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Raúl Fuentes

La última coca-cola del desierto rojo

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Durante siglos, los habitantes de Constantinopla (Bizancio y, ahora, Estambul) vivieron bajo el influjo de tan diversos heresiarcas que emperadores y prelados se vieron obligados a convocar un sinfín de concilios para enzarzarse en interminables discusiones doctrinales, a objeto de preservar las creencias a partir de las cuales el cristianismo se convirtió en la fuerza religiosa y política que controlaba buena parte del mundo hasta entonces conocido. Las disputas teológicas con arrianos, cátaros, paulicianos, bogomilistas, milenaristas y otros movimientos heréticos se centraban en aspectos dogmáticos cuya revisión pasaba por determinar si Cristo era Dios o simplemente su profeta, precisar la sexualidad de los ángeles y, lo más importante, dilucidar la llamada “cuestión filioque” referida a la procedencia del Espíritu Santo –del Padre (Dios), del Hijo (Jesús) o de ambos– que aún hoy día mantiene enfrentados a católicos y ortodoxos.

Apenas podemos imaginar la vehemencia con que pontífices y teólogos se entregaban a  esas controversias que dieron origen a la expresión “discusión bizantina”, con la cual se designa las diatribas sin sentido en las cuales cada ponente pareciera defender no una tesis, sino a sí mismo; pero fue tal el impacto de esos concilios que las razones esgrimidas por las doctas autoridades eclesiásticas permearon hacia el común, de modo que era frecuente que, en el hipódromo, aurigas y palafreneros se fueran a las manos para zanjar sus diferencias en torno a la virginidad de María o, en el mercado, verduleras y carniceros se cayeran a chancletazo limpio para hacer oír sus pareceres a favor y en contra de la Santísima Trinidad.

Caracas no es Constantinopla, pero aquí también habrá más de una bizantina discusión entre los delegados al III Congreso Nacional del Partido Socialista Unido de Venezuela y los sedicentes custodios testamentarios del muerto que yace en el cuartel de la montaña (redivivo gracias a una millonaria, cursi, manipuladora y continuada campaña publicitaria en función de las exigencias rituales que impone dotar de contenido simbólico al mito) cuando  se dispongan, con el auxilio ideológico de “pensadores” cubanos y de la conexión francesa, a sistematizar un corpus doctrinario para normar un régimen fundamentalista de nuevo cuño, basado en las alucinaciones de un  mesías (Chávez) cuyos ayatolás podrían ser quienes emerjan triunfadores del conciliábulo socialista.

Pero no es necesario esperar a que los brigadistas Bolívar-Chávez comiencen a predicar el evangelio según el que se fue para constatar que ya en el seno del partido oficialista se ha armado la de Dios es Cristo. Basta con revisar someramente las informaciones que suministran Maduro, sus aliados y sus detractores para caer en cuenta de que la pelea es peleando y que son evidentes las discrepancias y enfrentamientos entre quienes buscan la consolidación de un “Estado militar” y los que no saben en qué palo ahorcarse y propugnan una “revolución en la revolución”, y, cacareando ad náuseam  que “Chávez dijo”, “Lenin propuso” y el “el Che sostuvo” emprenden el camino reformista que, paradójicamente, adversaron en los años de su no tan inocente, pero sí abiertamente ignorante militancia izquierdosa en los que llegaron a pintarrajear paredes con consignas como “abajo el revisionismo” que obligaba  a los viandantes a preguntarse qué vaina sería esa.

Animada por el hijo putativo del comandante eterno, esta última coca-cola del desierto rojo es la respuesta de los que, por ahora, tienen bajo su férula la administración pública –aunque ello no les garantice acceso pleno a las finanzas, manejadas por el señor Ramírez, quien dispone de ellas para repartirlas de acuerdo con cómo sople el viento en el inalcanzable mar de la felicidad– a los llamados retrógrados, ese sector purista y conservador del partido que se refugia en el “a Chávez ni con el pétalo de una rosa”; es, también, la justificación teórica de la purga que, a modo de advertencia, ya se ha llevado en los cachos a dos prominentes superministros, arrojándolos, sin derecho a pataleo, al arcón de los olvidos y rencores prematuros por no guardar silencio, inadmisible traición a los ojos de la inquisición bolivariana.

Esa herejía, con la cual Maduro “quiere cambiarlo todo para servir al pueblo”, es vista con muy buenos ojos por Raúl Castro (así se desprende del entrometimiento en el ajo de Orlando “Vinagreta” Borrego, economista cubano y connotado sigüí del Che); sin embargo, tal apostasía inquieta y mantiene en vilo a los dinosaurios ideológicos que habitan en las cavernas del PSUV. La mesa está servida, pues, para un forcejeo entre sacrílegos y creyentes que puede conducir a un cisma… o a un sismo que sacuda a la –Heinz Dieterich dixit– “disfuncional troika gobernante”.