• Caracas (Venezuela)

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Juan Cristóbal Nagel

Un vaso medio rojo

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Las elecciones municipales en Venezuela significaron la consolidación del statu quo que mantiene a este país en vilo, con dos fuerzas altamente polarizadas que en términos electorales son casi equivalentes.

El gobierno obtuvo la mayoría de las alcaldías disputadas. La fortaleza del gobierno estuvo en ciudades medianas (100.000 a 200.000 habitantes) como Puerto Cabello o Guanare. De las ciudades grandes, solo consiguieron ganar Maracay (1 millón de habitantes) y el centro de Caracas. El chavismo continúa siendo hegemónico en gran parte de la Venezuela rural.

La oposición se consolidó en los grandes centros urbanos del país. Ganó cuatro de los cinco municipios de Caracas, así como la Alcaldía Mayor de la ciudad, una especie de Intendencia Metropolitana. También ganó en las principales ciudades del interior del país: Maracaibo, Valencia, Barquisimeto, San Cristóbal, Maturín y Mérida se anotaron con el movimiento opositor. La “guinda” que coronó la torta opositora fue la conquista de la alcaldía de Barinas (más de 300.000 habitantes), capital del estado natal de Hugo Chávez.

¿Qué ocurrió con el voto popular? Depende de cómo se lo mire. La alianza del PSUV ganó a la opositora MUD por siete puntos, pero si se incorporan a los votantes disidentes chavistas y a los opositores que concurrieron divididos, la oposición supera al chavismo. A pesar de que las cifras oficiales todavía se están procesando, Venezuela continúa siendo un país dividido por la mitad.

Muchas veces se dice que el quiebre en la sociedad venezolana ocurre por estratos sociales. Hay algo de verdad en eso, pero hay un quiebre geográfico importante también. El votante urbano tiende a ser más moderado, mira con recelo el populismo, y no quiere una sociedad cubanizada, por lo que tenderá a votar por los candidatos de la oposición. El votante rural —aquel que vive donde no hay muchas empresas, y donde el gran “cacique” económico es el Estado— pareciera caer más fácilmente por las ofertas demagógicas del chavismo.

La oposición, que había enmarcado esta elección como un referéndum para la gestión de Nicolás Maduro, quería demostrar que el “chavismo sin Chávez” era un fracaso. Con una contundente victoria, pretendían abrir las puertas para una transición enmarcada dentro de la Constitución. Eso tendrá que esperar.

Mientras tanto, el tiempo juega en contra del gobierno. Los precios del petróleo continúan cayendo, y la situación fiscal es como la de la economía venezolana en general, muy precaria. El gobierno ha comenzado a recurrir a la fuerza para manejar las dificultades, comprando o amenazando medios de comunicación, atacando a empresarios privados y aumentando su control sobre la economía.

A la par de ello, el gobierno se muestra poco hábil en su gestión. Los apagones siguen causando estragos sobre la vida de las personas, y Nicolás Maduro continúa apareciendo poco capaz de establecer una narrativa que le permita la gobernabilidad. Entre sus alusiones al “comandante supremo”, sus teorías estrafalarias acerca del “saboteo” (sic) opositor a la red eléctrica, y su alegato de que la oposición lleva a cabo una “guerra económica”, el resultado es que los votantes urbanos no le creen.

Así, entre la fuerza y la farsa, el statu quo venezolano continúa, esperando que el mercado petrolero termine quebrando el empate y decidiendo la viabilidad futura de la revolución bolivariana.