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Juan Esteban Constaín

Los que no se ven

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Cuando las ficciones son buenas –una novela, digamos, o una película o un cuento, o la vida– la gente suele decir que “no se les ven las costuras”. Es una forma antigua, creo, de exaltar la perfección del arte que las rige; la magia de su autor, su maestría para no dejar ver los mecanismos ocultos que las hacen funcionar y les dan sentido y movimiento, como en un reloj. Como el sombrero del mago que oculta al conejo antes de aparecer.

¿Pero es de verdad tan antiguo ese elogio? Yo creo que sí: piensen ustedes que se lo aplicaban a la mismísima túnica de Jesús, la “túnica inconsútil”, para celebrar, en el lenguaje misterioso de San Juan (19, 23), su pureza y su hermosa factura, la ausencia en ella de costuras. Luego ese adjetivo apareció en las lenguas de Europa para denotar armonía y perfección: la música de las cosas a las que no se les desafina nunca nada ni les crujen las clavijas; las cosas a las que no se les ve el revés de la trama.

A mí me gusta mucho esa expresión y la uso siempre que puedo como el mejor de los elogios: una prosa sin costuras, como la de Isak Dinesen o Giorgio Manganelli, o Juan Rulfo; la poesía inconsútil de Luis Cernuda o Eliseo Diego, o la de los libros de historia de Huizinga o Zoé Oldenbourg. La música sin costuras de John Coltrane: sus improvisaciones que no parecían serlo, aunque siempre lo fueran. Los pases de Bochini o de Valderrama: formas supremas del arte cuyo embrujo estaba en no revelar nunca su secreto. El arte como un triunfo de la hipnosis.
Pero en el fondo, al final, nada nos conmueve tanto como ver las costuras. Darnos cuenta de repente, por difícil que sea, por perfecto que sea el arte de las cosas, de quiénes están detrás de ellas, quiénes las hacen funcionar y las crean. En la literatura, en la música, en el fútbol, nada nos maravilla más que el talento de los que hacen los milagros y se los sacan de la manga, como a un conejo del sombrero. Es entonces cuando los admiramos de verdad, cuando les descubrimos el truco. Gran artista es el que hace que parezca fácil lo imposible.

Y algo así pasa también con el mundo, con el mundo todo. Gira sin descanso y nos fijamos siempre, o casi siempre, en sus proezas; pero poco, o muy poco, nos acordamos de quienes lo hacen girar en silencio. Quienes le dan sentido y lo mueven y hacen que sus mecanismos ocultos no se traben, que las clavijas no suenen ni crujan. Un almirante inglés decía que no había barco reluciente sin unas buenas cuadernas. Que de nada servía tener la cubierta limpia y las velas blancas si las entrañas de la nave no tenían buenos marineros.

Cuando este periódico llega a sus manos, lector, miles de manos que no se ven lo han hecho posible. Y muchas de ellas, la mayoría, pusieron lo mejor de sí para que estas palabras y estas imágenes existieran y estén aquí, allí. Y ya a esta hora esas manos van a estar ocupadas haciendo el periódico de mañana, y quizás no hubo tiempo de darles las gracias ni de celebrar sus aciertos de la víspera. Quizás no figura su nombre, pero su alma sí.

Hay oficios silenciosos o románticos que son la negación de toda mezquindad; que siempre están al servicio de los demás. Los correctores de estilo, los editores, los tipógrafos, los maestros, los escoltas, y muchos más: verdaderos héroes que hacen de su trabajo abnegado e impecable el mejor premio, la mejor recompensa por todas esas cosas que no existirían sin su ayuda y sin su sombra. Oficios que merecen todos los honores que no piden. Nada despierta más mi admiración que eso. Porque a veces es bueno que al mundo se le vean las costuras.

A veces es bueno que veamos también las virtudes que lo hacen posible y digno.