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Itxu Díaz

Que vuelva el coyote

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Me he criado con cosas de Disney que tenían evidentes carencias. No era necesario que Goofy fuera tan torpe para causar ternura en nuestros corazones. Y tampoco habría pasado nada si alguien, alguna vez, le entendiera algo de lo que dice al Pato Donald. Si bien, vistas algunas transcripciones, tampoco es que sus ideas filosóficas fueran a cambiar el rumbo de Patolandia. Que Minnie y Daisy fueran más cursis que un corazón de nenúfares flotando en un estanque lapislázuli es algo que podríamos perdonar a la corporación Walt Disney. Porque al fin, esa extraña pandilla resultaba entretenida con sus universos paralelos y sus perros hablantes. Igual que aquel Coyote que quería acabar con el Correcaminos, y que nos hacía pasar tardes inolvidables. O como La Pantera Rosa, cuya banda sonora ha envejecido razonablemente mejor que su imagen. Sí. Es obvio que se me está blanqueando la azotea y envejezco, pero no he venido hoy a traer nostalgia sino a planear una venganza necesaria. 

Éramos felices. Y de pronto llegó toda esa fiebre oriental animada y, al principio, tragamos, porque todos los niños del mundo –supongo- hemos querido ser Oliver y Benji. Sin embargo, todo se torció aL llegar Son Goku, con quien he sido siempre implacable, porque de una mezcla entre Sylvester Stallone, Heidi, y Jackie Chan no puede salir nada bueno. Por más que medio mundo se arrojara a los pies de aquel luchador capaz de permanecer suspendido en el aire durante 10 capítulos, manteniendo la tensión previa a atizarle un puñetazo a su contrincante. Que ha habido veranos más cortos que las patadas voladoras del niño de las bolas, de las bolas del Dragón. 

Alguien debería explicarle a mi generación cómo saltamos de las bellas aventuras de los Looney Tunes a estos bichos amorfos y violentos que hoy asoman por la pantalla impunemente. Escribo esto ahora porque pretendía sentarme un rato ante el televisor y dormir. Ya saben, un columnista durmiendo es un columnista trabajando. Por accidente, he encendido la tele y ha salido un enano cabezón que se divierte y se sonroja levantando faldas a las compañeras de clase, y eructa con tal potencia que, de hacerlo hacia el norte, podría terminar de romper todos los malditos glaciares del planeta. Compruebo con temor que el cara-de-queso tiene a los niños idiotizados, y ríen sus gracias con naturalidad. Y absorto me quedo al saber que su creador no se encuentra entre los terroristas más buscados de Estados Unidos. A veces me pregunto a qué dedica su tiempo el FBI.

Vale. Que yo me reía en los ochenta cada vez que el lindo gatito se acercaba a Piolín, pero porque en el fondo estaba deseando que se lo comiera, igual que rezaba cada noche para que el Coyote le acertase en toda la cresta al Correcaminos. Pero a pesar de la natural brutalidad de los niños, aún teníamos estilo y un cierto código de valores estético, que en el ético ya habían empezado a asomar las tinieblas. Al fin, los paisajes del Correcaminos eran bonitos, y hasta Oliver y Benji escondían cierta belleza en sus representaciones, por más que su trasfondo resultara tan próximo a la cultura occidental como cenar pollo vivo sentados en el suelo alrededor de una cachimba.

Occidente no caerá por la arrolladora cultura oriental, que asumimos como moderna y antigua a la vez. Occidente no caerá por la rudeza violenta de los islamistas que quieren aniquilarnos. Occidente no caerá por sus talent shows –de esto no estoy tan seguro-. Occidente caerá definitivamente cuando los hijos de nuestros hijos se rían con un garabato que escupe a su profesor, hace pis en la sopa, y enseña el culo a sus padres en señal de desaprobación por la hora de irse a dormir. Está bien que a los mayores nos divierta comparar en un museo tres alambres oxidados con el David de Miguel Ángel, pero no deberíamos trasladar nuestras enajenaciones de Woody Allen a los dibujos animados que verán nuestros niños.

Termino esto y aún no he logrado acertar en el botón y apagar la tele, y dudo que pueda dormir en muchos días. Cuanto más miro a ese ordinario monstruito escupiendo en el salón de mi casa, más convencido estoy de que el Coyote debe volver a la pantalla con todas sus municiones. Y no precisamente para dinamitar al Correcaminos.