: solo hay memoria.

La criminalidad, propiciada desde el régimen, no se combate ni con alcabalas ni con patrullajes, ni con “planes” extraordinarios de seguridad. Solo puede combatirse enfrentando al propio régimen que la promueve desde sus entrañas. No se trata de un trabalenguas: pero si la administración de la violencia es responsabilidad directa de la nación, ¿quién puede creer que una nación mal administrada, comandada por pésimos administradores, pueda ser capaz de administrarla? Por lo demás, no es del interés del régimen administrar la violencia. Más bien, su propósito pareciera ser la devastación de las fuerzas productivas del ser social. La paz social ni se ordena ni se decreta, es el resultado de la formación de la cultura y del consenso, no de la coerción y el sometimiento.

Y es aquí donde surge la mayor de las inquietudes frente a una organización de la oposición que se limita a concebir –auxiliada más por la memoria y la técnica que por el recuerdo y la construcción de las ideas– políticas del día a día, guiadas por la inmediatez del momento, sin llegar a confeccionar un  “gabinete de sombra”, sin planes específicos de largo aliento, sin respuestas para los grandes problemas que aquejan a la sociedad, que ha llegado, incluso, a asumir el lenguaje del poder como propio y, con él, su triste pobreza espiritual. A la zaga, calculando eventuales cómputos electorales, no se construye un nuevo bloque histórico, lo suficientemente sólido como para superar desde sus raíces la delicada situación que apenas comienza a padecer el país.

Necesario es reaccionar, atreverse a pensar en serio la sociedad y tener un único y poderoso método que sea capaz de convencer y motivar a las grandes mayorías, en función de crear una nueva idea, una nueva nación que ponga punto final a la decadente violencia del militarismo. Ese único y poderoso método es la verdad. El pensamiento provee. Cabe marchar de la memoria al recuerdo.             

 

@jrherreraucv