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Eli Bravo

De vuelta una vez más

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De vuelta una vez más

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Decir que volver fue como si el tiempo no hubiese pasado sería al menos una injusticia. Ante mis ojos tenía la prueba de cuánto había cambiado mi vida durante los doce años transcurridos desde que tiré ancla en esta isla. En aquel entonces navegaba solo en mi velero buscando sanar mi alma con dosis de mar y brisa. Fueron meses de mareas internas y una soledad que resultó ser buena maestra. Producto del viaje salió un libro y llegaron las tres mujeres que ahora me acompañan a bordo. Ellas son la prueba más evidente de que nadie se baña dos veces en la misma playa.

"Siempre quise regresar a Culebra", escribí en Una ola tras otra, el libro en el que narré aquella navegación por el Caribe usando la voz de Andrés, el personaje que me sirvió de álter ego. Y aquí estaba de nuevo, anclado en la misma bahía donde Andrés tuvo una experiencia que alteró su rumbo: una madrugada, despierta muy alterado después de soñar que la mujer que ama y dejó atrás se irá para siempre.

Entonces decide buscarla y rehacer su vida juntos.

Ese sueño no fue ficción. Yo mismo lo tuve en aquel viaje y dos años después regresé a Culebra junto a la mujer de mi sueño para regalarle una sortija de cristal como señal de compromiso. Vueltas de la vida, hace unos meses volví una vez más, en un velero más grande y con más canas, para contarles a mis dos hijas esa historia en el mismo restaurante donde solía desayunar y tomar notas para mi libro.

Regresar me permitió sentir cuánta agua ha pasado bajo el puente. Además, regresar con ellas tres a Culebra fue comprobar que no hay mejor momento que el que tenemos entre manos y que no hay libertad mayor que dejar el pasado en su sitio. Atrás.

Como una historia que contar.

Para hacer más notoria la brecha del tiempo llevé a bordo un ejemplar de Una ola tras otra. Mi esposa lo releyó (la primera vez le resultó muy difícil verse reflejada en las páginas) y mi hija mayor lo intentó, pero el español se le hizo un tanto difícil. A la menor le dio risa comprobar que en la foto de la contraportada tengo más cabello. Yo no abrí una página.

Sentía que ese libro lo había escrito otra persona.

Y de alguna manera es así.

Los días en familia en Culebra pasaron entre risas, saltos al agua, pequeñas discusiones, delicias domésticas y un sol tropical de esos que calientan la piel y el corazón. En las mañanas hacíamos snorkel y en las noches me acostaba sobre cubierta a ver las estrellas, solo que en lugar de pasar horas en silencio, les mostraba a mis pequeñas las constelaciones que refulgían en luna nueva mientras mi esposa preparaba la cena.

Algo que sentí y antes hubiese sido diferente era que no extrañaba el pasado ni quería estar en ningún otro lugar. Estaba bien allí, ahora.

Durante esta docena de años la vida se ha encargado de enseñarme que todo cambia y que para ser feliz hay que saber balancear rumbo y deriva. Verlas a las tres a mi lado, en el mismo lugar donde una vez fueron apenas un anhelo, era sencillamente maravilloso, no solo por el mar que nos envolvía, sino porque viajábamos juntos en la corriente de la existencia.

Y mira cómo son las cosas. Aquella sortija de cristal que sirvió para cerrar nuestro compromiso se rompió hace tiempo en un pequeño accidente, pero nos quedó algo mucho más sólido: un amor compartido y una historia que contar.