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Eduardo Mayobre

¿Qué es la verdad?

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Según el evangelio de san Juan (18, 39), ante la afirmación de Jesucristo de que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad, Poncio Pilatos le dijo: "¿Y qué es la verdad?". Esta respuesta escéptica, por no decir cínica, ante asuntos en los cuales nos va en juego la vida se ha hecho legendaria. 

Hoy, cuando en Venezuela muchos ponen en duda cuál ha sido la verdad de la expresión popular manifestada en las elecciones presidenciales del pasado domingo, no nos queda más alternativa que enfrentar la pregunta, porque la respuesta determinará nuestro futuro. 

Dieciséis siglos después el gran filósofo y político inglés Francis Bacon sentenció: "La búsqueda de la verdad, que es el amarla o cortejarla; el conocimiento de la verdad, que es su presencia; y la creencia en la verdad, que es disfrutarla, es el bien soberano de la naturaleza humana". De manera más breve pudiera decirse que la verdad es aquello que genera confianza. 

En Venezuela nos encontramos actualmente, de modo dramático, en una situación en la cual lo afirmado por la autoridad electoral y por una mitad de la población no genera confianza en la otra mitad y en gran parte de la comunidad mundial. No se trata de un asunto académico.

Porque está en juego la paz entre los venezolanos, el progreso nacional y el respeto internacional por nuestra patria. 
Por ello no corresponde formular la pregunta jaquetona de Poncio Pilatos y, como él, lavarse las manos en señal de inocencia, más bien de indiferencia. 

La interrogante sobre qué es la verdad como manera de salir del paso a las dificultades habitualmente se hace partiendo del supuesto de que el interlocutor no sabe la respuesta, por lo cual debería callar o conceder. Tanto que Poncio Pilatos no espera a que Jesús conteste. Pero en el caso que nos ocupa, el resultado de las elecciones, la verdad se puede precisar. No se trata de un asunto metafísico o eterno, sino de un problema acotado fácil de resolver: contar los votos. 

Es cierto que los votos ya fueron contados por el CNE y sus máquinas electrónicas. Pero debido a una serie de antecedentes y a lo estrecho del resultado, los comunicados oficiales no generaron confianza en la misma medida en que lo hicieron en diciembre y octubre del año pasado. Por ello el liderazgo de la mitad de la población que votó por la opción opositora ha pedido el recuento de los sufragios y la indagación de algunos incidentes ocurridos el día de las elecciones. 

Ni siquiera ha pedido que se tomen en cuenta prácticas abusivas que saltan a la vista, como la utilización de los recursos del Estado para favorecer al candidato oficialista, más difíciles de ponderar de manera objetiva. Esa ventaja ya estaba descontada. Se trata simplemente de un acto tan sencillo como contar manualmente y cotejar ante testigos unas papeletas que son parte del acto electoral y no un simple recibo que uno se pueda llevar para su casa. El resultado sería aceptado como la verdad, obviando otras consideraciones que pudieran hacerse. 

El oficialismo, que acepta la verdad de la intangibilidad de la transmisión electrónica y los mensajes del pajarito, rechaza todo procedimiento diferente al establecido por ellos para la determinación de la verdad. Y procede como si nada hubiera sucedido. Proclama un vencedor que no es reconocido por la mitad de la población ni genera confianza. 

Maduro acogió inicialmente la idea del recuento pero se desdijo de su posición, moviéndose, como acostumbra, entre la verdad y la mentira. 
La democracia venezolana es una de las muy pocas en nuestro continente que ha durado 55 años. Cualquier venezolano menor de 73 años ha podido ejercer su derecho ciudadano y votar a partir de sus 18 años desde 1958. 

Esto generó tal confianza externa e interna en nuestras instituciones que permitió que se reconocieran como válidos aun algunos comicios recientes que suscitaron cuestionamientos justificados. 

Perder ese prestigio y ese capital político sería ruinoso para nuestro país. Por ello resulta indispensable contar con una respuesta satisfactoria ante cualquier duda razonable que empañe la legitimidad de nuestros gobernantes. Buscar y atenerse a la verdad, cuando esto es posible, nunca es redundante. 

Para concluir esta columna, que ha salido medio filosófica, permítanme citar un fragmento de Heráclito: "Los perros ladran a lo que no conocen". Si se conocieran los verdaderos resultados electorales, o se verificaran los que han sido publicados, los perros dejarían de ladrar y se tendría en Venezuela la paz necesaria para no destruirnos y para procurar el progreso y la justicia a que aspiramos. Es un camino, posible y a la mano.