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Alberto Quirós Corradi

Soy ucevista

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Era el 10 de junio de 1962. El pequeño pueblo de Ithaca, situado al norte de Nueva York, estaba de fiesta. Ese día la emblemática Universidad de Cornell otorgaba sus títulos de posgrado. Cornell es una de las ocho universidades que constituyen la llamada “IVY League”, probablemente el conjunto de universidades más famoso del mundo.

Ithaca recuerda a Mérida por ser una ciudad universitaria con la alegría que reflejan sus estudiantes que llenan los parques, restaurantes y centros culturales. A diferencia de Mérida, no se ven ni las protestas ni los muertos que hoy abundan en nuestras ciudades. Ese día de junio recibí una maestría en Relaciones Laborales e Industriales del ilustre claustro.

El 27 de marzo de 2014, 52 años después y a mis 83 años bien vividos, con la misma toga y birrete de Cornell, recibí de Cecilia García Arocha, rectora de la muy ilustre Universidad Central de Venezuela, otro título de magíster. En esta oportunidad en Bioética. Una disciplina que tanto el sistema educativo como las academias deben dar a conocer al gran público. Se trata del desarrollo de una nueva ética que se hace necesaria para regular los graves conflictos morales que acompañan el desarrollo acelerado de la ciencia. La destrucción del medio ambiente. Los descubrimientos como el mapa genético, la clonación, las neurociencias y, en la eterna curiosidad del hombre por comprender el origen del universo, el hallazgo de la “Partícula de Dios”.

Fue para mí un honor como se lo manifesté a la rectora, convertirme, al fin, en ucevista. La universidad, a la cual ya puedo referirme con propiedad como nuestra, es una obra arquitectónica y artística “Patrimonio Histórico de la Humanidad” que hoy se encuentra acorralada por huestes criminales empeñadas en su destrucción. Como si los ataques a su planta física pudieran borrar su historia. El peor flagelo de una sociedad no son los que hoy acosan a nuestro sufrido país. No es la inseguridad ni el desabastecimiento. Es la ignorancia que se manifiesta en el desprecio del conocimiento. Por eso, regímenes sin cultura y sin otra experiencia que el resentimiento social tienen que destruir casas de estudios como la UCV e intentar sustituirlas por caricaturas del saber y de la investigación que confieren “títulos” mal diseñados de cualquier cosa, que no pueden compararse con el resultado de la verdadera academia y del claustro indiscutible, que sabe adaptarse a las modernas comunicaciones que le ponen una nueva cara al arte de enseñar y de aprender.

En palabras de la rectora, la UCV “defiende el pluralismo, la diversidad de criterios, el productivo debate, el diálogo, la sana crítica, la tolerancia, el respeto a las ideas y a la disidencia.” Virtudes que el régimen, al atacarlas en la universidad, intenta borrarlas de toda la sociedad. Por eso, la UCV somos todos.

Porque es imposible que el saber conviva y negocie con la ignorancia, la UCV está de nuevo en la calle, reclamando el derecho de enterrar la estupidez de la incultura. Por eso los que hoy se movilizan como si pudieran asesinar el conocimiento y el desarrollo pretenden negarle los recursos financieros que requiere la verdadera academia y, como la UCV se resiste, entonces el régimen apela a hordas criminales que pretenden destruir lo indestructible.

Con presupuestos deficitarios, desde hace años, la UCV ofrece numerosas carreras de posgrado, especializaciones (238), maestrías (127) y doctorados (46) para un total de 410.

Sigue con la frente en alto dirigida por una valiente mujer, acompañada de autoridades que dan la cara y se mantienen firmes en sus principios democráticos.

En el acto del 27 de marzo la rectora García Arocha dio un discurso equilibrado en defensa de su universidad, sin estridencia, en buen español, sobrio y, a la vez, con la emoción que da la convicción de que se defiende lo imprescindible para una sociedad moderna y civilizada. Algo muy diferente al asesinato del idioma y de la moral pública con que nos “encadenan” a diario los defensores de la nueva inquisición.