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Antonio Sánchez García

Las cuatro verdades

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Un dessein si funeste, s'il n'est digne d'Atrée, est digne de Thyeste. Las hallará usted en el Atrée de Crébillon.

“La carta robada”, Edgar Allan Poe


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El régimen no puede estar más satisfecho: ha medio resuelto la más grave encrucijada desde aquella que lo suspendiera por algunas horas el 11 de abril de 2002, con un truco de prestidigitación política “por ahora” suficiente: llamando en auxilio a la Unasur, que para eso la inventó Chávez, y cebando a sus viejos enemigos de la IV, con algunas horas de pantalla. Fue lo que la picaresca nacional bautizara como “el diálogo”, con un solo y urgente propósito de emergencia: evitar “la salida”.

Experto en marramucias del mismo jaez, el titiritero que mueve los hilos de esta tragicomedia volvió una vez más a servirse del calendario. Los jueves/viernes no sirven a las grandes efemérides políticas por ser jueves/viernes, sino por dar inicio al fin de semana. Todos los gobiernos de la politiquería nacional los han escogido para comunicar infaustas nuevas. En Venezuela todos los viernes son potencialmente negros, porque aparentemente los venezolanos no pensamos, no reflexionamos, no tomamos drásticas decisiones ni mucho menos cogemos sables y machetes para enfrentar a nuestros enemigos los fines de semana. Nuestro metabolismo político comienza los lunes por la tarde y se extingue los jueves por la noche. Ni pensarlo en vacaciones, cuando una fría, un 12 años bien campaneado al borde del Caribe y un hilo dental aplastan cualquier angustia de teología política. Salvo que se trate de la populosa escoria nacional, que escucha los tambores de la barbarie al son del aguardiente y el bonche a partir del atardecer de ese día “anteasueto”. Es el legado africano: salir a matar semejantes. Más aún si se trata de un fin de semana largo. Ya lo dijo Mister Peachum, el rey de los mendigos londinenses de Bertolt Brecht: primero a hartarse, luego, si alcanza el tiempo, a ocuparse de la moral. No se esperen, pues, horas de conmociones en fines de semanas o en tiempos de vacancias.

Que las aguas bajaban turbias hacia 2014 y algo de intensa gravedad comenzaba a anunciarse, lo comprobó quien quiera se ocupe de nuestros afanes políticos al vivir las más ausentes, vacuas, desprovistas, abstemias y tristes Navidades de nuestra modernidad. Por primera vez en su historia el jolgorio de hallacas –donde las hubo– y Blue Label se vistió de luto y atravesamos las primeras Navidades negras del régimen. Adobadas, como para que nadie se hiciera el desentendido, con el monstruoso asesinato de la familia Spear. Y la resaca del Dakazo, paladeado con sabor a venganza por quienes no pueden ni podrán saciar el odio parido que le tienen a los empresarios y a la empresa privada, así se reconozcan en las filas de la oposición dura.

Y que un cataclismo social se vivía en las profundidades de nuestra nacionalidad vino a ser confirmado cuando por primera vez en nuestra historia republicana los Carnavales pasaran sin pena ni gloria: las playas atiborradas de fantasmas, las arenas bordadas de cruces y crespones negros en honor a nuestros mártires. Una herida rasguñaba la superficie de la caribeña y pintarrajeada banalidad nacional y un mínimo de pudor coartaba los deseos de tumbarse al sol y rascarse la barriga. Así sonara a extravío, a locura pasajera, a traición a nuestros lares y penates: los venezolanos comenzamos a tomarnos en serio. Asombroso.


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Lo predijimos en atención a la experiencia histórica: como todo impulso verdaderamente revolucionario, la “revolución democrática de febrero” que contra todo pronóstico se ha extendido durante dos meses ininterrumpidos, espontáneamente, dando a luz una nueva generación, un nuevo liderazgo y abarcando todas las clases sociales y todo el territorio nacional hasta conmover al mundo, reproduciría el clásico movimiento de las mareas, con sus pleamares y sus bajamares. Se detendría a descansar para recuperar fuerzas, realizar sus balances, reconocer el territorio conquistado y afianzar los lazos con sus nuevos amigos y aliados. Y para medir en su exacta medida la malignidad, la tozudez, la estupidez y la porfía del enemigo y la capacidad de sometimiento y obsecuencia de quienes fungen de amigos. Que toda revolución enfrenta un enemigo externo y un enemigo interno. El primero, que ha usurpado el poder con todas las malas artes de que es capaz. El segundo, su necesario compañero de ruta, la vieja y ya periclitada ex clase política dominante, que hará cuanto esté a su alcance para impedir ser barrida de la historia. Como siempre: inútilmente.

El cansancio natural de tan descomunal esfuerzo por vencer al monstruo y la imperiosa necesidad de retomar oxígeno y prepararse para los futuros combates –que serán inevitables, pues este combate entre dictadura y democracia es a muerte– coincide, en primer lugar, con la única jugada que le era posible a los acosados: llamar a los matones que los respaldan, en el caso: los cancilleres de los gobiernos proto, filo o democastristas de la región –todos los presidentes de la Unasur fueron, son y serán leales al maestro de sus orígenes, al que admiraron, obedecieron y continuaron y a quien serán fieles hasta que expire el último suspiro, Fidel Castro–. Provoca, en segundo lugar, un necesario movimiento defensivo de los cohabitantes del poder bajo la dictadura –los viejos y nuevos partidos del establecimiento, particularmente AD, PJ y UNT– que prefieren agotar las posibilidades de la cohabitación, presenciar la muerte por inanición del socio inoportuno y heredar “el coroto” cuando no quede más remedio. Tienen una sola consigna, que les permite flotar, como el corcho, en aguas tormentosas: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Bajo su lema esperan volver a los tiempos de la cuarta: uno, en el papel del Alfaro Ucero redivivo; otro, en el del Caldera resucitado; el de más allá, en el de Jóvito Villalba rejuvenecido.

Todo lo cual es clásico de todos los procesos revolucionarios que en la historia han sido. Marx, en su extraordinario ensayo El 18 Brumario de Luis Bonaparte lo retrató con su clásico sarcasmo, su sangriento desprecio por la mediocridad burguesa y su inexpugnable pluma por los tiempos de los tiempos. Bautizando de paso la clásica salida espuria a procesos de crisis excepcionales: “el bonapartismo”.

 

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Si Venezuela tuviera más enjundia, más tradición, más clase, ya hubieran comenzado a aparecer los candidatos al bonapartismo a la venezolana. Alguien capaz de travestirse de tercero en discordia, con relaciones y lazos de lado y lado, conocedor de los laberintos del poder y capaz de jugar al Antonio Leocadio Guzmán de la circunstancia. José Vicente Rangel está como cortado a la medida para el papel: intrigante, falso, semialfabeto, semiculto e inescrupuloso como una cascabel. Otros, como Luis Miquilena, gastaron sus depósitos de pólvora. Y los que esperaron décadas por la oportunidad, como Uslar Pietri, están muertos. Alguno, fatigado, se dedicó a la docencia.

Es una salida que podría comenzar a tomar relevancia a medida del agravamiento de la crisis y la súbita erupción de la lava revolucionaria, que volverá a brotar con renovados bríos y mayor virulencia cuando nadie se lo espere. Cuando el recurso a los bomberos de Unasur y a los apagafuegos de la MUD sea extemporáneo e inútil. De pronto un político retirado, un empresario exitoso, una vaca sagrada salida de la academia, las finanzas, el periodismo, los negocios. Nada está escrito. Toda historia es inédita.

Visto en este amplio escenario de la crisis, pensándolo en el contexto de las fuerzas que mueven las grandes corrientes de la historia y teniendo en perspectiva un proyecto de país que vaya más allá de votar en 2050 por los reciclados candidatos de siempre, la trascendencia y el alcance del recientemente celebrado conversatorio entre tirios y troyanos son de resultados más bien pobres y desangelados.

Pasó en ellos como en el cuento de Edgar Allan Poe “La carta robada”. Las cuatro verdades estaban sobre la pretenciosa mesa compartida por moros y cristianos, pero ninguno de los visitantes quiso o acertó a encontrarlas. Muchísimo menos a decirlas en voz alta y poner en verdaderos aprietos a nuestro Ministro D…, el rufián en cuestión. La primera de ellas: denunciar la naturaleza del régimen, una dictadura. La segunda: manejada, esquilmada y mangoneada desde La Habana por los hermanos Castro. Ergo: una dictadura colonial. La tercera, la verdadera nacionalidad del impostor, que si no nació en Colombia no parece existir constancia de dónde lo haya hecho, salvo en Venezuela. La cuarta, que quien dio la orden de asesinar a más de cuarenta manifestantes, cometiendo un gravísimo y aberrante delito de lesa humanidad, se encontraba coronando la mesa de la traición. No se menciona la cuerda en casa del ahorcado.

Ninguna de las supuestas cuatro verdades que los compañeros de ruta les cantaran a los usurpadores alcanzan para indignar al Vaticano, a los secuaces de la Unasur y a satisfacer mártires, humillados y ofendidos de esta tragedia. Mejor se las hubieran callado. No les sirvieron de nada. Ya pacen el polvo, como las cucarachas, en el desván del olvido.

 @sangarccs