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Carlos Paolillo

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Danza

Traspasos


Difícil resulta imaginarse los intrincados itinerarios artísticos realizados por Anna Pavlova y su compañía de ballet por Asia y América Latina a principios del siglo XX. Hoy en día las producciones de danza de gran formato circulan cada vez con mayor fluidez por los medios tecnológicos, debido a las complejidades crecientes de viajar por el mundo. Asuntos de costos y de logística dificultan las giras internacionales e intercontinentales de afamadas agrupaciones. Las consecuencias son un limitado tránsito del arte escénico por el mundo y su escasa posibilidad de contacto directo con públicos desconocidos.

Venezuela representa un hecho palpable de lo señalado. El país fue desde los pasados años setenta y durante por lo menos tres décadas una fulgurante plaza para la danza internacional. El dinamismo que presentaba y el torbellino de estilos, corrientes y tendencias estéticas que producía, junto con la presencia de figuras artísticas fundamentales, se opone bruscamente a la sequía de los tiempos actuales. Haber podido presenciar el desempeño estelar de Nureyev, Alonso, Baryshnikov, Béjart, Petit, Cunningham, Limón, Nikolais, Bausch y Bocca, entre tantos otros nombres, no constituye una ficción sino una contundente certeza que caracterizó otros tiempos.

La masificación de la tecnología audiovisual ha contribuido a solventar el referido distanciamiento a nivel mundial, al permitir un fácil y  rápido acceso a celebrados conjuntos de danza escénica por parte de una amplia mayoría de espectadores anónimos. Claro está que todo ocurre en medio de una realidad insalvable: la imposibilidad de cumplir con el ritual inherente a todo acto de representación, cuya acción en vivo requiere de una audiencia presente y activa como factor imprescindible para la configuración final de cualquier obra. Una nueva generación de públicos virtuales ha surgido como resultado de la presencia instantánea de la danza en la red. Los impulsos de las audiencias conmovidas, así como de los emocionales entendidos en la materia, contrastan con la reacción introvertida y su respuesta condicionada por un lenguaje electrónico determinante.

Otras iniciativas han venido surgiendo a fin de allanar la distancia entre los extremos que representan el creador y el público, tratando de obtener el mayor provecho que las nuevas tecnologías ofrecen, sin afectar la esencialidad del acto ceremonial escénico. Un ejemplo reciente de una práctica iniciada hace algunos años lo constituyó la escenificación en diciembre de El cascanueces, producción de Peter Wright, en el Covent Garden de Londres y retransmitido simultáneamente en 1.700 salas de cine europeas. La propuesta de Wright, veterano de la puesta en escena teatral y televisiva, fue seguida en todos sus detalles por 6 cámaras, hecho que también implicó un reto adicional para los intérpretes, ya que cada gesto expresivo de sus protagonistas y cada acción grupal debió también adaptarse al específico lenguaje audiovisual. El Reino Unido y Francia son los países en los que mayor receptividad ha tenido el proyecto, seguidos muy de cerca por España.

La experiencia también se ha reproducido en el ámbito del teatro y la ópera, en la cual Suramérica se ha hecho partícipe a través de la gestión realizada en ese sentido por el Teatro Solís de Montevideo. ¿En Venezuela habrá algún teatro o circuito cinematográfico que se entusiasme a replicar esta idea?