• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Leopoldo Tablante

El vuelo de las ánimas

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Desde su origen onomástico, cuando por la laguna de Sinamaica a Américo Vespucio se le prendió el bombillo y bautizó al territorio que navegaba como «Pequeña Venecia», los principales pecados de Venezuela han sido la ilusión óptica y la falta de sentido de la proporción. Los palafitos deben haberle evocado vagamente al explorador los palacios venecianos. La idea de Venezuela surgió de la comparación nostálgica de un italiano perdido por el hoy estado Zulia a quien nuestra visible «pequeñez» le permitió disimular la exageración de su propio espejismo. A eso le llaman ironía, recurso de condescendencia que los europeos manejan con soltura.

Los venezolanos optamos por perseverar con el espejismo y, declarándonos independientes, nos pretendimos también sublimes y altos, como un ciprés. No tomamos en cuenta que la naturaleza de los pinos es lidiar con el clima seco y que, en lugar de enraizarse hacia dentro para encontrar fuentes de agua, se anclan horizontal y superficialmente, lo que los hace proclives a quebrarse cuando el viento les da de lleno. Así nos quebramos nosotros: en nuestra megalomanía y en nuestro deseo de merecérnoslo todo, en nuestro nacionalismo histérico y polarizador, en nuestra premura y falta de cuidado con los detalles, un patuque psicosocial que nos hace confundir los términos para poner demasiadas cosas fuera de lugar.

¿Cómo se explica que un presidente intente rescatar su maltrecha popularidad decretando una orden de saqueo contra tiendas de electrodomésticos? ¿Cómo se explica la relación entre un botín ridículo compuesto por una computadora portátil, seis relojes, un par de yuntas, una cámara de video, una cadena y un par de altavoces para computadora y la saña de quienes apuñalaron en su propia casa al profesor de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Guido Méndez, y a su madre? ¿Cómo se explica la brutalidad del asesinato de Mónica Spear y de su esposo mientras, con su hija de cinco años, hacían turismo nacional? Y sobre todo, ¿quién entiende cómo el ex ministro de comunicaciones, Andrés Izarra, a más de tres años de su infame carcajada por CNN para replicar las cifras de muertes violentas presentadas por el director del Observatorio Venezolano de Violencia, Roberto Briceño León, sea hoy ministro de Turismo y promueva a Venezuela como «el destino más chévere»?

En ese país chévere las instituciones amparan a los violentos y les dan  poder a quienes no tienen mérito: un orador sin conciencia de los cambios de sentido que generan sus lapsus y aliteraciones es presidente de la República; un aventurero astuto y pícaro es ministro profesional con gestión en varios gabinetes; el hijo sobreprotegido de un ex capitán de navío es un psicópata pirómano solicitado por la Interpol por matar y quemar vivas a dos mujeres en Parque Caiza (un lugar que, hace treinta años, también quiso ser un destino chévere); y el jefe de la banda «Los Rapiditos» o «Los sanguinarios de El Cambur», Adolfo Rico Ágreda –responsable del asesinato de Spear y de su marido–, es un criminal célebre por la zona de Puerto Cabello y con prontuario desde los 14 años de edad que ingresó en 2007 en el servicio militar solo para desertar tras hurtar unos pertrechos y un rifle de asalto tipo FAL.

Si los muertos vuelan y ven la realidad desde las alturas, seguramente estarán de acuerdo con que el nuestro es un país torcido por instituciones que infiltraron, perpetuaron y naturalizaron la chorocracia. Pero ellos ya pasan de todo. Quizás en su viaje han desarrollado cierta compasión con el desastre lejano que miran desde arriba. Ellos también participaron de este ruedo de la crueldad llamado Venezuela y muchos deben pensar que, sin querer, atizaron el resentimiento, la envidia y la discrecionalidad de un montón de azotes armados a quienes la retórica chavista autorizó a ejercer una venganza indiscriminada y sostenida: amenazas, paranoia y plomo parejo que les quebraron el cuerpo, devastaron a sus familias y les quitaron la angustia y la vida.