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Antonio Sánchez García

La última revolución. La contrarrevolucionaria. Tercera parte y última

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¿Luchas de ideas, de intereses o descarnado canibalismo político? “Si los contrarios hubieran dicho Federación, nosotros hubiéramos dicho Centralismo”, confiesa con cinismo el líder federalista del liberalismo amarillo que encendió en 1857 la espantosa Guerra Federal (1858-1863), Antonio Leocadio Guzmán.[14].

Pedro Manuel Arcaya lo ha definido con singular perspicacia y un profundo conocimiento de los protagonistas: “Propiamente, nunca hubo en Venezuela sino dos partidos en lucha: el del gobierno y el de la revolución, por lo demás de eso en nada se diferenciaban. Ninguna revolución, ni aún la Federal, a pesar de lo que respecto a esta se ha querido afirmar, fue una contienda en la que ventilasen contrapuestos principios políticos, los de conservatismo o liberalismo o democracia y autoritarismo, y llegar al extremo de la incomprensión y la ignorancia de nuestro pasado, exhibir nuestras contiendas o algunas de ellas como lucha de clases, la del proletariado contra el capitalismo, la del campesino sin tierra contra el terrateniente, la del peón contra el hacendado, del obrero contra el patrón. Ninguno de esos bandos representaban realmente sino el espíritu anárquico de un pueblo dominado por la emoción…”.

 

Todo ello, sin siquiera referirnos a la tragedia social, política, económica y cultural que supuso para el país su guerra independentista librada entre 1810 y 1830, cruenta guerra civil que diezmó hasta la extinción la herencia legada por los siglos de existencia colonial. “La independencia realizada por Bolívar fue una obra de civilización hecha con bárbaros. La riqueza nacional no cambió de manos: había desaparecido. La miseria de Venezuela al terminar la guerra era espantosa. Nadie tenía nada. Nada valía nada. No solo se destruyeron por la barbarie desencadenada tres siglos de cultura e industria que nos legaba España, según expresión del mismo Bolívar, sino que se concluyó estúpidamente con la obra económica de tantas generaciones laboriosas y en proporción que hoy nos espantaría si se dedujera a cifras. En cuanto a la población quedó reducida a una tercera parte; quizás menos: se ha calculado en 33%”.[15]

Lo cierto es que en los bajos fondos de todas las escaramuzas, enguerrillamientos, montoneras, insurrecciones, golpes de Estado y otros quebrantos que en Venezuela han recibido el calificativo de revoluciones sobran las ambiciones de poder, las luchas grupales, los encontronazos fratricidas, pero brillan por su ausencia las ideologías. Incluso en esta, que se quisiera marxista leninista y que el periodista cubano Alberto Montaner insiste en calificar, no sin razón, de narcisista-leninista.

 

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Ni Marta Harnecker, nexo de comunicación del Partido Comunista Cubano y el régimen de Hugo Chávez, ni Heinz Dietterich, marxista germano mexicano responsable inicial de la asesoría ideológica del chavismo, lograron definir la naturaleza y contenidos del llamado socialismo del siglo XXI. Planteado por primera vez en 1996 por Dietterich, el llamado socialismo del siglo XXI pretende ser la actualización de las teorías marxistas, incluida su teoría del valor y la comprensión de la lucha de clases como motor de la historia, en función de los avances tecnológicos del capitalismo posindustrial y la posibilidad de su realización mediante la creación de los llamados cuatro ejes de avance hacia la construcción de la nueva sociedad: el desarrollismo democrático regional, la economía de equivalencias, la democracia participativa y protagónica, y las organizaciones de base.

Tanto Harnecker como Dietterich tuvieron que rendirse a la evidencia de la realidad militarista y de caudillaje del régimen chavista, su carencia de toda moral revolucionaria, la naturaleza corruptora en que se asientan sus mecanismos de control ciudadano y su pérdida creciente de respaldo popular, tras 13 años de control militarista. Su poder expansivo, si bien sustentado en el proyecto hegemónico regional originario de los miembros del Foro de Sao Paulo de proveniencia castrista –el propio Fidel Castro, el trotskismo del PT brasileño bajo control de Lula Da Silva, los partidos comunistas regionales, los movimientos narcoguerrilleros como las FARC y el ELN colombianos, así como neo marxistas, inclusive peronistas o tupamaros– no tuvo otro fundamento que los fastuosos dispendios venezolanos provenientes de la renta petrolera, malversados por el régimen chavista a partir de la integración de una neo dictadura carente de toda institución contralora.

Nada de lo realizado con base en la pretensión revolucionaria, desde las reformas constitucionales realizadas a redropelo de la Constitución misma, tales como la imposición del reeleccionismo presidencialista y la creación del PSUV y los Consejos Comunales, en el orden interno, tanto como la creación de la ALBA en el orden internacional, han logrado configurar un nuevo tipo de sociedad socialista en Venezuela. Las expropiaciones de miles de empresas, y la invasión y control de millones de hectáreas de terreno se han traducido en un desastre económico y ecológico sin precedentes. A pesar de la catástrofe que vive Pdvsa y su proximidad a la quiebra, el socialismo del siglo XXI ha terminado configurando así en su patética realidad uno de los terrores de Arturo Uslar Pietri, que imaginaba como pavorosa perspectiva: la existencia de una Venezuela cataléptica, inerme e improductiva, echada a las ubres de la vaca petrolera, atrozmente desfigurada por una práctica represora de Estado más propia del nazismo y el fascismo que de cualquier otra ideología emancipadora.

Es la trágica realidad que vivimos.

 

NOTAS

[14] “No sé de dónde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la federación, cuando no sabe ni lo que esta palabra significa. Esa idea salió de mí y de otros que nos dijimos: supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la Constitución con el nombre de federal, invoquemos nosotros esa idea; ¡porque si los contrarios, señores, hubieran dicho Federación, nosotros hubiéramos dicho Centralismo!”.

[15] Rufino Blanco Fombona, Bolívar y la Guerra a Muerte, en Bolívar, Tomo 3, pág. 41. Caracas, 1984.