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Armando Durán

La violencia

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En la primera página de su edición del sábado, el diario oficial Vea afirmaba en un titular: “Se revela plan de insurrección que se ejecuta en Venezuela.” Otro diario oficialista, Últimas Noticias, con idéntica falta de sensibilidad por la verdad pero con algo más de presunto criterio periodístico, añadía que el ministro Miguel Rodríguez Torres había develado en rueda de prensa ofrecida la tarde del viernes, que hay una conspiración internacional en marcha contra Venezuela para impedir la propagación del ideario chavista en el resto del continente y apoderarse de nuestra riqueza petrolera, que los ex presidentes Vicente Fox y Álvaro Uribe son los padrinos del plan, que el gobierno ya ha apresado a 58 extranjeros que participaban en el plan y que entre los financistas de la criminal acción estaban Henrique Salas Römer y Eligio Cedeño. ¿Sus dirigentes? Leopoldo López, María Corina Machado, Antonio Ledezma y Diego Arria. ¿Pruebas de semejante intriga internacional? Por favor, la verdad revelada de las religiones no necesita ser demostrada con documentos, confesiones ni fotografías que demuestren algo. Su naturaleza es la fe, o sea, esa virtud inasible que hace posible el milagro de creer en lo que no vemos para aceptar a pies juntillas los misterios más infranqueables del universo, esta conspiración, por ejemplo, sin que nos rechine la inteligencia.

Esta es, en dos palabras, la estructura esencial de cualquier régimen totalitario. Repetir cualquier mentira mil veces, como recomendaba Joseph Goebbels, con la finalidad de empastelar las mentes más débiles y fanáticas. A otra escala y con consecuencias más humildes, también esa es la trama de La mala hora, aquella gran novela breve de Gabriel García Márquez, y por supuesto, la tortuosa estrategia comunicacional del régimen, que como ya sabemos no se siente obligado a demostrar en absoluto ninguna de sus acusaciones. Basta que Nicolás Maduro o alguno de sus lugartenientes ponga cara de graves circunstancias, imposte la voz y sostenga cualquier disparate para que el aparato de propaganda del régimen, en nombre de la fe revolucionaria, se ocupe de la tarea demoledora de transformar el desatino en radiante realidad.

Exactamente lo que el ministro del Interior, Justicia y Paz acaba de hacer con el fantasma de la conspiración, el golpe y la participación extranjera en una operación diabólica por despojar a Venezuela de su soberanía y de su revolución salvadora, que es lo que desde hace 15 años se dice y redice sin parar desde Miraflores para describir el carácter manifiestamente violento de un sector de la población que por el simple hecho de oponerse al régimen es automáticamente calificado de golpista. Leit motif obsesivo de los voceros del régimen y, enigmáticamente, de algunos voceros que se supone son de oposición.

Desde esta irracional perspectiva, el argumento, que comenzó a desarrollarse para confundir la marcha del 11 de abril con lo que vino después, luego, tras ese sobresalto histórico y el llamado paro petrolero, pasó a ser política oficial de Miraflores: la naturaleza indiscutible de la oposición, mientras no “demuestre” lo contrario, rechaza la mano tendida del gobierno y prefiere la violencia. Como ha ocurrido estos días de protestas estudiantiles, y que de pronto estimulan a voces opositoras a repetir la denuncia oficial sobre la supuesta violencia opositora. ¿Para que no los confundan ni los señalen de radicales y golpistas? En vista de lo cual es preciso dejar bien en claro, más allá de cualquier duda, que ellos rechazan “la violencia, venga de donde venga”. Como si en efecto, la protesta democrática de los estudiantes fuera colectivamente tan violenta como las peores y sistemáticas acciones de violencia oficial para silenciar esa protesta, que desde el 12 de febrero han dejado por ahora un saldo de 41 muertos, centenares de heridos, torturados, golpeados, humillados, encarcelados. Como si las víctimas no fueran estudiantes indefensos y desarmados, sino fuerzas de un ejército enemigo, armadas hasta los dientes y resueltas en todo momento a aplicar sin la menor moderación el más atroz uso de sus armas.

Durante estas largas semanas de inestabilidad política y social en casi toda Venezuela, concentrado como he estado en la tarea de reconstruir mi rodilla violentada por una cirugía, esa sí radical, esta tesis, esgrimida con la tranquilidad con que se adornan las verdades más evidentes, se alza como una suerte de denuncia formulada por una oposición contra otra, por el simple hecho de seguir aceptando resignadamente y sin chistar la violencia oficial como un rutinario derecho administrativo.

Humildemente creo en la necesidad de diferenciar estos matices, que los hay y además no son imperceptibles en absoluto. Evitar a toda costa ­ alimentar con nuestra simplicidad esa retorcida matriz de opinión que viene elaborando el régimen desde sus orígenes y distinguir con claridad, sin medias tintas ni pendejadas, como solía decir Hugo Chávez, la conducta abierta y descaradamente violenta de los órganos represivos del régimen de la firmeza espontanea con la que jóvenes y simples adolescentes venezolanos de ambos sexos están dispuestos a entregar hasta la vida, como han hecho hasta ahora, con la intención de restaurar en Venezuela la democracia y la libertad.