• Caracas (Venezuela)

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Carlos Delgado Flores

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Mañana, cuando alguna de las opciones de transición política en el país –la que intenta preservar el statu quo o la que pugna por sustituirlo– hayan triunfado, se habrá pasado de una a otra coyuntura, pero el problema que nos trajo aquí –una democracia a la cual le quedó holgado el hábito de la modernidad propia como proyecto nacional– seguirá en pie, pugnando, palpitando, buscando solución; la historia seguirá su curso subida en los hombros de las necesidades y las costumbres, las urgencias se nos volverán más urgentes y así andaremos, en el país que vamos siendo aquí y en muchas partes a la vez.

Por eso me inclino a pensar que quienes se aventuran a hundir, como avestruces, su cabeza en agujeros, por no poder asumir las posturas del presente, deberían estar trabajando para el futuro, inventándolo más que prescribiéndolo. Suena irresponsable pero no lo es. Veamos.

Si el proyecto modernizador tiene en la diáspora venezolana su crisis final, la preservación del statu quo no significa el relanzamiento de la modernización. Y por otra parte, la sustitución del statu quo no plantea otra premisa que la sustitución de la hegemonía de la burocracia actual, con lo cual, igual se suscribe el proyecto anterior, aun a sabiendas de su agotamiento. Ambos proyectos de transición son hegemónicos, cada uno a su manera, ninguno se plantea la construcción de un consenso social que permita generar un horizonte de país compartido, por ende, la democracia que asumen es, por decirlo con algún término, instrumental.

La holgura del traje de la democracia, la modernización, requería una sociedad democrática, que no pudo serlo más por lo que podríamos describir como una suerte de apartheid cultural construido con la doble exclusión ordenada por la (persistente) ciudad letrada a lo largo del siglo XX: ni educación ni empleo, sino abundante inflación y suficiente dependencia capaz de mantener viva la expectativa de la renta. Ni la preservación ni la sustitución del statu quo se plantean cerrar esta brecha, cuando mucho impedir que el lumpen que la burocracia armó, siga haciendo el tumulto que emula los comités de salud pública, con o sin un Thermidor.

Quienes quieran pensar en un después para esta república, pueden pasearse por la idea de que el déficit democrático solo se resuelve con democracia, para lo cual hay que construir una que vaya más allá de lo instrumental. Podría pensarse en una democracia deliberativa, que si bien es participativa, lo que la distingue es la capacidad de discutir y ponerse de acuerdo –deliberar– para programar decisiones (elecciones) y acciones (políticas públicas, iniciativas, consensos). Se puede participar en una democracia y corporativizarla, se puede participar y privatizar el espacio público, son cosas que hemos visto, suficientemente; pero no se puede deliberar eficazmente si no se tiene un ethos ciudadano, si no se crea la empatía necesaria. Podríamos poner más condiciones y decir que no se es ciudadano realmente sino en una república, que no hay repúblicas verdaderas más que las democráticas y que la democracia tiene un abanico de definiciones que pueden ir desde la democracia delegativa hasta la democracia directa pasando, por supuesto, por la democracia liberal, ilustrada, burguesa, occidental, etc.

Mirando hacia atrás, debo decir que no recuerdo un consenso social: el Pacto de Puntofijo, fundacional de la democracia representativa, no lo era, ni siquiera la Declaración de Independencia de 1811. Puede ser que hubiera consensos sociales no tan amplios, cooptados por las organizaciones políticas, en el pasado, incluso podría decirse que hubo un consenso institucional ampliado en torno a la descentralización como parte de la reforma del Estado, pero eso no es propiamente un consenso social. En mi opinión, un consenso social es una agregación de voluntades en torno a una idea-fuerza, capaz de impulsar a los individuos a organizarse y a modular todas las instancias, para la concreción de esta idea: el fin del Apartheid surafricano, la igualación de derechos civiles y políticos para las minorías raciales en Estados Unidos, la Revolución de Terciopelo o la Primavera Árabe, parecen ser ejemplos de lo que digo. Y es que no todas las revoluciones pueden ser impuestas por vanguardias esclarecidas, apelando al determinismo histórico, como en la Rusia de octubre de 1917 o en la Cuba de 1959: también las hay que nacen del consenso.

He venido pensando que en la formulación del proyecto nacional, estos años, de 1999 a la fecha, constituyen una inflexión, una prueba ácida para las instituciones de lo que Carrera Damas llama república liberal democrática (1958-1998), pero haciendo buena su teoría, yo sostengo que la fase siguiente de la construcción de la modernidad propia en Venezuela es la democratización de la sociedad civil. 

Y en el después al que aludo, ¿cómo podríamos avanzar en esta democratización? Podríamos producir comunicaciones públicas centradas más en las prácticas deliberativas, dialógicas que en los discursos, más en el proceso de construcción de significados compartidos que en el acontecimiento, más en el proyecto enrumbado al futuro que en el presente que consagra un destino. Abandonar la retórica que aspira un interlocutor universal y construir un léxico común, que posibilite el sentido común.

Por otra parte, para democratizar la sociedad civil venezolana por la vía de la democracia deliberativa, es bueno aprender de las “revoluciones autorreguladas”, y combinar partidos y movimientos. Las experiencias marcadoras de Solidaridad en Polonia, el ascenso del Partido Verde alemán, entre otras, son ilustrativas de la capacidad de transformación política de la combinación de organizaciones del sistema político con organizaciones de la sociedad civil, nucleadas en torno a proyectos con fuerte contenido ideológico. Mucho de esto se puede hacer a título institucional, mucho también se puede hacer en redes de sujetos empoderados, autónomos, para organizar una democracia que en el decir de Roberto Mangabeira Unger acorte la distancia entre ciudadanos y profetas, así como la que hay entre aficionados y ciudadanos, pues: “La política democrática no es solo una práctica entre muchas: es la contraparte, en la vida política, de la cooperación en pos de la innovación. Se convierte en la actividad que revela de una manera más plena y que destaca la manera más efectiva nuestro poder de comprometernos y de trascender, de un modo simultáneo, negándole al orden establecido la última palabra y reservándola para nosotros”.

¿Podemos construir un consenso social de cara a lo que viene? Quiero creer que sí. Me gustaría apostar por ello, aquí y ahora, con la cabeza fuera del agujero.