• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Lo que de él va quedando

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Asistimos a un evidente desbordamiento en lo que a fomento de un culto a la personalidad se refiere, una descarada adoración al líder que es patológica, por quienes pretenden a lo juro hacer  del elemental caudillo barinés una persona distinguida, forzando como obligación homenajes a él en las calles y escuelas públicas; llegados incluso a un alto grado de manipulada religiosidad  con su  casi canonización y su hoy, a decir bolivariano, residencia celestial.

Desde el mismo instante de su debut en la escena política fueron evidentes la vocación trepadora y la mediocridad tanto del uniformado barinés como de su meloso lacayo sucesor. Personajes embriagados con la idea de tener poder y enloquecidos con una circunstancial figuración.

¿Cómo explicar la irracionalidad a la que se puede llegar en el llamado culto a la personalidad? Salvedad hecha de imposiciones dictatoriales, cuesta entender que se traduzca en tantos retratos pintados y figuras modeladas, y colocados en tantos lugares públicos: obras agresivas en su subestimación a la gente, al ser manejadas  como supuestos elementos de adoctrinamiento, y en lo estético por la pobreza plástica que suele caracterizarlas.

 Desde que el caudillo murió sólo hemos visto malas copias suyas, repeticiones y burdas imitaciones de cómo era y qué decía; y dado que en el recuerdo cuenta su escasez cultural e ideológica,  con todo y la insistencia adulante de evocarlo como un gran dirigente, un firme y hasta inteligente líder internacional, ni en él como tampoco en la corte de sus cercanos seguidores se palpa algo de real valía. Maduro nos acosa  con su fatuidad narcisista y el saqueo del Tesoro para el pago de las fotos que se hace tomar,

¿Por qué reconocerle tal importancia a la política internacional y a los organismos y personas a cargo de esas funciones? Hay razones para ello, una de dignos antecedentes históricos y otra reciente de bochornoso recuento.  La cancillería  ha sido parte destacada de nuestra vida política, lejos en el tiempo como en décadas cercanas, gracias a profesionales titulares de notable  brillo intelectual y profundos conocimientos de historia, geografía, economía y otras áreas esenciales para un acertado desempeño. La otra parte de algo más de quince años, con la “revolución chavista”, ha sido de las peores gestiones que han hecho del país una mueca grotesca y una dolorosa demostración de pobreza cultural. Leyendo las barbaridades nuestras de proyección al mundo pensaba qué debe ser para un diplomático de carrera reunirse con Jaua canciller, y leí una noticia que me hizo exclamar ¡Ahora sí que llegamos a dónde íbamos!, referida al nombramiento de María Gabriela Chávez, hija del comandante eterno, como embajadora alterna de Venezuela ante la Organización de Naciones Unidas. Y si bien ya alguien lo calificó de “aberración, pues no tiene la preparación profesional para ejercerlo”, lamento una vez más que fuera del país seamos motivo de risa y de duros juicios en ese campo; por lo que pregunto, ¿qué y cuánto sabe ella del quehacer diplomático?, y ¿tiene algún conocimiento de las Naciones Unidas y de sus normas de funcionamiento?, pues  esto se da hoy en circunstancias en que una correcta y satisfactoria formación  de un estudiante o egresado debe ser integral; y que el mismo, además de tener la información curricular, cultive la reflexión crítica y conozca los aspectos que conforman la vida del país, unido a un sentido de universalidad.

Tan importante y trascendente lo creen al extinto comandante, que uno de los argumentos en apoyo a la designación de su hija como embajadora en la ONU es que ella será, a decir de su jefe, “portadora del mensaje profundo del presidente Chávez”.