• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

La victoria del Grana Padano

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Algunas imágenes surgen desde los laberintos de la metáfora cotidiana. El evento comenzó un martes antes de las elecciones cuando el curador Vasco Szinetar me llamó por teléfono para comentarme que en una distribuidora de Quinta Crespo había una oferta regulada de Grana Padano, uno de los mejores quesos curados de la gastronomía italiana. Tras ese pedacito de 200 gramos corrimos un grupo aquel mediodía, esperanzados por un poco de gusto histórico en una ciudad llena de vacíos y desalientos.

No fue sencillo. La llegada nos desvió del acontecimiento pues el almacén estaba cerrado hasta las 2:00 pm. ¿Qué hacer? Recorrimos algunas calles hasta que decidimos almorzar en los chinos de la Baralt. En la esquina apareció un puesto frente a una tienda de santería y artículos religiosos. Mientras estacionaba divisé una imponente figura de Santa Bárbara. ¿Aquí no remolcan?, pregunté. Para nada, contestaron en coro mis compañeras de viaje. Nos bajamos.

Luego de la comida retomamos el objetivo. No obstante, en lugar del auto lo que encontré fue la mirada de Santa Bárbara sobre la acera vacía, observando con piedad la fragilidad de una tiza que trazó una palabra casi ilegible: Tenería… ¿Tejerías? ¿Se llevaron el carro para Tejerías?, comentó una de mis asociadas. No señora, respondió la dueña de la tienda, es Tenería, un estacionamiento que queda en San Agustín. Fiel a lo que vendía se convirtió en santa y llamó a su hijo para que nos hiciera la carrera: Ustedes no pueden ir solas para allá…

Llegamos. En la entrada me detuvo Honorio. Vaya para esa casilla y saque la copia de sus documentos. Una joven de 12 años me atendió por una ventanita. Son 30 bolos. Ahora espere que la llamen. La voz de La Gata (la oficial a cargo) salía de la oficina por entre el calor y la angustia, intentando poner orden en el descontrol extremo. Llegaban remolcados de todo tipo, familias con maletas, señores de negocios, motorizados, peluqueras, gente humilde.

Una vez concretada la multa La Gata me aclaró los pasos: primero tiene que hacer una transferencia y luego con la transferencia impresa cancela el monto de la grúa en caja. En aquel submundo todo estaba organizado, un cyber improvisado donde te prestaban el servicio junto a los afanosos que resolvían cada paso. Subimos, entramos, salimos, bajamos, volvimos a subir y volvimos a entrar. Finalmente llegué a La Gata con todo en las manos. Pase, me dijo a secas. Tras el uniforme unos grandes y ovalados ojos color verde miraban el papeleo. Todo estaba casi listo, cuando dos militares remolcados interrumpieron con el sobrado gesto de cómo es posible que me remolquen a mí y devuélveme ya mi carro.

La esencia felina de La Gata se exacerbó en todo su esplendor. Encumbró una impactante mirada y les dijo: ¡Se me callan la boca! Tengo en este libro más de 30 leyes que dicen que el carro estaba mal estacionado y atravesado. Y van a pagar su multa como todos los demás. ¡Y se salen! Porque además ¡esto es por orden y no es su turno! Si hubiera podido anexarle aplausos a esta escena lo hubiera hecho. Terminé de entregar mis papeles. Por un segundo logré ver los ojos de La Gata para expresarle en silencio mi admiración. Creo que ningún multado se ha despedido de allí con tanto agradecimiento.

Ya en la cola del Grana Padano y con el cuerpo azuzado por la odisea seguía sintiendo una extraña sensación de alegría. Encontrarme en medio de aquel caos indescriptible con la ética de una mujer como esa me devolvía a mí misma y a todas las razones por las que creo en este país. Allí estaba la firmeza y la entrega, la pequeña victoria de una voluntad de justicia, la misma por la que hace poco los venezolanos cambiamos el curso de nuestro destino. Ahora, conviene atrapar la imagen, aferrarse a su equidad para no olvidar las razones de ese giro y el verdadero compromiso que todos tenemos con esta nueva etapa de la vida política de Venezuela.