• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Antonio López Ortega

Las voces

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hemos dejado pasar más de tres lustros para percatarnos de que nuestro gran logro ha sido la ruina del país. Ahora que se comienzan a escuchar algunas voces críticas, nos preguntamos por la arrogante mudez de todos estos años. ¿Tuvimos que llegar a las últimas consecuencias para darnos cuenta de los errores del principio? ¿Tuvimos que llegar a un estado de hambruna para percatarnos de que nada hemos producido? El anuncio de la “patria soberana” fue una estafa sostenida por la chequera petrolera. Si algún modelo hemos seguido, más por carambola que por diseño, es el del hiperrentismo, sumado a la destrucción del aparato productivo, que veía al empresariado como un enemigo político. ¿Nos debe asombrar que las empresas confiscadas estén paralizadas, que las multinacionales se hayan ido, que nadie invierta, que los capitales no lleguen? ¿Nos debe sorprender que el Estado solo tenga deudas y acreedores? El rey que solo hablaba de futuro en verdad era un mendigo con dinero prestado, con vestimentas alquiladas para la ocasión de un festín con término calamitoso. Se derrumba ese aparato propagandístico que quiso hacer de la mentira su emblema: ahora la realidad que se desnuda se asoma rabiosa, estafada, indispuesta. Después de los cantos de sirena la ruindad lo va ocupando todo como un cáncer letal, sin que nadie se percate del inmenso daño, moral y físico, que se ha infligido a una sociedad esperanzada.

Las voces que ahora alertan o sugieren rectificar lo menos que provoca son risas. Porque en el trasfondo hay una pregunta que nadie responde: ¿quién se responsabiliza por los desmanes, por los errores, por los disparates, de todos estos años? ¿O es que el oficio de servidor público se puede ejercer sin un alto sentido de responsabilidad? ¿Quién paga por las muertes asociadas a la represión, por las pérdidas de familiares a manos de la delincuencia, por los hijos que se han ido para no volver, por los tiroteos que ciegan la vida de los barrios, por todas las adolescentes que se embarazan, por el hambre que se acuña en los rincones más remotos del país? Las voces deberían mostrar al menos gravedad, sentido del perdón, dosis de arrepentimiento, pues lo que ha estado en juego, lo que se ha provocado, no es poca cosa. Se trata, ni más ni menos, del peor desfalco que se le haya hecho al país desde su reinstauración democrática en 1958.

Quienes ahora sugieren rectificar después de acumular sin chistar una abrumadora carga de errores no serán capaces de nada. Pues ya ni siquiera se puede hablar de parcialidades para enrumbar el país. El esfuerzo debe ser colectivo, de todas las partes, y sobre un programa de consensos. La visión política del momento exige apertura, altura, negociación, acuerdos entre verdaderos estadistas. Ya hemos tenido muchas guerras fratricidas, muchos insultos de lado y lado, para seguir repitiendo un guión agotado.

Las voces de este momento deberían ser otras. No las que se han cansado de mentirnos, con toda la desfachatez del caso, sino las que han estado olvidadas, oprimidas, aplazadas, invalidadas. Las voces que de verdad quieren sumar y aspiran a un proyecto de país que no sea una maraña de intereses. Las voces de los estudiantes, de la academia, de las asociaciones civiles, de las organizaciones no gubernamentales, de los gremios profesionales, de las comunidades organizadas, de los escritores y artistas. Voces que no mienten, que no roban, que no sobornan, que no reprimen. Voces que quieren postular un proyecto de país que no esté asociado a ideas muertas, a modelos fracasados, sino a los grandes dilemas del presente que ya es futuro. El salto histórico que debemos dar no tiene nada que ver con hombres fuertes, con mesías, con militares deshonrosos, con conucos o gallineros verticales. No es hacia el siglo XIX que debemos volvernos cuando ya transitamos por el XXI. La verdadera revolución es de orden mental, espiritual, social, pero también realista, pragmática, pues los desafíos no son pocos. La polis merece otra política: una política que responda a los verdaderos intereses colectivos, una política que vele por la libertad, la igualdad y la prosperidad. No a otra cosa aspira la verdadera soberanía.