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Alberto Barrera Tyszka

¡No volverán!

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Esta consigna tiene un problema: ahora necesita más palabras. Ya no es suficiente gritar: “¡No volverán!”. Hace falta dar más detalles. Es una consigna que no se puede dejar sola, al aire, de su cuenta. Si la sueltas en la Asamblea Nacional, por ejemplo, capaz de que más de uno piensa que te estás refiriendo a los Flores. La historia tiene sus vueltas. El tiempo también transforma los significantes. Después de tantos años, además, no es tan fácil precisar quiénes no van a volver. Porque ya nadie los conoce, porque quizás ya ni existen. En una buena parte del imaginario del país, no hay otra estampa del poder que la que ahora tenemos. Este grupete de compatriotas que se han mantenido en el gobierno durante casi 15 años. La macolla bolivariana.

Si te fijas, son pocos nombres, sobre todo para la cantidad de tiempo que llevamos en esto. Casi tres períodos gubernamentales con los mismos jugadores en la cancha. Casi todos son funcionarios multiusos. Igual pueden ser vicepresidentes o ministros de Vivienda; encargarse de las carreteras, de la administración de aduanas o de la agricultura. Después de todo este tiempo, los venezolanos ya tenemos claro que, en la administración pública, no tiene que haber una relación directa entre lo que uno sabe y lo que uno hace. Es otro síntoma de una forma de entender y practicar la política. No llegaron para gerenciar el Estado sino para apropiarse de él, para controlarlo.

Saca cuentas. El que menos puja, puja un racimo de cambures. A veces tienen hasta tres cargos. Se los turnan, se los intercambian, se los pasan de una mano a otra… pero, eso sí, rara vez los comparten. Fíjate en Jorge Arreaza. Es vicepresidente pero no deja de ser ministro para la Ciencia y la Tecnología. Por no hablar de Rafael Ramírez, que lleva años siendo ministro de Energía y Minas y, además, presidente de Pdvsa. O de Elías Jaua, que como no tiene suficiente trabajo como canciller lo acaban de nombrar presidente de Corpomiranda. Encima, algunos de ellos también se encargan de algunas vicepresidencias regionales del PSUV. Y por supuesto: toditos están en el comando de campaña del candidato oficial. Y no se pelan un acto. Y no salen de una tarima. ¿A qué hora trabajan y en cuál de todos sus trabajos? ¿Cuántas oficinas, secretarias y celulares tienen? ¿Cómo deciden con qué tarjeta pagar y a cuál partida pasar sus gastos de representación? ¿Cuándo leen los artículos de Luis Britto García? ¿Acaso tienen tiempo para mirar su reloj?

No le dan chance a nadie. Hacer una historia pequeña de la alta nómina gubernamental podría darnos también otra versión de esta autoproclamada “revolución”. Mucho socialismo del siglo XXI, pero a la hora de socializar el poder se aferran a sus espacios, como propietarios salvajes que no están dispuestos a compartir ni siquiera la información. Son un moderno homenaje a Engels. Se han convertido en una nueva clase dominante cuya violencia más eficaz es el Estado. Ni siquiera entre ellos el socialismo es un verbo.

“¡No Volverán!” es una expresión cada vez más frágil. Quizás también comienza a expresar un cambio de identidad. El chavismo sin Chávez busca impacientemente mantener un enemigo gigante y muy poderoso. La ausencia del líder no se llena sólo con adjetivos desproporcionados y con la invención de una nueva religiosidad popular. Por eso necesitan mantener la amenaza horrible del enemigo. Chávez era una definición viva, en movimiento, que invadía apabullantemente la experiencia pública. Al no tener esa presencia, ahora su mayor definición es el adversario. Satanizar a los otros se ha convertido en su plan de gobierno. Ya no saben qué decir. Más que delirante, ya es ridículo. Para el Gobierno hay, por lo menos, más de seis millones y medio de venezolanos que son de derecha, racistas, inmorales, saboteadores, burgueses, apátridas, majunches, maricones y que, además, están siempre pensando en abandonar la democracia, lanzarse a una salida violenta y pedirles a los gringos que nos invadan. Ese es el principal mensaje de su campaña. Están como hace años estaba la oposición. Tienen más histeria que ideología.

Pero las estadísticas de todos los procesos electorales que hemos vivido desde 2006 hasta hoy siguen una misma tendencia. El chavismo ha ido siempre de más a menos. No logra sumar. Ni con todo el ventajismo ni con todo el dinero. Ni con su propio carisma ni con los errores del adversario. La tendencia dice que, en porcentajes, cada vez es mayor el grupo de venezolanos que quiere un cambio. Cuando el poder insiste en suprimir el sentido de la alternancia, se equivoca, no está leyendo la realidad. El grito de: “¡No volverán!”, que antes designaba a unos poderosos que pretendían eternizarse en el poder y no perder jamás sus privilegios, ahora suena distinto, necesita aclaratorias. ¿De quién hablas? ¿A quién te refieres? ¿A los Salas de Carabobo, por ejemplo? ¿O a los Chávez de Barinas?