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Carlos Paolillo

La voz esencial

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Hace algunos meses abordábamos el singular tratamiento que la danza, no solo la venezolana sino también la internacional, había brindado al cancionero de Simón Díaz. Las composiciones del entrañable cantor popular, que tomaba inspiración en los hechos más sencillos de la cotidianidad para convertirlos en universales, llegaron hasta ámbitos creativos en principio distantes, y fueron abordadas a través de lenguajes complejos y sofisticados en apariencia ajenos. Ahora se impone volver a ellas, dado que, quizás, representen una clara evidencia de que en los tiempos que corren lo verdaderamente esencial se convierte en patrimonio global.

Las tonadas de Simón Díaz salieron de su entorno genuino para pertenecer a la cultura de masas, convirtiéndose en cuerpo ingenioso dentro de propuestas de la danza escénica orientada por los signos de la experimentación. Lo hizo la compañía Danzahoy a través de las coreografías de Marcela Aguilar y Adriana Urdaneta, valorativas de los vocabularios alternativos universalizados pero también re-interpretativas de un ser cultural genuino. Igualmente, la pública identificación de Simón con el mundo infantil quedó una vez más evidenciada en Oto, el pirata, montaje en el que fungió de cálido narrador del cuento que sirve de base al exitoso musical. 

Pina Bausch encontró en "Luna de Margarita" la espontánea cadencia insular del oriente venezolano que la impulsó a incluir esta canción, en la propia voz de Simón, en el proyecto Nur Du, creado para su compañía de Wuppertal, secuencia de actos escénicos de remarcada densidad e hibridez neoexpresionista. Reto enmarcado dentro de la tendencia multicultural que tanto atraía a la creadora alemana, que se vio potenciado al ser incluida la referida sección de la obra en la película Pina, de Win Wenders, ubicada a medio camino entre el documental y el cine de autor. Pedro Almodóvar también se dejó seducir por las canciones de Simón, e incluyó la voz de Caetano Veloso ejecutando "Tonada de luna llena" en la banda sonora de La flor de mi secreto, cinta en la que el mundo de rebuscada sordidez del cineasta español queda un tanto suplantado por otro de espíritu tal vez más sentimental, más cercano al melodrama.   

Durante los primeros años noventa la agrupación canadiense Carbone 14 realizó la producción El dormitorio, pieza coreográfica sobre la educación occidental y sus modelos represivos, elaborada a partir de una aguda visión sobre la poética de la violencia, y que pudo ser vista dentro del Festival Internacional de Teatro de Caracas. En la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño la bailarina venezolana Patricia Pérez, integrante del elenco invitado, cantaba con candor "El becerrito", melancólicos acordes que acompañaban debacles emocionales vividas en un internado convulso.  

Seguramente nunca imaginó que su impronta creativa traspasaría su mundo pequeño y mucho menos que llegaría a convertirse en referente global. El universo reconocible de Simón Díaz de pronto de tornó diferente dentro de cuerpos expresivos, tanto lúdicos como atormentados, y a través de imágenes que penetran hondo en las complejidades de la experiencia humana. Su voz esencial le perteneció a todos.