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Antonio Sánchez García

La venganza de Fidel

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El proyecto de Fidel se redujo a apoderarse de Venezuela, exprimirle sus riquezas hasta que la vaca petrolera reventara exangüe, reducir a la miseria a sus habitantes para castrarlos humana y políticamente, malversar sus riquezas para expandir su influencia en esta postrer oleada de éxitos regionales antes de su muerte y exhalar su último suspiro con la honda, la celestial satisfacción de haberse vengado de Venezuela y los venezolanos.


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En un artículo de Elizabeth Burgos publicado en la revista Zeta, de Caracas, el 21 de marzo pasado, además de analizar el efecto que podría haber causado en el propio Castro la incisiva y valiente misiva que la diputada María Corina Machado le dirigiese personalmente (http://abcblogs.abc.es/bochinche-venezolano/2012/01/31/maria-le-responde-a-fidel-castro/) adelanta un juicio que además de constituir un grave señalamiento respecto del talante del liderazgo venezolano tradicional, desvela una de las taras más nefastas de la actual situación político ideológica de Venezuela y toda la región: “El castrismo ya es parte de la estructura mental del comportamiento político del latinoamericano, de allí el milagro que significa el surgimiento en Venezuela de una generación de jóvenes libres de esa tara congénita… La rebelión ciudadana que desde febrero ha tomado las calles del país ha desplazado radicalmente las piezas del tablero y ha demostrado un hecho de suma importancia histórica. En Venezuela ha surgido una oposición que ya no es rehén del castrismo”. (http://elrepublicanoliberal.blogspot.com/2014/04/elizabeth-burgos-el-crimen-de-maria.html).

Ambas afirmaciones: la del condicionamiento del pensamiento político latinoamericano por el castrismo y la caracterización de sus élites en calidad de “rehenes del castrismo” resultan incluso inofensivas ante una realidad cuando menos escandalosa: todos los actuales presidentes de los países de la región fueron, han sido y seguramente siguen siendo castristas. De allí que lo de rehén no alcance a expresar en su verdadera dimensión la gravedad del momento histórico político que vive la región: el dominio incontestable de la hegemonía castrista, así se haya acoplado a las circunstancias concretas y se matice en función de los datos socioeconómicos y políticos de la región. Con una salvedad de extrema importancia, que es preciso considerar para comprender la extrema gravedad de la situación de exterminio en que se encuentra Venezuela: nuestro país ha sido excluido de las “bondades” del capitalismo globalizado con el que en su vertiente más socialdemócrata los integrantes del Foro de Sao Paulo han tratado a Brasil, a Chile, a Argentina, incluso a Bolivia y Ecuador. Venezuela ha sido castigada por los Castro a ser sistemáticamente saqueada y destruida.

¿Cuáles ha sido las razones para ese trato discriminatorio?


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Para comprender esa exclusión de Venezuela de las bondades del capitalismo socialdemocrático con las que ex castristas militantes como Lula da Silva, Dilma Rousseff, Michelle Bachelet, Pepe Mujica, Rafael Correa e incluso Evo Morales consienten a sus países, hay que comprender en toda su magnitud otra aseveración del importante artículo de Elizabeth Burgos: “Fidel Castro es paciente en el odio y la revancha siempre termina tomándola”.

Con Venezuela, ese odio y esa revancha, que le fuera servida casi bíblicamente en bandeja de plata por un militar felón que le cayó prácticamente del cielo, llamado Hugo Rafael Chávez Frías, ha tardado medio siglo, más exactamente 47 años si contamos a partir de la ominosa y apabullante derrota militar que sufrieran sus mejores y más distinguidos comandantes de élite en el teatro de operaciones de las guerrillas castristas en la Venezuela de los sesenta –Falcón y Miranda, principalmente– y que vieran escaparse con la cola entre las piernas, gravemente enfermos y al borde de la desesperación nada más y nada menos que a Arnaldo Ochoa Sánchez, posteriormente condecorado como héroe en Ogadén, elevado a la gloria como el general victorioso de todas las batallas africanas y finalmente fusilado por sus propios compañeros de guerrillas en Venezuela: Ulises Rosales del Toro y Tomás Menéndez “Tomasevich”, que desembarcaran por Machurucuto el 7 de mayo de 1967 convencidos de que venían a dar un paseo y conquistarían el poder en unos pocos meses de escaramuzas con unos ejércitos tan cobardes, corruptos y decadentes como los batistianos.

No tuvieron ocasión de participar en una sola batalla de importancia: antes de que abrieran sus mochilas y prepararan sus Kalashnikov habían sido cruelmente hostigados por una selva como ellos no conocieran en Cuba, pasaron hambre y fatigas inenarrables, se los comió la gastroenteritis y la leishmaniasis y no hicieron más que escapar por los inhóspitos montes venezolanos acosados por los cazadores del Ejército. No les dieron tregua ni respiros. Y en vez de ser ellos los acosadores, tal como dictan las leyes de las guerrillas, fueron ellos los acosados. Sin encontrar un campesinado que los recibiera en gloria y majestad, como se los prometiera la izquierda castrista venezolana, sino unos humildes trabajadores rurales comprometidos con su recién conquistada democracia. Vinieron por lana y salieron trasquilados. Si quiere enterarse con sus propios ojos del puesto que ocupaban todos ellos en la élite guerrera y belicista cubana, consulte Dulces guerreros cubanos, de Norberto Fuentes. Y si el tema de la invasión de Cuba a Venezuela por Falcón y Machurucuto le interesa, consulte La invasión de Cuba a Venezuela, de mi autoría sobre el relato del comandante guerrillero Héctor Pérez Marcano. El fiasco de los gloriosos generales de Fidel Castro en Venezuela demostró que sus recientes hazañas en la Sierra Maestra, en donde no se encuentra una serpiente venenosa ni en un serpentario, y frente a unos ejércitos corrompidos hasta la médula y desprovistos de todo respaldo nacional e internacional, estaba más cerca de la comedia que le montara Fidel Castro a los reporteros estrellas de los grandes medios norteamericanos que de la realidad de una guerra de carne y hueso, como vino a conocer por primera vez en Venezuela.


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En los primeros escarceos de intervencionismo en Venezuela, luego de su catastrófico encuentro con Rómulo Betancourt, que en un tête-à-tête celebrado en Prados del Este, a poco de que este ganara las elecciones presidenciales, lo midió en minutos de arriba abajo y lo devolvió a La Habana con los bolsillos vacíos y el odio y la ira del despecho contenido en el rostro, sufrió una primera y colosal derrota política, entonces aliado al Partido Comunista Venezolano, que aún no comprendía la dimensión de la victoria de la democracia el 23 de Enero de 1958. Quiso boicotear las elecciones presidenciales de diciembre de 1963, para empujar al caos, sembrar la violencia y asaltar el poder como ya lo intentara con sendos cuartelazos en Barcelona y Puerto Cabello. Desembarcó una tonelada de armas, que se les quedaron frías. No solo fue un fracaso rotundo: la participación electoral superó 90%. Venezuela se le negaba por las buenas y por las malas.

A ambas graves derrotas, la política del 63 y las militares, particularmente las de las guerrillas de los años 66 y 67, les había precedido una monumental derrota diplomática, impulsada por el mismo Rómulo Betancourt y de imponderables consecuencias históricas: el 31 de enero de 1962 en su reunión cumbre celebrada en Punta del Este, Uruguay, Cuba era expulsada de la OEA.  Con el voto en contra de la misma Cuba y la abstención –vaya casualidad– de los países que hoy, con la excepción de México, constituyen el eje medular de Unasur e insisten en mediar en el conflicto que vivimos y ha sido provocada, en rigor, por la propia Cuba castrista: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México. ¿Puede alguien dudar de que en el desvencijado corazón del tirano no arda una inextinguible llamarada de odio y rencor contra el único país latinoamericano que le dio una paliza y hundió su soberbia en el fango de la derrota?

De allí que la ocasión la pintaran calva y en la oportunidad de vengarse de su megalómano orgullo herido le arrancara el brazo al pobre infeliz que quisiera usurparle la herencia a Raúl Castro para, luego de ser tasajeado a placer en los inútiles quirófanos del Cimeq,  terminara descuartizado sobre un mesón de la morgue en La Habana. Si Fidel hubiera querido que Venezuela prosperara hasta convertirse en el paradigma perfecto del socialismo modélico, no tenía más que ordenarlo: con los trillones de dólares del petróleo, una población relativamente pequeña para un inmenso territorio atiborrado de riquezas, las fuerzas armadas postradas, todas las instituciones rendidas y un apabullante respaldo popular la Venezuela de Chávez pudo ser el único caso en el mundo en que el marxismo-leninismo-maoismo-castrismo-peronismo-guevarismo-allendismo exhibiera hospitales de lujo, escuelas y universidades computarizadas, autopistas de ensueño, urbanizaciones populares hollywoodenses, empresas mixtas boyantes, transportes dignos de la tercera fase, centros turísticos e industriales dignos del primer mundo y el logro, al cabo de milenios, de la ansiada utopía celestial sobre la Tierra. Si Chile, sin una gota de petróleo, ha alcanzado los 20.000 dólares per cápita, ¿qué se lo impedía a un país dotado de las mayores reservas petrolíferas del planeta?

No fue el proyecto de Fidel, ni alcanzó a ser el sueño del pobre infeliz que se le ofrendara, un militar inculto, torpe, primitivo y carente de la más mínima grandeza. El proyecto de Fidel se redujo a apoderarse de Venezuela, exprimirle sus riquezas hasta que la vaca petrolera reventara exangüe, reducir a la miseria a sus habitantes para castrarlos humana y políticamente, malversar sus riquezas para expandir su influencia en esta postrer oleada de éxitos regionales antes de su muerte y exhalar su último suspiro con la honda, la celestial satisfacción de haberse vengado de Venezuela y los venezolanos.

La carta de María Corina debe haberlo despertado del ensueño y Elizabeth Burgos ha puesto los puntos sobre las íes: no logrará su propósito. Volverá a ser derrotado en territorio venezolano, como hace medio siglo, a pesar de que hoy todo pareciera jugar a su favor. Desde el Foro de Sao Paulo, la OEA y la Unasur hasta la ominosa complicidad de quienes fueran sus crías de juventud. Salvo la juventud venezolana y sus nuevos liderazgos. Morirá como todos los tiranos que en el mundo han sido: sin lograr convertir al mundo que lo rodea en la imagen perfecta de sus sórdidos caprichos.


@sangarccs