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Beatriz de Majo

Esos viajeros de China

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Si los números chinos sorprenden por lo abultados en todos los terrenos, un examen del comportamiento del turismo externo que ese país genera nos dejará sin habla. Una cantidad de chinos del mismo tamaño de toda la población de Reino Unido o de Francia o más que la población completa de Italia armó sus maletas el año pasado para aventurarse en un viaje de turismo fuera de sus fronteras.

Se dice rápido que más de 60 millones de chinos viajaron al exterior cada año en los tiempos recientes y que la tendencia es creciente partiendo del hecho de que cada uno de ellos en el futuro cercano, hará 1,5 viajes anuales.

Hasta allí ello solo debería generar un astuto comportamiento de parte de los países que hacen de su oferta turística un importante contribuyente a las finanzas nacionales. Solo que al decidirse a promover la atracción de turistas chinos hay que pensarlo dos veces.

Es cierto que por nacionalidad los turistas provenientes del gigante asiático se encuentran entre los que más gastan en los países de destino y eso solo justificaría un esfuerzo de captación de su interés. Solo que el comportamiento de la mayoría de ellos fuera de sus fronteras, no solo deja que desear sino que puede constituirse en un factor de distorsión.

No solo los chinos viajeros son ruidosos y e incultos al viajar. Es notorio que el comportamiento que exhiben estos turistas puede provocar rechazo entre aquellos que deben lidiar con ellos por su flagrante irrespeto a las culturas de los países que visitan. Escupen en la calle, se trepan en los inodoros dejando en ellos las huellas de sus zapatos, no observan el orden de las colas, abren los paquetes de lo que compran antes de haberlo pagado, son visiblemente groseros y agresivos cuando alguien los corrige, y así sucesivamente.

En China se preocupan tanto de la mala visibilidad que su país ofrece a través de sus turistas en el extranjero, que antes de viajar, estos reciben indicaciones y consejos escritos sobre los comportamientos y normas de etiqueta para ser observadas fuera de las fronteras. Ello no sirve de mucho. Son impuntuales, roban material hotelero, resultan gritones con los empleados de los servicios turísticos, fuman a sus anchas donde no se debe, molestan a las mascotas ajenas.

Un esfuerzo grande debe ser hecho para extraer de estos visitantes el mejor provecho económico, al tiempo que sus líderes en Beijing implementan un plan que atempere sus costumbres y no provoque rechazos importantes en los lugares de destino.

El hecho de que estos gasten en compras más del doble de sus pares americanos no les genera muchas simpatías ya que es evidente su actitud irrespetuosa hacia la sociedad que los recibe. En este momento, los turistas chinos dejan anualmente en los mercados externos, a través de sus compras, una suma cercana a los 215.000 millones de dólares que se espera que crezca hasta 440.000 millones para fin de la década.

Al margen de los elementos económicos involucrados, China, en sus altas esferas, evidencia un sostenido interés unido a un descomunal esfuerzo para abrirse hacia el exterior. Esta es una calle de doble vía. Hay que poder captar la atención de los extranjeros en la pujante China y, a la vez, evitar que sus nacionales dejen un mal sabor en los sitios a donde se dirigen a vacacionar.