• Caracas (Venezuela)

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Elsa Cardozo

¡A votar!

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menos de tres semanas del 7 de octubre y a dos del final de la campaña, el discreto y breve encuentro de Henrique Capriles Radonski y Juan Manuel Santos en la Casa de Nariño ha tenido significación especial en aspectos de enorme interés para la política nacional y exterior de los dos países. 

Visto desde nuestro lado de la frontera, el visitante recibido fue el candidato presidencial de la oposición venezolana que compite en campaña muy desigual, en fondo, forma y recursos, en la que han arreciado los golpes bajos desde el oficialismo. El anfitrión fue el mandatario que para recomponer las relaciones bilaterales ha cultivado con esmero una relación de comunicación directa y personal con el presidente-candidato Hugo Chávez. 

Nacionalmente, la significación esencial e inmediata de la reunión es electoral, pero eso no niega su trascendencia más allá de las próximas semanas. 

La cita solicitada y lograda por Capriles en la recta final de la contienda se ha producido cuando su candidatura remonta en las encuestas y tras haberle dado evidente prioridad al acercamiento personal a los electores, a los problemas que los aquejan individual y colectivamente. Esto le ha permitido a su equipo afinar propuestas de políticas en aspectos críticos. Y a esas necesidades y propuestas parecen responder los temas públicamente anunciados y reportados sobre la conversación privada en Bogotá: la cooperación en seguridad, el comercio bilateral, el apoyo a los diálogos de paz. 

Desde luego que el encuentro tiene también interés para Colombia y la gestión presidencial de Santos, a la vez que es una señal importante para una región en la que se están produciendo cambios que dejan descolocado al modelo bolivariano y su necesidad de proyección geopolítica. 

En el comunicado de la Presidencia colombiana publicado al final de la reunión se señala sobriamente "la importancia que tiene para los dos países que las relaciones binacionales estén por encima de las contiendas electorales", lo que se puede leer como acuerdo sobre el respeto de esos vínculos en los tiempos de campaña, pero también como voluntad de continuidad en el acercamiento. 

Y en cuanto a lo allí escrito sobre el compromiso de neutralidad ante el proceso electoral venezolano, hay también dos lecturas. Por una parte, responde a las críticas de Álvaro Uribe, quien ha denunciado que la invitación al presidente candidato como acompañante de los diálogos de paz tiene el propósito de fortalecerlo electoralmente. Pero por otra parte, la oferta de neutralidad es también una forma de reiterar la rectificación de lo dicho hace varios meses por Santos respecto a los riesgos de inestabilidad que representaría la ausencia de Chávez para Venezuela y toda la región. 

La verdad es que si el mandatario venezolano fuese reelegido por tercera vez no cabría esperar continuidad ni estabilidad en los aspectos positivos de los vínculos con Colombia ni ningún otro país. Tampoco cabría esperar, para volver a lo más cercano, que los desarrollara responsablemente: atendiendo las necesidades e intereses de los venezolanos y cumpliendo con la debida rendición de cuentas. 

El encuentro bogotano, junto con otros que se cuenta vienen andando, es oportunidad para ponderar todo lo que podría mejorar si las relaciones de Venezuela con el mundo se condujeran pensando en el país, en su gente, en su pacto constitucional. Y eso sólo será posible con un cambio de gobierno. ¡A votar!