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Mirla Alcibíades

Un velorio

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Al elegir el tema de esta crónica, tuve presente la proximidad del día en que rendimos tributo a nuestros muertos. Siendo así, me planteé la conveniencia de recordar de qué manera se despedía a un familiar cuando dejaba de pertenecer al mundo de los vivos. Todo ello –como es particularidad de esta sección–, en tiempos alejados de nuestro presente.

En una columna anterior me interesé en los cementerios y en algunas prácticas propias del proceso de inhumación de cadáveres. En este momento centro la atención en los velorios. Tomo en cuenta en esta oportunidad el ritual ante el cuerpo sin vida de una mujer. Sin embargo, debe acotarse que, en algunos procedimientos, había similitud cuando se trataba de exponer el cuerpo de un niño, una mujer o un hombre. En otros aspectos del ritual, cabe acotar, había lugar para las diferencias; de esas diferencias también trataré en párrafos posteriores.

Comienzo, pues, por las similitudes. En todas las ciudades de Venezuela, ese difícil trance demandaba una significativa merma en el presupuesto familiar. La afectación del patrimonio hogareño estaba representada en las continuas atenciones que debía brindarse a los asistentes al velorio. Y esas atenciones quedaban expresadas en una sola palabra: comida. Es exacto lo que digo. Hagamos un recorrido a lo largo de la jornada en la cual se exponía el cadáver ante los ojos de los visitantes (amigos y curiosos) y quedarán demostrados los hechos.

Si el entierro estaba previsto para la tarde, significaba que el cadáver estuvo expuesto desde horas vespertinas del día anterior. La gente se presentaba e iba abarrotando el zaguán, el corredor, la sala, los dormitorios y el patio interior. Los amigos cercanos y los familiares se hacían presentes de inmediato; pero los menos cercanos (que eran los más) a los dolientes, preferían allegarse a las 8:00 de la noche. Al cabo de un par de horas, se oía un tintinear de platos y tazas. Había llegado el momento del primer obsequio a los tertuliantes. En estos casos lo habitual era chocolate y, de inmediato, se aproximaban las cestas que portaban dulces, quesos, bizcochitos victorianos, bizcochuelo, frutas... Quienes optaban por seguir la tertulia para llevar el velorio a sus últimas consecuencias, mantenían la vigilia a punta de más chocolate y no menos chistes y conversación.

Como era costumbre en el siglo XIX, a las 11:00 servían el almuerzo. Aquí también se imponía la abundancia: sopa (de verduras y carne) y, como acompañamiento, aves, lechón, jamones, pescado, arroz aderezado, huevos, pudines y pasteles. No era exagerado que, en este momento, estuviera reunido un promedio de cincuenta personas.

A la descripción culinaria que he evidenciado, deben añadirse peculiaridades de otro tipo. El cadáver era expuesto (velado) en el centro de la sala. Pero, como señalé previamente, había algunas costumbres propias, según se tratara de un niño, un hombre o una mujer. En este último caso el rostro era cubierto por un pequeño pañuelo (igual al que usaba la difunta en sus actividades sociales). Siempre era así. ¿Para qué se cubría la cara de la fallecida? Pues, por razones prácticas (habrán pensado): para que todo el que iba llegando levantara la prenda de tela y examinara el rostro sin vida. Al ejercitarse esta operación, podían escucharse conversaciones de este tenor:

—¡Qué desfigurada!

—¡Y qué flaca!

—Pues para mí no ha variado.

En este punto, volvía el pañuelo a su lugar. Quien quería repetir la operación de levantar la tela, mirar el rostro y opinar, era libre de hacerlo. Si la muerta no había conocido el matrimonio, se la vestía de blanco; de lo contrario, de negro.

A las 6:00 de la mañana, se colocaba el cadáver en la urna. A las 5:00 de la tarde salía el cortejo rumbo a la iglesia y, cumplido el ritual católico, al camposanto. Después del entierro –a golpe de 8:00 de la noche– una cena espléndida era servida a los que regresaban del cementerio. Las viandas superaban las servidas en el almuerzo porque, en este momento, el jefe (o jefa) de la casa presidía la mesa.

No vaya a creerse que hemos asistido a un velorio de casa rica. El ritual gastronómico que hemos conocido era propio de personas del común (trabajadores de la administración pública, pequeños comerciantes, dependientes de alguna firma extranjera). En las viviendas de aquellos con bienes de fortuna, se servían bebidas espirituosas (nacionales e importadas) y los platos, desde luego, eran mucho más elaborados.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com