• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

La vulgaridad

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hay un lenguaje de burdel, de prostíbulo o de botiquín de mala muerte que ocasionalmente, bien manejado, bien estructurado, puede emplearse con éxito en algún pasaje literario. William Faulkner aseguraba que no había mejor lugar para escribir que un burdel en horas de la mañana porque era un espacio tranquilo, sereno y silencioso. Pero ese mismo espacio, que le permitió escribir acaso alguno de los libros que le hicieron merecedor del Premio Nobel, se transformaba  en las noches en un tumulto de imprecaciones y de peligrosas aventuras sexuales. Llevado a la política es un lenguaje abiertamente soez, tosco, ordinario, balurdo. El diccionario de la Real Academia define la palabra balurdo como “gente ordinaria y soez”. Balurdo es nuestro ilegítimo presidente cuando grita a Almagro que se meta su carta democrática por donde le quepa. ¡Es una vergüenza! Una atrocidad, una ofensa no solo a la dignidad de Almagro sino a la propia majestad que se supone encarna quien expresa semejante vulgaridad Es un legado del fallecido comandante antes de transformarse en pájaro. Fueron varias las veces que Hugo Chávez mandó a “lavarse ese paltó” a algunos mandatarios y presidentes de Estado y vociferar injurias y belicosas amenazas. Pareciera ser, en ambos, una adicción a la fanfarronada, a la bellaquería, al gesto y a la vulgaridad de barriada. ¡Uno se estremece de estupor! Incapaz de entender cómo puede ser posible que ocurran semejantes agresiones verbales aunque ya nos hayamos acostumbrado a la represión brutal de los cuerpos de seguridad del Estado, un ridículo eufemismo por guardia nacional, policías bolivarianas o grupos delictivos armados desde Miraflores. El hecho de haber sido chofer de autobús o de vagón del Metro no justifica un lenguaje escabroso. Lleva más bien a pensar que se trata de una última y desesperada tentativa de arrogancia ante el fracaso y la pérdida de autoridad, el último zarpazo de agonía cuando no se tiene a mano alguna argumentación que sirva de defensa, de explicación, de justificación ante el enorme fracaso político y económico y la degradación moral y cultural del país.

En lo personal no puedo reconocer y aceptar como presidente a alguien cuyo lenguaje sucumbe a una condición crapulosa siendo el lenguaje símbolo de inteligencia no solo del individuo sino de la ciudad, de los grupos étnicos y de las propias naciones. El lenguaje es un valioso componente de la estructura social e intelectual de una comunidad. Es, para simbolistas como Chevalier y  Gheerbrant, el alma de la cultura y de las sociedades. Es, al mismo tiempo, símbolo de la Creación, de la creatividad divina, anuncio de la Revelación primordial. ¡El Verbo!

¡Maduro, solo nosotros hablamos, poseemos y manejamos el lenguaje escrito! Por eso somos los reyes del mundo. Figuras protagónicas de todo lo creado en el mundo animal. ¡No puedes atentar contra el lenguaje, contra el conocimiento y la sabiduría! Cualquier daño o desconsideración que le hagamos al lenguaje afecta a la sociedad, cercena sus raíces, las separa; perturba la comunicación entre un ser y otro. Impide el diálogo que habría podido suscitarse entre quien ofende y agrede el lenguaje y su posible interlocutor. No podría dialogar contigo porque no manejo tu vulgaridad y no poseo suficiente experiencia en el dominio del lenguaje que corre por los botiquines del barrio marginal. Al igual que el mundo, Chevalier y Gheerbrant consideran que existen también tres niveles en los que pueden situarse las palabras: celestial, terrestre e infernal, de acuerdo con los niveles en los que se sitúa quien las pronuncia. Las de Maduro, objeto de estas líneas, ocuparían por derecho propio el nivel infernal. El más bajo, larvario y del subsuelo.

Hubo una torre de Babel que precipitó la confusión de  las lenguas y gracias a esa confusión surgieron los diferentes idiomas y las tradiciones y a partir de ese momento todas las lenguas y sus palabras adquirieron un carácter sagrado. ¡Por eso existe, Nicolás, una teología de la palabra! ¡Una tradición bíblica! ¡Existe, incluso, la Palabra de Dios!

Adoro las palabras, las cultivo como flores del jardín, las acaricio y me esmero aun más cuando ellas adoptan un ropaje poético y se convierten en la ribera del silencio, es decir, evitan que el silencio se desborde, se precipite en el vacío y se convierta en charlatanería o, en el peor de los casos, en la vulgaridad del mandatario acorralado y sin defensa, atado al cráter del volcán a punto de erupción.

Es el vaho de tristeza que cerca y envuelve a Nicolás: no saber qué hacer, no encontrar manera de defenderse, dónde ir, cómo justificarse ante el país y ante la Historia que lo acecha y diseña su caída. ¿Qué otra patraña, torpeza y mentira va a concebir si cada gesto, movimiento o declaración suya contribuye a hundirlo aun más en su propio pantano no solo frente al país sino frente al estupor del mundo? ¿Dónde y cómo lavará él mismo su propio paltó?

Ha sido motivo de estudio y de reflexiones el uso y acomodo del lenguaje a la política del chavismo, es decir, el triunfo del populismo trasladado a los terrenos del lenguaje como un mecanismo abyecto del ejercicio del poder, el dominio como identificación popular lo que en el fondo significa una aberración porque tiende a mantener el estado larvario e ignominioso del lenguaje, la aspereza de su vulgaridad como rasero y denominador común cuando lo que se impone es todo lo contrario: elevar el lenguaje, ennoblecerlo, despojarlo de todo asomo de ofensa, agravio y vulgaridad y lograr, finalmente, que Nicolás se meta sus ofensivas palabras ¡por donde les quepan!