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Fausto Masó

Sin usura no hay país

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Cuando los vicios privados se vuelven virtudes públicas prosperan los países; por ejemplo, cuando un panadero avaro trabaja de lunes a domingo, de 6:00 am a 10:00 pm, tenemos pan horneado a cualquier hora. Nicolás Maduro ignora que asustando a los comerciantes nos empobrecemos. Los comerciantes no escribirán el Cantar de los cantares pero dan de comer y visten a todos; los poetas sobreviven gracias a las universidades, las becas y los fans; los primeros forjan una cadena milagrosa que nos acerca a un buen risotto, o a esa maravilla que es el jabón, desconocido por la humanidad durante siglos.

Aquellos lectores de Gramsci que manejan camionetas desprecian a los comerciantes, copian sin saberlo la actitud de los aristócratas frente a los burgueses. Los revolucionarios se dedican a construir el socialismo del siglo XXI, y, como los señores feudales, no quieren que el dinero les manche las manos pero al final se asocian a un bolichico.

Sin usura no hay desarrollo, ni paz, ni amor ni espíritu. Nuestros gobernantes imitan a Pérez I, aplaudido hasta rabiar cuando reguló el precio de la arepa y desaparecieron las areperas que reaparecerían con el próximo presidente, transformadas en espléndidos establecimientos como los que todavía existen por Las Mercedes. Otro presidente descubrió que en Quinta Crespo los mayoristas almacenaban mercancías; las incautó. Esto, claro, por favor, no iguala a Lusinchi con Chávez. La mayor y más aplaudida expropiación de la historia venezolana fue la de la industria petrolera, algo que en México quieren revertir para reanimar la economía. Por liberar los precios, Luis Herrera se volvió impopular. Las ideas del chavismo eran doctrina común en las universidades hasta ayer y siguen vigentes en las conversaciones de café. 

A los que suben demasiado los precios los derrota una competencia despiadada: los televisores plasma más baratos eran los de Martell, Daka, LGV, no los que se vendían en Catia. En el futuro otros libaneses abrirán nuevos Dakas, o pagaremos a precio de oro los artefactos eléctricos. Solo la competencia baja los precios, como ocurría con los celulares hasta 1999.

Al entregar dólares de Cadivi el gobierno se vuelve socio de unos comerciantes y adquiere el derecho moral de influir sobre los precios. Mejor sería, claro, acabar con todos los controles, hasta con el de la cortesía. ¿Eso es posible? No.

A los electores les encanta que les prometan bajar los precios y arruinar a los comerciantes, esa es la tragedia de la oposición y la ventaja, temporal, del gobierno, que usa un viejo discurso: la oposición denuncia a una administración corrupta y despilfarradora mientras el gobierno promete el paraíso de la igualdad.

El capitalismo nunca ha sido sexy, por eso los capitalistas se vuelven socialdemócratas o de centroizquierda, porque, al final del día, a pesar de unos éxitos que elogian los economistas, al neoliberalismo siempre lo amenaza el populismo, la promesa de repartir aquí y ahora, y no cuando la riqueza sea tanta que se desborde y alcance a todos.

¡Qué bella sería la vida si pudiéramos distinguir entre precios justos e injustos!

Otra cosa, exclusivamente con usura, solo con usura, tampoco se construye nada sólido, ni siquiera un poema. Lo dijo un buen poeta fascista, Ezra Pound: los fascistas escribieron siempre mejor que los amantes del realismo socialista. No hubo un Céline soviético.

¿Feliz año nuevo? Ja, ja, ja. ¿Cómo? Lo que viene es candela.