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Rodolfo Izaguirre

Como vaqueros italianos

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Siendo niño oía decir en mi casa que el joven oficial que detuvo a Eleazar López Contreras, le ordenó entregar su arma y lo conminó a darse por preso, recibió del ex presidente un categórico: “¡No sea necio!”, que en boca del general equivalía a una bofetada, a un insulto grosero y devastador. Verdad o ficción, el episodio forma parte de mi personal mitología política caraqueña y no pienso en mi avanzada edad arrojarlo al arroyo.

Desde la altura de toda dignidad se hace evidente que no son necesarias las injurias, depravación o disonancias del lenguaje para referirse o refutar a quienes nos adversan o discrepan de nuestro talante y de nuestras ideas; por el contrario, cualquier expresión de vulgaridad y perversión del lenguaje sólo evidencia pobreza de espíritu y ausencia de vigor para sostener una presunta autoridad social, ética o política. Contaminamos la voz con agravios, injurias y vulgaridades cuando carecemos de carácter y mando o cuando lo ejercemos en ausencia de una autoridad superior, cuyo lenguaje también resultaba impropio y escatológico. ¡En ese caso, nos esmeramos en ser aún más vulgares!

Los vaqueros del spaghetti western que en los años sesenta ocultaron sus nombres italianos detrás de apellidos ingleses para que los espectadores creyeran que se trataba de películas gringas y acudieran a verlas, tenían que extremarse: ser más vaqueros que los verdaderos cowboys en un alocado intento de ser quien no se es. Un director como Sergio Leone (Per un pugno di dollari, 1964; Per qualche dollaro in più, 1965; Il buono, il brutto, il cattivo) exageró el ardor y la intemperancia del vaquero: de allí la llamada estética “sucia” y excesivamente violenta de sus películas. No era Hollywood: era Italia disfrazada de falsos vaqueros disparando balazos en inglés.

Recuerdo la vez que al salir del teatro con Belén y un grupo de amigos nos detuvimos frente a una arepera y le pedimos a uno de los acompañantes, un jovencito trémulo, un nenúfar que florece en la noche y se cierra por la mañana, que bajara y comprara tostadas para todos. “¡Eso sí! –se le advirtió–. ¡Nada de estarte partiendo. Vas y pides las arepas como un hombre!”. Lo seguí por curiosidad. Lo vi entrar en la arepera como si fuese John Wayne abriendo con violencia las puertas batientes del saloon gritando obscenidades, nombrándole la madre al universo y pidiendo tres tostadas de queso y dos reina pepeadas.

Le pasó a un amigo mío, escritor, la vez que quiso conocer El Calvario, el afrancesado jardín botánico mandado a hacer por Antonio Guzmán Blanco a fines del siglo XIX con jardines emplazados en grandes terrazas, hermosas farolas, monumentos y plazas. Recorríamos extasiados las caminerías observando aquí y allá pequeños grupos de estudiantes en sus sillas de extensión preparándose para los exámenes. Con afectada indiferencia, nuestro guía le comentó al escritor que también el lugar servía para escabrosas prácticas homosexuales. Al oírlo, mi amigo se sobresaltó, nos dirigió una mirada de reproche como si nos acusara de estar tendiéndole una trampa. Miró a su alrededor temeroso de que lo pudieran confundir con alguien “del otro lado” y a partir de ese instante elogiaba la belleza del lugar a la vez que profería en voz alta improperios y vulgaridades. Yo logré escuchar a unos estudiantes decir a nuestro paso: ¡Qué maricos tan vulgares!

¡Volvemos a lo mismo! Nos afectamos grandemente al constatar que no somos lo que tratamos vanamente de hacer creer o ser lo que otros pretenden que seamos y nos arropamos en el engreimiento de una autoridad que no poseemos o tratamos de proteger una dignidad en peligro, pero con las armas de la insolencia y de la vulgaridad.