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Mirla Alcibíades

Nuestras viajeras: Belén López (I)

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Desde hace algunos años, uno de los temas de interés que ha renovado la atención de investigadores es el referido al viajero. El uso del singular es una convención porque, en realidad, se trata de sujetos múltiples. Esa multiciplicidad está dada tanto por la procedencia social de esos sujetos como por las razones del viaje. Con esto último quiero significar que, por inercia, se tiende a creer que todo aquel que se trasladaba de un lugar a otro lo hacía por placer cuando, en la práctica, las razones eran variadas. Bien visto, la idea de la lejanía del hogar por disfrute se incorpora muy avanzado el siglo XIX.

En Venezuela, el lapso histórico a abarcar ha tomado en cuenta desde los primeros momentos de desplazamientos marítimos (los llamados viajes de exploración) hasta el siglo XIX. He dicho que las razones que daban motivo a esos largos recorridos son múltiples, por lo que, amén de los viajes de exploración, enumeraré otras.

Al amparo de lo dicho, sumo el traslado por razones de estudio, como el que hizo Bolívar a Europa siendo apenas un adolescente. Otras veces el recorrido estaba determinado por imperativos políticos, cuando el expatriado buscaba refugio en otros suelos (el caso de Miranda ilustra este punto). No eran menos las circunstancias dadas por causas laborales (por ejemplo, la corona española acostumbraba rotar sus funcionarios en América). Adicionemos los motivos familiares que siempre fueron estímulo para buscar lejanías en la ambición de propiciar deseados encuentros. Debe tomarse en cuenta, desde luego, el periplo que se emprende porque la persona es forzada a hacerlo, en este caso pienso en el traslado de los esclavos.

Otro aspecto a considerar en este campo observa que, la mayoría de los estudios al respecto, ha centrado la mirada en el sujeto masculino. Pero, en fecha más reciente ha ganado la atención la figura de la viajera. En la medida que se va profundizando en esta indagación, va quedando en claro la presencia de mujeres que, muchas veces obligadas, otras por compromiso adquirido, otras por razones políticas (durante la guerra de Independencia, por ejemplo), dejaron sus lares nativos para pisar otras tierras. Todavía se puede decir más de las viajeras. La mayoría de las veces, como ocurrió con los hombres, el recorrido no ha sido emprendido por placer.

Es así cómo en nuestro país se ha estudiado poco el viaje de nuestras mujeres. De hecho, no ha faltado quien diga que las venezolanas del pasado no tenían por hábito dejar el suelo nativo. Es distinto en el presente, como sabemos, pero en tiempos anteriores al siglo XX no se tiene noticias de nuestras antepasadas en trance de recorrer otras geografías.

Puedo sostener desde este momento con absoluta rotundidad que las venezolanas viajaron. Siendo así lo que sostengo, una pregunta surge de inmediato. ¿Por qué se sabe poco de esos viajes? La respuesta que tengo para mí por convincente puedo decirla en pocas palabras: porque no escribieron sobre su recorrido. Y es que hay una asociación que se ha consolidado en forma mecánica. Esa asociación la podemos formular de la siguiente manera: se tiene constatación del viajero o la viajera porque esa persona ha escrito sobre su viaje. Si no hay escritura es como si no se hubiera efectuado el traslado terrestre, fluvial o marítimo.

Al apreciar el fenómeno desde esta perspectiva, llegaremos a concluir (en correspondencia con lo que habitualmente se piensa al respecto) que ninguna abandonó su terruño natal. Sin embargo, si escudriñamos en nuestra memoria histórica evidenciaremos que no fue así, que viajaron pero no lo sabemos porque no hay registro manifiesto del hecho.

Sobre este particular, pensemos por un momento en los recorridos de las mujeres originarias del continente de un punto a otro muy alejado entre sí, recorridos que hacían con frecuencia mucho antes de la invasión española y, desde luego, después. Sumemos las miles de esclavas forzadas a cruzar el océano. Consideremos las españolas que vinieron a América a reunirse con algún miembro de su familia en tiempos de conquista y, después, de colonia, o las que iban de un punto a otro del continente. No olvidemos las mujeres originarias de América que, como damas de compañía, llegaban a España (para, algunas de ellas, verse vendidas como esclavas). En el siglo XIX el oleaje de viajeras se incrementa, sólo adicionemos las tantas que llegaron a este país en el flujo inmigratorio.

También sabemos de muchas venezolanas que, durante ese siglo, cruzaron los diferentes mares. Como muestra podemos pensar en una famosa que traté en esta columna semanas atrás: Teresa Carreño (y su madre, desde luego). Pero ellas, como quienes las precedieron en recorridos, no dejaron relación escrita de sus traslados.

Entonces, sabemos que tuvimos viajeras (que llegaban o que partían). Por esa razón, en mis esfuerzos actuales me he empeñado en irlas descubriendo. En esas búsquedas, he estado acumulando nombres. Son nombres que dejaron un sello por la vía menos explorada: el trabajo. Es decir, me interesan mujeres que, dentro o fuera del territorio nacional, recorrieron interminables caminos e insondables rutas fluviales y/o marítimas para ganar el sustento y el de su familia (aquí vuelvo a la hija de Manuel Antonio Carreño).

Puesto que no dejaron trazos en el papel, las busco por medio de sus trazos en el hacer. Para esta etapa de mis exploraciones, me valgo de fuentes hemerográficas. En esos pliegos, con mucha, frecuencia, veo aparecer nombres. Uno de ellos lo menciono el día de hoy. Se trata de Belén López.

Fue actriz. Con seguridad podemos especular que su formación se inició en alguna agrupación de aficionados, entre las muchas que se organizaban en todo el territorio nacional. En una de esas agrupaciones se fue modelando el talento de esta venezolana.

Lo cierto es que, cuando un promotor teatral, identificado en la prensa como J. Ferrer, estuvo en Caracas vio su desempeño teatral y, de inmediato, la contrató para su compañía. Como profesional debió estar entre las mejores porque el debut se produjo en el papel de primera dama. La subida a las tablas se concretó el domingo 10 de abril de 1853.

Las noticias de prensa que me nutren para esta crónica, refieren que Belén López era "hermana del apreciable actor que el público conoce". Pero, desafortunadamente, no daban el nombre de este actor venezolano. La pieza que le asignaron para el estreno fue Batilde o La América del Norte, del celebrado escritor francés Eugène Scribe.

El periodista deseaba que la actriz caraqueña se contrajera al estudio demandado por la profesión que había elegido. De manera que esta venezolana se desempeñó en la década de los 50 y que, como era característico de estas compañías, recorrió variadas geografías nacionales y continentales en ejercicio laboral.