• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

La verdad une

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Cuando uno menos lo piensa, aparece la brillante lección.

El barrio bajó a la avenida para protestar porque desde hacía tres meses no les llegaba agua. Los gases disolvieron la manifestación que se redujo a un pequeño grupo reunido para deliberar qué hacer. En la urbanización del frente, la gente se dio cuenta de la intervención policial contra los del barrio y se fueron a hablar con ellos para solidarizarse. Cuando les preguntaron por qué protestaban, ellos les expusieron su problema y añadieron: “A nosotros nos dicen que no nos llega agua porque se la mandan a ustedes”. Los de la urbanización les replicaron: “Pero si nosotros tampoco tenemos agua y nos dicen que es porque se la mandan a ustedes”. Decidieron protestar y manifestar juntos. El descubrimiento de la verdad en la mentira los unió.

Vivimos tiempos de Semana Santa, tiempos de mentira sobre la que se apoya una violencia mortal. La verdad aplastada bajo montañas de embustes, esa por la que, en la jerga popular, murió Cristo. Esa por la que, hasta el momento en que escribo, han muerto más de cuarenta venezolanos, han sufrido prisión más de otros dos mil, han sido torturados fría y cruelmente más de cincuenta, se han seviciado ciudades hasta convertirlas en mártires de la fe en el hombre, la dignidad, la vida y la libertad, icono San Cristóbal, merecedora de un título de nobleza: “La muy leal y muy valiente”.

Semana Santa para nuestro pueblo: traicionado, vendido, prendido por esbirros, azotado, coronado de gases, perdigones y balas, cargado con todos los delitos que el poder acierta a inventar, abandonado por todos a los que hizo bien menos alguna honorable verónica-país, crucificado pero abierto a la segura gloria y resurrección. Calle de amargura y, sin embargo, calle de gloria.

La verdad por la que murió Cristo brilló precisamente en su cruz. Se rasgó de arriba abajo el velo de la mentira de una justicia esclava de los poderosos, de los intereses, los prejuicios y las ideologías de todo tipo. Extrañamente, fue un malandro el que lo proclamó desde su propia cruz: “Éste no ha hecho nada malo”. Extrañamente también, pero sólo para quien no entiende la fuerza de la verdad, los reclusos venezolanos, desde su propia cárcel, han sido quienes han proclamado la inocencia de los estudiantes apresados con cadenas de mentiras: “Estos no son delincuentes y por eso no deben estar en nuestra cárcel”.

El descubrimiento de la verdad bajo el muladar de las mentiras, une a los venezolanos, inocentes y “culpables”, acomodados y marginados, informados y desinformados, pardos, blancos y negros, en un proyecto común de libertad y verdadera dignidad.

Palabras de Jesús, en Juan (8,44): “Ustedes tienen por padre al diablo y quieren realizar los deseos de su padre. El fue un asesino desde el principio, y nunca ha estado con la verdad porque en él no existe verdad. Cuando dice la mentira le sale de dentro, porque es falso y padre de la mentira”. Por ésta y muchas otras verdades murió Cristo.

No tenemos seguridad, no encontramos leche para nuestros niños, no hay harina para nuestras arepas, no podemos caminar tranquilos por la calle, no podemos elegir a nuestros gobernantes sin que nos los pongan presos, no..., no…, no… Por éstas y otras verdades se es perseguido, amenazado y reprimido.

En tiempos de Semana Santa “pueblocrística”, oigamos las palabras del apóstol Santiago (1,25): “El que se concentra en la ley perfecta (verdadera), la de los hombres libres, y es constante, no en oírla y olvidarse, sino en ponerla por obra, ése encontrará su felicidad en practicarla”. Palabras de verdad capaces de unir hoy y siempre a todo hombre de buena voluntad creyente o no.