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Karl Krispin

Con mi universidad no te metas

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Al conocimiento se le teme, los déspotas suelen ser ignorantes, encerrados en su monólogo precario de cien palabras donde reafirman el basurero de que disponen. No ven más allá de su vocabulario demagógico y cruel. Al conocimiento se le esquiva porque es como un espejo donde los tiranos muestran su verdadera imagen cruzada de grietas y tristezas. En la Camboya de Pol Pot, los universitarios eran despachados a los campos de arroz: allí se les entrenaba en la ignorancia. El más grande genocida de todos los tiempos, el desaseado e inalcanzable Mao, proponía que los intelectuales fuesen proletarios. Los quería en harapos componiéndole estrofas al totalitarismo que los condujo al abismo. Universidad y poder son conceptos reñidos: la libertad que implica la cultura carece de colores partidistas. Las universidades ideológicas no son más que madrigueras para criar esclavos que repetirán el credo del profeta de turno. Donde no existe disensión, hay un coro de voces repetidas y cansonas, decoloradas bajo el estribillo de la sociedad de siervos.

Los estudiantes de nuestro país nunca le han temido al poder. Lo enfrentan y denuncian porque lo saben inferior a su dignidad de hombres libres. Guzmán Blanco jugó con ellos a la arrogancia. Le hicieron la Delpinada y derribaron sus estatuas. Allí está esa concha superviviente de la cabeza del “Manganzón” en la Fundación Boulton como una muestra de lo que los estudiantes pensaban de él. Redujeron su figura a un guijarro olvidado. La generación del 28 le importó poco la prisión y el exilio porque era una de las formas para demostrarle al Bagre que la libertad podía detenerse pero al final siempre triunfaba. Fue lo mismo que le hicieron al que correteaba señoritas en la arena de La Orchila: los estudiantes tomaron la calle y el Marcos Evangelista huyó de madrugada como un cobarde. Hasta la democracia humilló al conocimiento. El docto Caldera, sin la r, cerró la UCV por dos años y eliminó las escuelas técnicas. En 1946 se instituyó el CNU y en el año 70 don Rafael le agregó la OPSU.

En el Consejo Nacional de Universidades se renunció a la autonomía e independencia de la universidad venezolana y se la hizo pertenecer a un sanedrín burocrático, presidido por el ministro en funciones. Es decir, si una universidad quiere ofrecer una carrera, una maestría o un doctorado no lo puede hacer hasta que los tinterillos a cargo lo autoricen y tardan años gracias a retorcimientos y confabulaciones. En los países hechos por el conocimiento y lustre de sus universidades, ningún asalariado del Estado se atrevería a fijar el pénsum académico. No imagino al secretario de educación del Reino Unido llamando al rector de la universidad de Cambridge para advertirle sobre la inconveniencia de que la universidad dedique una maestría sobre gramática china o los universales de Ockam. Tampoco luce sensato figurar a las autoridades del California Institute of Technology telefoneando al consejo local para preguntarle si la comunidad está de acuerdo con que se eleve el promedio exigido para el examen de graduados, consultas que por cierto están previstas aquí gracias a ese esperpento institucional que no cuaja ni cuajará llamado la comuna, y que no es otra cosa que la imposición castrista del soviet. En los países construidos por la enseñanza, los ministros veneran los establecimientos donde se formaron y sería simplemente una traición a ellos mismos que se volvieran contra los sitios donde alcanzaron un esplendor intelectual.

El últimos de los dislates del régimen que descree de la ilustración y desprecia las universidades, es el anuncio de no sé qué funcionario altanero sobre que el gobierno regulará el precio de la matrícula estudiantil. El Estado venezolano, desde los tiempos del Trienio adeco, no ha valorado el aporte social de la educación privada en nuestro país que para empezar, releva al Estado de gastos y ocupaciones, pero no: a como dé lugar hay que remachar la tesis del Estado docente y decirnos a los particulares qué libros debemos leer, qué materias deben impartirse, cuáles carreras se pueden ofrecer y ahora nos ven como sujetos de derecho regulados por un código comercial inventado a última hora que es la cuestionada Ley de Precios Justos. El oscurantismo es libre y campea a sus anchas, pero aceptar ese supuesto de regulación sería violar la Ley de Universidades. En su mayoría, las universidades privadas no son factores comerciales. Y aquellas que lo son, que sean las leyes de la oferta y la demanda las que las regulen. Los buscadores de tesoros no se toparán con lucro alguno en instituciones como la Unimet o la UCAB donde además existe todo un proyecto social de inclusión que ya quisieran muchos emular. 

El leitmotiv pareciera ser destruir lo que funciona. Si algo sirve, revisa sus mecanismos y ya le encontrarás una falla. Es detener la relojería y condenarnos a la chivera. Es la maldición del socialismo, que no ha servido en ningún país: mucho menos funcionará con este piche arroz con mango del siglo XXI, endógeno y unas tales tres raíces que prometen chuparse y succionar todo. A nuestros estudiantes les han tocado días duros, de oprobio, de dolor. Ahora están zarandeando la puerta de la educación privada. Mohandas Gandhi sostenía que estaba absolutamente convencido de que ningún hombre pierde su libertad sino por su propia debilidad. De las muchas ventajas del conocimiento a lo largo de la historia son las tantas fortalezas que ha dejado sembradas.