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Alberto Barrera Tyszka

Para qué votar

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Probablemente no hay nada peor para un articulista que un domingo de elecciones. Casi por obligación, toca ser aburrido. Por lo general, se espera una pieza seria y responsable, llena de un solemne ánimo ciudadano, que convoque a los lectores a cumplir con el sagrado deber y con el inexpugnable derecho del sufragio. Por lo general, también, convoca más bien al bostezo a la altura de la cuarta línea. Ya llevo cinco. Si usted sigue aquí, ya tengo una pequeña ventaja.

De entrada, cualquier lector más o menos agudo debe sospechar de una columna que se llame, por ejemplo, “Para qué votar”. Ahí empiezan los problemas. Las pupilas dan vueltas alrededor de la página, a ver si consiguen algo mejor, aunque sea un pequeño recuadro de publicidad que ofrece un nuevo balancín para los amortiguadores de su automóvil. ¡Qué interesante! ¡No tenía idea de que los amortiguadores llevaran balancín! ¡Lo que uno aprende leyendo la prensa los domingos! Saltan las pupilas, también, a otros artículos cercanos, buscando algún refugio. Pero todos suelen ser bastante semejantes. Pareciera que es de mal gusto escribir sobre otra cosa. O, en todo caso, si no se va a tocar un tema relacionado con el espíritu electoral, pareciera que lo medianamente aceptable es escribir sobre algo inocuo, inofensivo: la siembra de sorgo en el sur de Indonesia. El particular lenguaje de las morsas patagónicas durante el invierno. La insólita historia de un violinista rumano que terminó sus días como reconocido chef en Australia.

Temas prescindibles o textos repetidos. Ese parece ser el destino. Porque algo que se llame “Para qué votar”, insisto, no entusiasma ni a la familia, no suena ciertamente a novedad. Si yo hubiera colocado “El orgasmo femenino”, como título de estas líneas, de seguro hubiera captado mayor atención y curiosidad entre la audiencia. Pero tendría que escribir sobre algo bastante distinto de esta jornada electoral. Y, ya lo dije, no se puede, está mal visto. Además, tampoco se puede hacer campaña. No puedo yo presentarme aquí diciendo, de una manera más o menos velada, vote usted por hache y no por ene. Como, por cierto, de seguro habrá hecho el Gobierno durante todos los días entre el día final, en el que de manera oficial terminaba la propaganda electoral, y este domingo. Legalmente está prohibido. Pero ya sabemos que, en este país, ese adverbio no siempre es igual para todos. Al menos, por ahora.

He pasado toda la semana cavilando en cómo puedo sortear los 5.000 caracteres de este día. Debo confesar que se me han ocurrido muchas pendejadas. Pensé que sería ideal que nuestro sistema electoral diseñara un nuevo tipo de tinta, una tinta responsable y de larga duración. La cosa iría así: usted vota hoy, moja su dedo, o se lo enchumban más bien, y se va a su casa tranquilamente. A los 2 o 3 días ya no existe esa mancha morada que envuelve su huella dactilar. Pongamos que su candidato gana. Que es presidente. Y que resulta desastroso y que no cumple ninguna de sus promesas. La idea es que cada vez que ese presidente ponga la torta, de inmediato se active la tinta responsable y consciente en cada dedito de todos los venezolanos que votaron por él. Así los demás podríamos reconocerlos y reclamarles y tratar de lograr eso que algunos llaman la “sistematización del aprendizaje”. Es cierto: quizás no sea una idea magnífica. Pero ya tengo 513 caracteres más.

Pero vayamos al grano, al título de esta crónica. Digamos que un lector amanece químicamente indeciso. O harto de la política. Pensando que tanto sufragio ya parece una adicción estadística. Digamos que amanece sin ganas de saber de nada que vaya un poco más allá de su almohada. Ahí termina el mundo. Que se encuentra desalentado, sin fe en las instituciones y en el futuro. ¿Qué pueden realmente hacer estas líneas frente a eso?

No lo sé. Y además sólo tengo un argumento. Voy a reiterar lo que escribí las elecciones pasadas. Creo que votar es una forma de nombrarnos. Más allá del resultado, uno vota para definirse, para decir quién es. Votar es una forma de ejercer la identidad. Se vota como se firma. Con esa misma línea personal. Igual a muchas y a la vez tan diferente a todas. Uno vota para que la pluralidad cuente, tenga peso, se imponga. Para que la realidad no sea unicolor. Para que no nos presenten como una única marca estandarizada. Para que el poder tenga límites. Para eso también se vota.

Por supuesto que yo tengo un candidato y quiero que ese candidato gane, que sea elegido presidente. Pero más allá de ese resultado, poder elegir es también un ejercicio de autoestima. Una manera de representar y de defender lo que soy y lo que no soy. Lo que jamás voy a ser. Por eso, finalmente, existen estas líneas. Porque, con todos sus bemoles, el voto es una institución que todavía no hemos perdido. Un espacio para la diferencia. Un espacio nuestro. Que nos toca defender este domingo.