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Rodolfo Izaguirre

La viuda alegre

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Para Tulio Hernández

En los años ochenta, Caracas vivía una plenitud de teatro y danza y un oleaje de modernidad que sucumbió veinte años más tarde bajo los desaciertos de una política cultural oficial que la erosionó brutalmente. Íbamos entonces al Municipal y al Nacional y nos estrenábamos en la majestuosidad arquitectónica del Teresa Carreño. Nos abastecíamos de revistas como L’Architecture d’aujourd’hui, Dance Magazine, Cahiers du Cinema... Florecía el dólar y nos manteníamos informados sobre lo que ocurría en el mundo exterior, y los kioscos en Sabana Grande mostraban los periódicos de París, Londres o Madrid. Existía el Nuevo Grupo. Veíamos las películas de Wajda y Kurosawa en la Cinemateca. Éramos mas jóvenes y Elías Pérez Borjas nos acompañaba a Belén y a mí a los espectáculos y absorbíamos las intuiciones de su sensibilidad escénica antes de que se convirtiera en el legendario director que fue del Teresa Carreño. Vivíamos bajo el sol de una vida cultural moderna lanzada hacia el futuro de las tecnologías que se estaban adueñando del mundo.

Pero como si buscáramos acariciar el pasado; como si intentáramos un experimento que nadie nos exigía, decidimos Elías, Belén y yo revivir en el Teatro Nacional el montaje de La viuda alegre, la opereta vienesa de Franz Lehár y reanudar entre valses y canciones aquellos viejos enredos entre un conde, una rica heredera y las manipulaciones de todos para que la fortuna de la viuda no abandonara el imaginario país de Pontevedro.

Entramos en el teatro, admiramos su bella arquitectura afrancesada restaurada por enésima vez desde que fue construido en 1905 en tiempos de Cipriano Castro, justamente, el mismo año en el que La viuda alegre se estrenaba en Viena y nos dispusimos con buen ánimo a recordar los couplets de la afamada opereta.

A medida que ella se desarrollaba, todo parecía devolverse, dar marcha atrás: ¡un escurrir de arena entre los dedos! y el aire de la Caracas de otro tiempo y la antigua neblina que envolvió alguna vez la parroquia de La Pastora, parecieron invadir el escenario y un desconsolado aliento, la profunda respiración de un nostálgico y crepuscular pasado irremisiblemente perdido comenzó a recorrer los palcos y la platea estremeciendo a los cantantes y figurantes de la opereta, pero desempolvando al mismo tiempo los compases de los valses que los espectadores, abrumados igualmente por aquel tiempo ido, cantaban siguiendo la letra anotada en un telón colgado en lo alto del escenario. Pero sus voces no lograban alcanzar ninguna alegría; más bien resultaba penoso y entristecedor escucharlas porque eran los ecos o resonancias de un género teatral musical detenido en una gloria ya extraviada que, a su vez, removía y despertaba bajo la felpa de las butacas y las alfombras otras voces igualmente perdidas y músicas y cantos que allí quedaron atrapados en la propia memoria del teatro. Belén, Pérez Borjas y yo no pudimos soportar la congoja que se apoderó de nosotros y nos salimos.

Conocíamos a la gente de la tramoya y fue uno de estos amigos quien nos dijo atribulado y casi en lágrimas que en ese preciso momento un tribunal no sólo procedía al embargo de la compañía de zarzuelas y operetas sino que estaba obligando a Hanna Clawari, la viuda; al conde Danilo Danilowitsch, al barón Mirko Zeta y a los habitués del Maxim’s a cantar con forzada y patética alegría que las mujeres por siempre serán de los hombres loco afán a sabiendas de lo que estaba ocurriendo entre bastidores; conscientes del inevitable derrumbe de una afligida viuda alegre que se encontró de pronto en una ciudad arrastrada por una modernidad que había dejado atrás la pesadumbre de su propia nostalgia.