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Plinio Apuleyo Mendoza

Yo viví ese embeleco

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Fue una página que no me dejó en paz. Me refiero a la que Enrique Santos Calderón publicó en El Tiempo de Colombia sobre el libro de Jaime Arenas La guerrilla por dentro. Me revolvió tantos recuerdos de mis tiempos de juventud que salí a buscar el libro. No fue fácil, pero al fin lo encontré. Y lo leí esa misma noche, claro.

Conocí a Jaime Arenas en Bucaramanga. Brillante líder estudiantil, alto, apuesto, dueño de una sorprendente cultura política, era un excelente orador, capaz de arrebatar ovaciones cuando ocupaba una tribuna. Como también debió ocurrirle a Luis Carlos Galán, sus amigos le augurábamos un deslumbrante porvenir.

Debo decir que compartíamos ambos un embeleco en el que buena parte de nuestra generación había caído entonces: el sueño revolucionario. Provenía del ejemplo dado por la Revolución Cubana a tiempo que nos encontrábamos en el inicio del Frente Nacional, que repartía el poder por mitad entre nuestros dos viejos partidos, cerrándole la puerta a cualquier alternativa distinta.

Las juventudes del MRL, organización de la cual yo era uno de sus dirigentes, apoyábamos la osada e inconstitucional candidatura de López Michelsen en 1962, pero nos atrevíamos a considerar que si su triunfo no era reconocido, solo cabía la alternativa de la lucha armada. En este sentido, nosotros en aquel momento íbamos más lejos que la Juco. Lo que muy pocos saben es que nuestro compañero Luis Villar Borda consiguió con Fidel Castro que en Cuba fueran adiestrados 25 militantes nuestros. Entre ellos figuraba nadie menos que Fabio Vásquez Castaño, hermano de Manuel Vásquez, nuestro compañero en la dirección de las Juventudes. Pues bien: cuando regresó a Colombia, por su propia cuenta y a espaldas nuestras, Fabio Vásquez decidió irse a las montañas de Santander para fundar las guerrillas del ELN.

La fuerza que cobró este grupo armado, tras sus primeras acciones, acabó por llevar a sus filas a Camilo Torres. No pocos de quienes lo acompañaron en su movimiento político bautizado Frente Unido acabaron siguiendo el mismo camino. Entre ellos, Jaime Arenas y otro cercano amigo mío, Julio César Cortés, joven dirigente universitario cuyas dotes de escritor le habían permitido ganar un concurso nacional de cuento. A los dos los vi poco antes de que se fueran al monte, siguiendo los pasos de Camilo.

El horror que les costaría la vida lo cuenta muy bien el libro de Arenas. Fabio Vásquez estaba rodeado de privilegios y no admitía rivales de mando. Sin duda, celoso del prestigio alcanzado por Camilo en el país, lo remitió a su primer combate sin preparación alguna, armado solo de una pistola y lesionado en una rodilla. “Aquí el fusil –le dijo– solo se obtiene en el combate cuando se logra una baja del enemigo”. Así fue como Camilo encontró la muerte. Cuando Julio César Cortés, incapaz de moverse en el monte, le habló de devolverse a un frente urbano, lo hizo juzgar como desertor y, parándolo en frente de un árbol, lo fusiló. Lo mismo hizo con Víctor Medina Morón, con Heliodoro Ochoa, Carlos Niño, Bernardo Manrique y otros jóvenes del mismo perfil intelectual detestado por Vásquez.

Sabiendo que tal suerte iba a correr, Arenas logró fugarse del campamento. Perseguido en el monte por un guerrillero, tuvo al fin la protección de una maestra de escuela que lo albergó y le facilitó su viaje a Bogotá. “Camilo y yo fuimos defraudados”, declaró ante la prensa. Para explicar esta aseveración, escribió su libro y luego, protegido por Luis Carlos Galán, se disponía a viajar a París cuando fue asesinado en una calle del centro de Bogotá con siete tiros en la espalda. Después de este horror, se desvaneció para mí y por siempre el embeleco que había vivido. Por cierto, años después, también el ELN quiso matarme con un libro bomba enviado a mi casa.