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Antonio Ecarri Angola

La verdadera rebelión popular

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Hace unos días escuchaba con asombro al alcalde del municipio Libertador, Jorge Rodríguez, afirmar que “Venezuela es el único país donde los que protestan son los ricos”. Además de lo desacertado e irreal de la afirmación, nos obliga a reflexionar sobre el actuar del gobierno y sobre la necesaria revisión de los hechos ocurridos en las últimas semanas en Venezuela.

Tanto el gobierno como algunos grupos de oposición parten de premisas equivocadas para analizar con seriedad la situación. Padecen de una profunda ignorancia sobre la realidad del país, no lo entienden, no lo comprenden. En principio ignoran que el país cambió, que luego de 14 años se han producido cambios en América Latina, y muy especialmente en Venezuela, desde el punto de vista social y económico. El venezolano de hoy es muy distinto al que fue seducido por Hugo Chávez en 1998.

Hay interrogantes de obligatoria formulación en esta nueva realidad histórica: ¿A quién pretende gobernar Nicolás Maduro en la segunda década del siglo XXI?  ¿A quién pretende seducir la oposición, a quién trata de convencer para constituir una nueva mayoría? Son preguntas claves y que ameritan una profunda reflexión. Ya aquel Juan Bimba a quien Betancourt y Andrés Eloy supieron identificar a partir de los años cuarenta no existe, incluso, su “nieto” Eudomar Santos –cuyo perfil fue descrito magistralmente por Ibsen Martínez en los años noventa y se identificó con Chávez– tampoco. Ahora, ¿quién es el venezolano de hoy? Confieso que ha sido el motivo de mis inquietudes de los últimos años, interesado en identificar y precisar el perfil del venezolano medio que requiere de atención prioritaria de parte del liderazgo nacional.

Comencemos por el entorno. Las innovaciones tecnológicas y científicas mundiales, la sustitución de la economía agrícola por la petrolera, fueron produciendo notables cambios. Durante el siglo XX abandonamos la sociedad rural que representaba Juan Bimba y la movilización social y económica del venezolano fue asombrosa. El desplazamiento del campo hacia la ciudad fue muy marcado y cargado de improvisaciones. A partir de 1958 la democracia civil –con sus importantes reformas– dio paso a una poderosa clase media, que tuvo oportunidad hasta de formarse en las mejores universidades del mundo, altamente consumista y disfrutó de épocas de bonanza que luego pagaría muy caro. El porcentaje de población rural bajó considerablemente, pero ese desplazamiento voraz hacia una urbe no preparada para recibirlos generó cinturones de marginalidad y de exclusión cuya desatención produjo un descontento feroz que se llevó en deslave al sistema surgido a partir de la caída de Marcos Pérez Jiménez.

Ahora bien, los cambios no se paran allí. La decadencia de la democracia civil, no solo produjo cambios políticos sino también económicos y sociales. La coincidencia de la llegada al poder de Hugo Chávez y del socialismo del siglo XXI, junto a los cambios sociales que se estaban dando en América Latina, incorporó modificaciones conductuales y sociales muy serias. Su rocambolesco modelo económico que hizo escaso el trabajo formal conocido, trajo consigo el surgimiento –no controlado ni premeditado– de una nueva y poderosa clase social. Este grupo es muy similar a lo que en sus tratados el profesor brasileño Roberto Mangabeira ha señalado como el surgimiento de una “segunda clase media” que es “mestiza, que viene de abajo, está compuesta por millones de personas que luchan para construir pequeños emprendimientos, son emergentes y batalladores”. Esa clase a la que trata de definir el profesor y exministro de Lula da Silva, en Venezuela es mucho más reveladora que en el resto del continente.

Surgidos con gran ímpetu, esta parte importante de la descendencia de Juan Bimba, hoy día son la mayoría más importante de Venezuela, son la segunda gran clase media: son los llamados emprendedores de Venezuela. Son independientes, no son estables, se resuelven con cualquier apertura, buscan vivir mejor y se esmeran por tener mejor educación. Pero, cuidado, no se trata de cualquier clase social, no son ningunos ricos, mucho menos fascistas, tratan de mantenerse y obtener lo mejor para sus familias a un gran costo.

Esta segunda clase media son los que padecen más de cerca los embates del hampa, los roban en el Metro, en la buseta o incluso en el jeep. Sacan de donde no tienen para obtener una póliza de seguro que les permita cubrir las contingencias elementales de su familia y se quitan el pan de la boca para pagarles a sus hijos un colegio privado que los forme mucho mejor para la vida. Aprovecharon el subsidio indirecto producto de la distorsión del control de cambio, pudieron viajar, pero a la vez jugaban con la cuota en dólares para evadir la inflación. Tienen graves problemas con la vivienda. Son, definitivamente, los mal queridos de la revolución bolivariana.

Esta clase es hoy víctima de Nicolás Maduro y en especial de Jorge Giordani. En el empeño de sembrar a los trancazos un modelo económico fracasado y lleno de improvisaciones, las medidas tomadas por los “hijos de Chávez” traen consigo distorsiones en las que sobreviven solo las grandes empresas que pueden soportar la inmensa carga burocrática o los monopolios de las ineficientes empresas estatales. La tiránica Ley de Precios Justos, la última reforma de la Ley del Trabajo, las distintas instancias cargadas de permisologías terminan por acabar con los emprendedores y se llevan consigo sus esperanzas y anhelos.

Aquí comienza la tragedia. Desde quien maneja su pequeña cooperativa de mototaxi en la avenida Baralt, la antigua bodega del barrio, el puesto en el mercado, la pequeña peluquería, todos sin excepción hoy se sienten maltratados y perseguidos en su iniciativa.

¡Qué equivocado está Jorge Rodríguez! En Venezuela no protestan los ricos, protesta la nueva clase social venezolana: los emprendedores. Con ellos, con ese espíritu, se puede lograr la revolución social más importante de los últimos tiempos. No se trata de insultarlos ni vejarlos, se trata de entenderlos y, más bien, apoyarlos.

Ahí están, señor presidente, ellos son los que protestan con sus mujeres y sus hijos, sus cacerolas retumban, se obstinaron, la inflación les devora sus ingresos, no tienen ningún beneficio ni protección. ¿Y usted pretende callarlos a punta de perdigones? ¿Militarizando una plaza se acaba el descontento? La liberación del descontento la tiene usted en sus manos: hay un nuevo país, nuevas clases socioeconómicas, llegaron otros tiempos. Su gobierno debe rectificar, si no los emprendedores lo harán por usted.

 

*Presidente de la Fundación Arturo Uslar Pietri.