• Caracas (Venezuela)

Opinión

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En nuestras sociedades todos los discursos son medias verdades, casi inútil luchar contra este modo milenario de leer la realidad y de proteger intereses e identidades. La mayor o menor cercanía de hechos y discursos no dependen de una propiedad heurística del lenguaje, sino muy frecuentemente de relaciones de poder. Es por ello que “la verdad” es un adminículo manipulable, que estira y encoge según la dialéctica de los poderes en escena. Las variantes de este fenómeno de una época a otra, de una cultura a otra o en la diversidad de sociedades existentes son misceláneas de una misma naturaleza: el lenguaje del poder desplegándose con el menor costo posible.

Por ello no se trata de una lucha ingenua por restablecer “la verdad” con la cándida pretensión de una transparencia total entre hechos y representación de los hechos. La metáfora posmoderna de una “sociedad transparente” (Vattimo) debe de entenderse como la ruptura de los viejos controles de las prácticas discursivas; pero la voluntad de ocultamiento, de manipulación, de medias verdades agenciadas desde el poder siguen siendo hasta hoy los recursos culturales y políticos más empleados por los sectores dominantes para garantizar su dominación. Todo lo demás son bambalinas.

Por lo anterior, se deriva que los procesos manipulatorios de consensos lingüísticos, ideológicos, socio-políticos no dependen de los caprichos de tal o cual gobierno, de las ocurrencias de tales o cuales sectores sociales o de los intereses de grupos identitarios como etnias, iglesias, etcétera. Se trata más bien de torrentes de sentidos que atraviesan a la sociedad toda, creando justamente las matrices de sentidos que son consustanciales a toda sociedad. Las medias verdades establecen un modelo de construcción de sentidos portados ya en la semiosis de la vida social. El uso empírico de la estratagema de las medias verdades es un proceso que está montado en el trasfondo que vengo de describir, la manipulación ideológica que se usa para torcer el significado de hechos es sólo una parte de un proceso mucho más amplio. No es exactamente igual que manipular con mentiras; las medias verdades se diferencian de las falsedades brutales justamente porque incorporan elementos que son realmente existentes en los hechos que se describen o caracterizan. El destino final de una mentira o una media verdad es probablemente el mismo: proteger intereses, administrar conveniencias, hacer “como si” de lo que se habla es un asusto de verdad, de ciencia, de universalidad.

Hay una zona oscura muy difícil de discernir entre las agencias de manipulación de información y los diferentes sectores humanos que reciben los efectos de estos procesos. Se entiende que estamos hablando del fenómeno de las medias verdades administrados desde los poderes fácticos; ello incluye necesariamente recorte de lo que ocurre convenientemente acomodados, versiones sobre hechos, acorde con intereses y ocultamiento de aquello que se considera inconveniente; justamente en esa zona oscura es donde mejor funciona el ardid de las medias verdades. A una falsedad brutalmente proferida le cuesta más pasar la prueba de una cierta credibilidad que a esa misma falsedad rodeada de ciertas verdades, esa es la gracia de jugar con hechos, interpretarlos y acomodarlos a los intereses que se defienden. No podrá decirse que un enunciado de ese tipo (como el presidente Chávez está enfermo) sea enteramente falso; allí reside la posibilidad de que una media verdad tenga alguna credibilidad. Que el presidente Chávez está enfermo es un dato demasiado obvio, pero al mismo tiempo se puede afirmar toda una constelación que de allí se derivan son justamente el uso de ese dato torcido hacia intereses políticos de distintos signos. Es lo que vemos diariamente en la diatriba Gobierno y oposición respecto a la salud de Chávez.

La verdad no existe, sólo hay “verdades negociadas”; por eso son tan importante reglas claras para construir sentidos colectivos sin manipulación.